Los últimos días de Jack Kerouac

Por Richard Hill

Jack Kerouac fue mucho más que un mito para una generación que, de repente, pareció olvidarlo. Richard Hill era un joven aspirante a escritor cuando se enteró de que deambulaba por los mismos bares que él y vivía no lejos de su casa. Sí, el eterno «viajero solitario» había plantado bandera en St. Petersburg («Un buen sitio para morir», había definido Kerouac a ese agujero de la Florida donde se sentía tan extranjero como en cualquier otro sitio). Junto a dos amigos, Hill resolvió ir en su búsqueda, y lo encontró. En realidad, encontró una sombra de lo que fue. «Llegamos demasiado tarde para conocer a Kerouac», pensó Hill. «Si es que alguna vez realmente existió». No obstante, siguió a su lado hasta aquel martes de octubre de 1969 en que se esfumó de este mundo. Entonces Kerouac, su mito, volvió a resurgir con más fuerza que nunca. Hill calló lo que vio y vivió durante veinte años, hasta que decidió dar cuenta del ocaso de un héroe. Éste es su testimonio de aquellos días.

Crecí en St. Petersburg, Florida, en los años ’50, lo cual para un niño normal sea probablemente lo más parecido a crecer en un tubo de ensayo o en una telenovela. Manzanas y manzanas de casas de cemento pintadas de un rosa coral y aguamarinas, con palmeras y peces vela de yeso adosados a la entrada, mesas para jugar al tejo en los patios, e incluso, hasta alguna que otra palmera de verdad. El sueño de Ratso Rizzo era nuestra pesadilla. Ansiábamos un lugar real: el Mississippi de Huck Finn, la Alaska de Jack London, la Cocina del Infierno, lo que fuera. Coleccionábamos discos de jazz y blues, mirábamos las audiencias de McCarthy, nos levantábamos el cuello de la camisa, rectificábamos nuestros autos, bebíamos cerveza.
Algunos leíamos. Alguien me dio una novela de Jack Kerouac que se llamaba En la carretera. Aquello era el Oeste, era jazz, sexo, alcohol, drogas; era estar en movimiento y oponer resistencia al tipo de responsabilidad que a la mayoría de nosotros aterraba; era una nueva clase de vida que, de algún modo, era una nueva clase de vida que nació mientras la prensa se ocupaba de los partidos de golf de Ike (Eisenhower); era lo que Russell Kirk llamó “el enemigo de las cosas permanentes”. Algo de la novela de Kerouac produjo en mí, por cierto, un cambio permanente.


Tardé mucho en conocer al escritor. Cuando por fin lo conseguí, ocupaba una tosca casa de hormigón de St. Petersburg. Estaba sentado en una mecedora estilo colonial americano, con una pila de números del National Review de William F. Buckley a un lado. Dos meses después, el 26 de octubre de 1969, murió. Desde entonces, mucha gente trató de averiguar qué fue lo más importante que dejó Jack. Aparecieron varias biografías, libros de memorias de parientes y amigos, hemos visto la película Moody Streets irregulars y hasta surgió la Escuela Jack Kerouac de Poesía Incorpórea en el Instituto Naropa de Colorado. De pronto Kerouac se convirtió en una institución, pero no estoy del todo seguro que sepamos por qué.
Hasta donde yo sé, sólo tres de nosotros, además de su madre inválida y Stella, su esposa, vimos con cierta frecuencia a Jack durante aquellos dos últimos meses de su vida: un periodista local, Jack McClintock; un estudiante de derecho, Al Ellis, y yo. Habíamos oído algunos rumores que hablaban de que Jack rondaba los bares del South Side y, sobre todo, el Wild Boar, al norte de Tampa y cerca de la universidad. Fuimos a buscarlo allí, esperando reconocerlo aunque sólo habíamos visto algunas fotos suyas de joven. No hubo suerte. Quienes lo conocían nos dijeron que suponían que se quedaba en casa. Al fin, McClintock consiguió una dirección y hacia allí fuimos.
Kerouac había estado viajando con tal obstinación que parecía extraño encontrarlo quieto. La entrada estaba cubierta de hojas de palmera. Vimos el resplandor de una pantalla entre el cortinado, y una sombra que se alzó de un sillón para acercarse en nuestra dirección mientras otra abría la puerta. Era Stella, una mujer de mediana edad, algo insegura respecto a cuál era su deber en ese momento.
-Jack –le dijo a la sombra– hay un señor del periódico y un amigo suyo que quieren hablar contigo.
La sombra se movió, mascullo algo incomprensible, y luego dijo:
-¿De qué?
Buena pregunta. ¿Qué queríamos? ¿Venerarlo? ¿Buscar las raíces de por qué Kerouac se había hecho tan importante para nosotros? ¿Arrojar de su pedestal al héroe que Allen Ginsberg y la revista Time habían creado? No tuvimos tiempo de contestar nada, porque antes de ello Jack gruñó:
-Diles que pasen.
Sí, los últimos tiempos se había quedado en casa, y la razón era evidente. Caminaba con un paso ligeramente incierto y nos escrutaba desafiante desde un rostro de anciano, gris, áspero debido a una barba mal crecida, trágico. Más tarde supimos que también poseía otras caras.
-Estoy en pésima forma –dijo–. Tengo una hernia y una contusión.
Se sentó en la mecedora y bebió de un frasco de medicinas que Stella mantenía lleno de whisky, como si fuese una pócima mágica recetada. Luego de eso abrazó con fuerza una lata cerveza y se echó un buen trago. Tenía cuarenta y siete años, lo sabíamos, pero parecía de sesenta. La contusión, nos contó, provenía de una paliza que le dieron en un bar de negros. Jack aún no entendía por qué su afecto beatnik por los negros no encajaba en estos tiempos hostiles.
-El médico dice que tendrían que coserme en el hospital, pero allí no puedo beber.
Llegamos demasiado tarde para conocer al verdadero Kerouac, pensé, si es que alguna vez existió. Esto no tenía nada que ver con la legendaria vela romana que se consumía por las dos puntas, ni con el profeta, el viajero tímido, el santo pecador llamado Sal Paradise o Jack Duluoz, compañero de Neal Cassady, Allen Ginsberg, William Burroughs, Gregory Corso. De la leyenda que vinimos a ver apenas quedaba un residuo mal conservado en el interior de aquel anciano. El cuerpo se encontraba más allá de toda curación, la mente atiborrada de ideas de derecha, y el espíritu encerrado en botellas y latas de cerveza.
Durante un rato Jack confirmó aquella imagen. Habló de conspiraciones de diverso tipo. Los comunistas se habían apoderado de su movimiento Beat y lo utilizaban para corromper a la juventud. Había escrito sobre eso en su único trabajo reciente: un artículo para la revista dominical del Chicago Tribune llamado “Después de mí, el Diluvio”. Allen Ginsberg era un instrumento de ellos. Los judíos dominaban el mundo literario y estaban decididos a arruinarlo porque él decía la verdad. Por ejemplo, “los griegos siempre hacen regalos que uno no quiere”, afirmó con una amarga sonrisa dirigida a su esposa griega, la misma a quien le dedicó “La vanidad de Duluoz”, su última novela publicada, y a quien halagaba y avergonzaba alternadamente. Ella fue a buscar más cervezas y él siguió hablando.
Habló sin parar de razas (“Soy celta, de ancestros franco-canadienses, nacido en Lowell, Massachusetts), de política y de religión (“Yo pinté ese retrato del Papa”). Estaba belicoso, enojado, y descargaba esa hostilidad acumulada durante semanas de aislamiento en nosotros. Finalmente se calló, nos miró con algo de vergüenza, y dijo:
-¿Qué piensan de todo esto?
-Idioteces –respondió McClintock.
-¿En serio te parecen idioteces? –volvió a preguntar Kerouac inclinándose hacia adelante–. ¿Por qué?
Advertimos que realmente quería saberlo y, al mismo tiempo, allí nos mostró otra cara. Era la que habíamos estado esperando ver, alterada y triste, sin dudas, pero a la vez llena de curiosidad, tolerancia y entusiasmo por la charla que iríamos a tener.

Jack Kerouac al final de sus días

Fue la primera de muchas conversaciones, a veces también con Ellis, y uno u otro de nosotros, que aparecíamos cuando podíamos. Por entonces no tenía teléfono –porque no quería que la gente lo molestase– así que llegábamos sin anunciarnos. Total, él siempre estaba, en pijama o con un pantalón caqui y camiseta, con una bebida a su lado, como si fuese un arma, sin importar lo temprano de la hora. Y parecía alegrarse sinceramente de vernos.
-¿Dónde diablos se habían metido? –preguntaba siempre–. ¿Cómo van a escribir sobre mí si nunca vienen? Boswell estaba con Johnson todo el maldito tiempo (1).
Después se echaba a reír y decía que debíamos hacer una fiesta. Stella nos lanzaba una mirada significativa y cambiábamos de tema. De modo que hablábamos. Por las mañanas era cuando mejor estaba, antes de que hubiese bebido demasiado, pero también tenía sus momentos nocturnos. A veces nos leía fragmentos de algún libro que le gustaba: además del Johnson de Boswell, el Tristram Shandy de Lawrence o La decadencia de Occidente de Spengler. A veces leía algo de poesía o imágenes al azar que había anotado y nos pedía opinión. Lo sorprendente es que nos escuchaba.
No es que Jack se hubiese convertido en un perfecto caballero, lejos de eso. El Kerouac perverso reaparecía de vez en cuando, y su rostro, su voz, se volvían más y más sombríos. El ruido de su frasco de whisky y las latas de cerveza resultaban más ominosos.
-Nabokov es un gran escritor –sugerí en una ocasión.
-Es una mierda –dijo Jack–. Bueno, está bien, es un gran escritor, pero yo también lo soy. Yo no escribo ficción –proclamó con autoridad johnsoniana–. Yo escribo la verdad.
Era un escritor autobiográfico, a veces -sobre todo cuando se veía preso de la inspiración y la Bencedrina-, llegaba a ser tan prolífico que Truman Capote lo calificó de “mecanógrafo”. Como el material que concebía procedía de su propia vida, no se dio cuenta que le había exigido demasiado a su héroe, o sea, a sí mismo. Podía decir cosas hermosas de manera espontánea, y era un excelente lector (“La última fase de un escritor es la dramática”). Pero también era capaz de ser descuidadamente cruel con su mujer, capaz de un egotismo embarazoso, capaz de lanzar desafíos tristes y machistas que se desvanecían porque nadie los tomaba en cuenta. Vimos a Paul Newman presentar el resumen que la NBC había hecho de la década del ‘60 y las previsiones para los ’70, y Jack se puso a protestar a los gritos hasta que alguien sugirió que apagáramos el televisor.
-Supongo que he hablado demasiado –dijo-, pero lo que están haciendo está mal.
No parecía demasiado seguro de sus amigos de los ’50. Ginsberg estaba perdido: nunca encontró las respuestas con las que había dado Kerouac en la Iglesia Católica. Burroughs era un viejo demonio, heroico y brillante, pero Jack no lo había vuelto a ver desde su viaje a Nueva York para asistir al show Firing Line, de Buckley (2).
-Admiro a Buckley –dijo-. Interrumpió el programa que estábamos haciendo y me llevó a su despacho para reñirme por estar ebrio. Luego regresamos para seguir con la audición y a pesar de todo se puso de mi lado para dejar en ridículo a esos tontos intelectuales. En aquel momento, Burroughs se hospedaba en el mismo hotel que yo, pero no quería salir de allí por nada del mundo.
“¿A esas calles?”, había dicho el hombre cuya audacia y decadencia se convirtieron en una leyenda, y Jack se dio por vencido con él. Pero de Neal Cassady, su compañero de aventuras y carreteras a lo largo de muchas novelas, sí estaba más seguro:
-Neal no ha muerto. Algún día aparecerá y nos iremos por ahí.
Jack realmente amaba a Neal, quien a su juicio murió a manos de Ken Kesey y sus Merry Prankters (3). “Conecta tu mente”, afirmó Jack con pena que le decía Cassady, “sin darse cuenta que yo he estado procurando de desconectar la mía”.
Kerouac buscaba poner en orden sus asuntos. Sabía que no tardaría mucho en morir: el médico ya le había informado que casi no le quedaba hígado. Habló de su testamento, leyó y releyó su genealogía, y contó muchas cosas sobre la tradición de los Kerouac y de la casa donde creció, allí en Lowell. Le preocupaba que los críticos no lograsen ver en sus novelas lo que él pretendía que se leyera: no sólo una ambiciosa crónica de los Estados Unidos, sino también un retrato afectuoso de su familia y el hogar de su infancia. En sus últimas obras parecía más interesado en capturar la imagen de Lowell que de un país al que ya no comprendía ni amaba. Preguntaba por servicios funerarios y técnicas de embalsamientos.
-¿Te tratan con dignidad?
Ratificó su fe en la iglesia, a la que había abandonado años atrás por el budismo zen. Sin embargo, la mayor parte del tiempo ignorábamos a la muerte. Algunas veces se veía invadido de un entusiasmo juvenil por algún proyecto nuevo. Plantó semillas de palmera en el patio y bromeaba sobre eso. La semana antes de morir terminó una novela llamada Pic sobre un chico negro. Pocos días antes del final le dijo a Ellis que ya no quería saber más nada con discusiones políticas y que volvería a escribir sobre Jack Kerouac y sus amigos. Había recibido la visita, según contó, de unos jóvenes nazis que admiraban su trabajo del Chicago Tribune.
-Les recordé que yo era un pacifista y como tal tenía guardada una pistola en la otra habitación. También les dije que ayudé a defender este país de gente como ellos y que lo volvería a hacer. No se quedaron mucho tiempo.
Estaba casi resuelto a operarse de la hernia, pero en cambio se conformó con pegarse en el ombligo una moneda de medio dólar con la imagen de Kennedy para contenerla. Cierta noche, de pronto me miró y me dijo:
-Tengo que ponerme en forma, ¿no es verdad?
A veces, cuando la luz era la justa, los años no parecían pesar tanto sobre él, y allí estaba el mismo Kerouac que aparecía en la foto de solapa de En la carretera. Entonces todo estaba bien y decidíamos ignorar lo demás.
Ellis fue el último en verlo. Fue el domingo que precedió al martes de su deceso. Sólo había pasado para darle un ejemplar del New York Times, pero Jack quería una fiesta.
-¿Llamamos a los otros para ver el partido? ¿Sabes que ya en marzo yo apostaba por los Mets? Di que no soy jugador, sino imagínate, podría haber hecho una fortuna. En marzo supe que ganarían…
Ellis le preguntó cómo haría para llamarnos y lo llevó a la cocina, donde había un teléfono nuevo.
-Ahora que tengo amigos a los que llamar, pensé que no era mala idea tener uno –dijo señalando al aparato.
Supimos que había llamado a Carolyn Cassady, pero estaba demasiado borracho para decir algo mínimamente coherente. Lo del partido de aquel domingo no se llegó a concretar: estábamos ocupados. Y el martes por la mañana murió de una hemorragia estomacal incontrolable. Aturdidos por la noticia, presenciamos la absurda forma en que se convirtió en todo un evento oficial. El único noticiero de la televisión que lo informó esa misma noche fue el de Walter Cronkite, pero al día siguiente ocupó la primera página de muchos periódicos. Empezaron a llegar reacciones de sus antiguos amigos; leímos que Ginsberg había grabado su nombre en la corteza de un árbol.
Stella me pidió que preparase su bibliografía como parte de su patrimonio, pero me pareció una tarea demasiado penosa y finalmente encontré a otro que nunca lo había conocido para que haga el trabajo. Luego, los ’70 nos presentaron –a los tres que fuimos sus últimos amigos– más oportunidades kerouaquianas de las que esperábamos, y las aceptamos todas. Jack me había dicho:
-No entres en ese mundo, Hilly. Te matará…
Puede ser que el ejemplo de Jack nos ayudara a mantenernos con vida. A veces la gente me escribía o llamaba para preguntarme cómo había sido en realidad, a la espera que yo le confirmase una u otra tesis romántica. Un hombre se empeñaba en creer que murió como consecuencia de la trifulca en el bar de negros. Irónico, pero falso. Nadie parecía dispuesto a considerar que la verdadera causa de su muerte fue la bebida.
Así fue. Beber formaba parte de su peregrinaje. Era un alma sensible que se había puesto como meta nada menos que la iluminación. Si el alcohol no logró conducirlo hasta ese objetivo, por lo menos después lo ayudó a velar la desilusión. En un esquema clásico el alcoholismo ha producido manifiestos tan fuertes como Bajo el volcán, además de varias novelas del propio Kerouac –desde la dulzura de Los vagabundos del Dharma hasta la aterradora alucinación ahogada en vino de Big Sur–. Tal vez nosotros sepamos que la bebida no era necesaria, pero poco importa: Jack no lo sabía. Y aunque se entregó a la bebida, nunca abandonó del todo su búsqueda. Fue un sacrificio del que casi todos huimos, un don por el cual pagó el precio más alto. Puede argumentarse que su vida fue trágica o su talento desperdiciado, pero nunca dudaré de la pasión que lo impulsaba. Nos mostró Estados Unidos a través de sus ojos inocentes, cantando para nosotros como el canario que los mineros de antaño llevaban a las minas: cuando el pájaro moría, sabían que era una advertencia de que el poco aire mortífero resultaba insuficiente y que sus propias vidas ya no estaban a salvo.

El presente artículo fue publicado originalmente en New York Times Review of Books, el 29 de Mayo de 1988.

(Traducción: Christian Kupchik)

Notas:

1) En el momento del encuentro, Kerouac estaba leyendo The Life of Samuel Johnson (1791), de James Boswell, considerada una de las mejores biografías de todos los tiempos.
2) El escritor conservador William F. Buckley Jr. (1925-2008), considerado en su momento “el intelectual público más importante de los Estados Unidos”, fue fundador de la revista política National Review en 1955. No obstante, su popularidad se debió al programa televisivo Firing Line, del que fue el presentador de 1429 episodios a lo largo de 33 años, desde 1966 hasta 1999. Su estilo ingenioso, erudito, colmado de expresiones poco comunes, le dio un brillo extra que potenció su reputación.
3) Ken Kesey (1935-2001) alcanzó amplia notoriedad con su primera novela, One Flew Over the Cuckoo’s Nest (Alguien voló sobre el nido del cucú, 1962, y llevada al cine en 1975 por Milos Forman con Jack Nicholson en el protagónico bajo el título de Atrapado sin salida). A partir de 1964, él y un grupo de amigos, The Merry Pranksters  o los “Alegres Bromistas”, fueron pioneros en la experimentación lúdica y espiritual con LSD y  marihuana. Los Pranksters recorrieron Estados Unidos en un autobús pintado con colores fluorescentes al que llamaron “Further” (“Más Allá”), y fueron estableciendo gradualmente muchos de los elementos retóricos y visuales que después popularizó (y, a juicio de Kesey, trivializó) el movimiento hippie. Tom Wolfe popularizó en 1968 las experiencias de Kesey y los Pranksters con su libro The Electric Kool-Aid Acid Test, que Kesey rechazó por juzgar la visión de Wolfe como superficial y ajena al espíritu de los hechos.

3 Comentarios

  1. Dos aclaraciones de la última nota al pie. El ómnibus de Ken Kesey y los MP se llamaba Furthur, juego de palabras entre Further y Future (su chofer era Neal Cassady). La película de Forman se llamaba igual que la novela; «Atrapado sin salida» fue el título comercial en Argentina nada más.

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