Por Natalia Gelós

Esta entrevista tuvo lugar en 2012 y la guió una pregunta para lo que entonces pensaba que iba a ser una nota coral que luego se desgajó. El interrogante estaba puesto en una cuestión: “¿Qué se escribe cuando ya se escribió todo?”. Le mandé un mail por aquellos días a Castillo, quedé en llamarlo un martes, pero algo pasó y no lo hice. A la mañana siguiente un correo de él me lo hacía notar, aunque seguía con buena predisposición. Podía llamarlo cualquier día, me decía, aunque nunca por la mañana o por la tarde temprano. “Mi horario es la noche” escribió aquella vez. Días después, fui a su casa y él habló. Por entonces aun no habían sido publicados sus diarios. El primer tomo saldría al año siguiente. La nota finalmente no se publicó. La otra voz en la contienda iba a ser la de Héctor Tizón, pero el artículo se volvió despedida al escritor jujeño, en tanto la desgrabación de la nota de Abelardo Castillo quedó trunca. Él murió en 2017. 

Lo que sigue es parte de esa charla de aquella tarde a mediados de otoño en su casa. 

¿Qué pasa cuando ya se escribió todo? 

Cuando no se tiene nada para decir, dijo Sartre, se puede decirlo  todo. En realidad, cuando un escritor siente que ya no tiene nada para decir, está ubicado de nuevo en el lugar inicial de su literatura. Porque cuando vos empezás a escribir, tampoco tenés nada que decir. Se empieza a escribir sencillamente. A un escritor de 17, 18 años no le podés preguntar qué piensa sobre el mundo. Te va a decir: “Yo escribo” ¿no? El acto de decir, de comunicarse, es posterior al acto inicial de escribir, que es meramente, diría yo, distintivo, y que a veces prescinde de la comunicación. Es como si fuera pura expresión. Llega un momento en que tomás contacto con el otro y ahí empezás a sentir la literatura como vos y el mundo,  y, además, como un modo de comunicarte. Pero esto es tardío, en realidad. Hay poetas, por ejemplo, que no lo sienten nunca. Y muchos que han sido grandes escritores y no lo sienten así. Pero la necesidad de comunicarse es como una especie de voluntad kantiana del “deber ser”, que es muy posterior a la escritura inicial. De ahí que cuando cumpliste tu ciclo, y no tenés nada para decir, o los demás creen, o vos podés sentirlo, en realidad es cuando, yo coincido con Sartre, podés decirlo todo, porque estás vuelto al lugar de tu origen, cuando tenías incluso menos de 17 años y escribías en tu cuaderno. Es como si volviera a una especie de humildad esencial respecto de la literatura. Pensá en los últimos cuentos de Borges, que eran cuentos que estaban escritos, y él mismo lo sentía así, con la naturalidad con la que, decía Borges, Kipling escribía sus primeros cuentos cuando tenía veinte años. Y Borges tenía arriba de setenta cuando estaba escribiendo sus últimos cuentos. 

¿Usted siente que llegó a ese punto inicial?

Creo que es demasiado pretencioso decir como escritor que uno tiene una misión. Pero sentí que era como libre de romper con ciertos mandatos que tenían que ver tal vez con el compromiso o con la especie de seriedad que te acomete a los cincuenta, sesenta años. Sentí que, en realidad, si tenía ganas de escribir cuentos fantásticos lo podía hacer. El espejo que tiembla lo escribí cuando tenía setenta años y está poblado de cuentos fantásticos, cuando yo durante mucho tiempo evité escribirlos porque para mi generación escribir cuentos fantásticos era como estar entregado al lodo yanqui, o a las fuerzas del mal. A la literatura fantástica se la había dejado a la derecha. Nosotros teníamos como obligación dar testimonio del mundo. Un día sentí que el testimonio del mundo es también lo que yo pienso sobre lo que no es visible o tangible ¿Por qué tengo que hacer literatura revolucionaria? Pero esto no lo sentí hace cuatro días, lo sentí hace bastante tiempo. 

¿Realmente fue un volver a empezar?

No sé si es tan así, pero cuando un escritor ha dicho lo que tiene que decir, vuelve como a un comienzo y no tiene la necesidad de quedar bien con nadie. Yo he empezado a corregir poemas míos y cuando los escribo no pienso en el lector. Esto es casi irreverente para un escritor del sesenta. Yo creo en el escritor comprometido. Lo que no creo es en la literatura comprometida. No creo que uno deba escribir para demostrar algo, o para poner sobre la tierra una moral o una idea política. Yo creo que un escritor escribe y después lo demás son los que dicen qué significa su obra. Pero como narrador sentía que el otro estaba ahí, vigilándome o espiando encima de mi hombro qué conductas literarias tomaba yo respecto al mundo. Cuando escribo poesía la escribo para mí y porque tengo ganas. De ese modo estoy escribiendo últimamente. 

¿Y los cuentos completos no cierran su obra?

Para nada. “Los mundos reales” es como llamo esa sucesión de libros. En mi imaginario personal, el libro sigue siendo un libro incesante. 

¿Qué lugar le da a lo autobiográfico?

Yo no creo en las autobiografías literarias y en lo autorreferencial en literatura. Aunque me la paso hablando de mí, no creo en la literatura autorreferencial. No creo que ni siquiera literaturas como las de Henry Miller o las de Louis Ferdinand Céline sean autorreferenciales. Personalmente, sé que miento mucho más cuando digo “yo”, que cuando digo “Juan”, en una ficción. Lo que sí sé es que cuando alguien quiere saber algo de mí, debe acudir a mi ficción. Neruda decía que él no sabía lo que era la poesía, tampoco sabía quién era, pero si le preguntaban a su poesía, su poesía les iba a decir quién era Neruda. Ni siquiera en El que tiene sed, que se publicó en el 85, que habla de mi año de alcoholismo, cuyo personaje es Esteban Espósito. El escritor alcohólico tiene una cantidad de puntos de contacto conmigo, sin embargo, ese Esteban Espósito es una parte de lo que yo fui. Tiene cosas con las que ni siquiera me identifico. Y hay muchas de mi propia vida que no le atribui a Espósito para que no sonaran irreales, porque hay cosas que yo he hecho, he sentido, me han pasado que son mucho más fantásticas que el disparate que pueda hacer Espósito en el más aberrante de sus momentos de alcohólico. 

Cuando se filtran en su ficción elementos de su vida personal, ¿simplemente aparecen?

Sí, aparece. No lo controlo. Cuando veo que aparece, tengo tendencia a modificarlo. Aquello que nos conmueve en el momento de escribir, porque tiene algo que personalmente hemos vivido, mejor reverlo y escribirlo de otro modo, porque conmueve al escritor, no al lector. Alguien dijo que lo único de lo que puede hablar en serio un escritor es de aquello que no ha vivido. El que tomaba como una especie de Ley de Hierro esta frase era Marcel Proust, que se supone que escribió únicamente sobre lo que había vivido. Sin embargo, si vos analizás la vida de Proust y la obra, te das cuenta de que escribió sobre lo que no había vivido: inventó relaciones, trasformó a hombres en mujeres. Hizo de ese En busca del tiempo perdido algo más esencial que la pérdida de las anécdotas perdidas. Inventó un tiempo entero, que fue su tiempo perdido. Pero el Marcel de En busca del tiempo perdido no es Marcel Proust. 

¿Vivir para contarla no existe?

El vivir para contarla me parece una tontería. Se trata de vivir para contar. De tomar determinados datos de la realidad y transformarlos en otra cosa. Cuando aparece lo autobiográfico de verdad y aquello que ilumina una zona de la realidad de un escritor en su literatura, en general no se da cuenta.  Yo tengo un cuento esencialmente autobiográfico en el sentido realista de la palabra que se llama “Conejo”. Mis padres fueron un matrimonio que se rompió. Se separaron. Yo quedé viviendo con mi padre. Esa historia le dio origen al cuento. Pero no existió un conejo. Ni papá parecía andar como borracho, como dice el cuento; mi papá no tomó nunca en su vida. Lo que traté de contar fue la pérdida y rebelión de un chico al que se le fue la madre,  y que se venga con el objeto que más ama, que es el conejo. Pero esta historia desde el punto autobiográfico puro es totalmente falsa. Lo otro son las memorias, la confesión psicoanalítica, y yo creo en la imaginación. 

¿Y su diario dónde se ubica?

Ahí sí te encontrás dentro de lo posible con el Abelardo Castillo que quería escribir, que le pasaron ciertas cosas. Pero en este diario, aunque hay alusiones al alcohol, hay todo un periodo que  no está contado. Durante un año no escribí en ese diario, que fue el momento en el que dejé de tomar realmente. Leyendo ese diario he llegado a pensar en que no me daba cuenta.  No hay alusión al alcohol. No era que no quería escribir sobre eso. Escribía en otros momentos de mi realidad, cuando el escritor alcohólico no funcionaba. Ahí te encontrás un Abelardo Castillo más cercano a la realidad, pero tampoco total, porque es el Abelardo Castillo que puede ver a Abelardo Castillo. 

Aquello que nos conmueve en el momento de escribir porque tiene algo que personalmente hemos vivido, mejor reverlo y escribirlo de otro modo, porque conmueve al escritor, no al lector.

¿Hay correcciones?

No hago correcciones. Incluso cosas que abomino desde el punto de vista sintáctico las he dejado por fidelidad de ese muchacho que escribía esas cosas. No quiero corregir en absoluto. Ni mejorar ni embellecer la prosa de ese tipo que quería ser escritor cuando tenía 18, 19 años. 

¿Y cuándo se siente más expuesto, con su ficción o ahora, con la publicación de sus diarios?

Ahora. La pregunta debería contestarla con más seriedad. Dije ahora por instinto. Me estoy sintiendo expuesto. Esto pasando por el momento con que me pregunto a quién le interesa mis problemas de espalda, las mujeres con las que estuve. Te sentís expuesto, pero ahí están también mis lecturas. Yo no escribo sobre literatura. Escribo. Pero ahí está un autor que habla sobre los libros, en un sentido que no lo había hecho nunca antes. Ante un buen lector, una buena ficción también me expone mucho. Pero ahora estoy con la sensación de lo expuesto porque trabajo con algo que a veces no me siento reconocido. No sé si soy yo ese que está haciendo el servicio militar, o el que está pensando en que quiere ser un gran escritor o que se siente un fracasado. 

(Lee) “¿Y los sueños olvidados, esos que ya no recordaremos nunca? …”

Es tal como lo dice el papelito. Hay dos versiones. Tal vez esto sin modificar la intención se podía modificar literariamente, pero no tengo ganas de hacer eso. Por ejemplo, acá yo digo: “esos que ya no recordaremos nunca”. Yo hoy escribiría: “esos que no vamos a recordar nunca”. Como ponía bastante cuidado en escribir el diario, no hay mucho para corregir. Pero lo dejo como lealtad hacia ese pavote que escribía. 

¿Se reconoce en ese joven?

Supongo que sí. Los que lo leen de afuera, como Sylvia. Lo que yo reconozco es que desde los veinte años hasta acá no he tenido una idea nueva. Todo lo que he puesto en el diario desde los veinte hasta los veinticinco años son mis ideas esenciales y son las que a veces descubre en mi literatura y en mis conversaciones. Me he llevado grandes sorpresas: uno de los capítulos de El que tiene sed es el cruce del Aqueronte: el tipo que va en un ómnibus totalmente borracho que le escribe la carta a la mujer que ama y se olvida de poner la dirección en el sobre que queda en la nada. Eso fue publicado como cuento. Ese cuento yo lo escribí y lo perdí. Y lo volví a hacer. Y un día leyendo el diario, veo que en el 72 me había pasado en un viaje lo que cuenta ese personaje: totalmente borracho, sin saber a dónde iba, y ni siquiera sabía por qué estaba vestido así, se despierta en plena noche como alucinado. Y está anotado en mi diario que qué interesante para escribir un cuento de un tipo que escribe la carta más decisiva de su vida y la pierde. Y para saber cómo se puede escribir totalmente borracho con el movimiento del ómnibus, que era como una coctelera, escribí una especie de media página en mi diario para calcular cuántas páginas podía tener una carta real en esas condiciones. Eso me lo olvidé totalmente y dos años después escribí la historia que había inventado borracho en el ómnibus. Claro que me reconozco y en algunas cosas prefería no reconocerme, pero en general no dejo de ser la persona que soy.

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