Por María Negro

América Latina guarda valiosas voces secretas, que resuenan por rincones donde no anduvieron y superan el tiempo que las cobijó. El colombiano Andrés Caicedo (1951-1977) es uno de estos ángeles que atravesó el olvido a partir de una furia creativa tan personal como vigorosa. Fan de los Stones y cinéfilo erudito, antes de los veinte años ya había escrito decenas de poemas, cuentos y obras teatrales, además de haber montado piezas de Ionesco y José Triana, y hasta tener una adaptación de Moby Dick. Viajó a EEUU solo para encontrar a Roger Corman y ofrecerle guiones para cuatro películas. Autor de una única y emblemática novela, Qué viva la música, Caicedo es el eslabón perdido de un mito que se alimenta de sí mismo.

Andrés no puede decirse. La letra r, o la conjunción de la n con la d, algo complica de una forma extrema a Caicedo y su tartamudez para poder nombrarse. “La palabra más difícil de decir es mi nombre”, le confiesa a su amigo, el escritor y cineasta Luis Ospina. Aquello que podría resultar una reflexión poética, cincuenta años después arde como una brasa reveladora.
Andrés no puede decirse. Escribirse sí, y comienza a hacerlo muy temprano. A los 14 años ya participa como director y dramaturgo en la Universidad del Valle, algunas veces como actor (“no tartamudea jamás en el escenario”), y es un cinéfilo agudo. Antes de que pasaran sus primeros veinte años de vida, el tartamudo ya había dado vuelta Cali con la delicada aguja de su ironía narrativa, hasta que resolvió retirarse del teatro para concentrarse en la literatura y el cine.
Andrés no puede decirse, por eso dice a Cali. La llama Calicalabozo, o Calibalismo, y retrata con la pericia de James Joyce, con la preocupación colocada en el lenguaje y su forma, aquel Cali de 1970. Todo lo nombra, desde la necesidad de renombrarlo para decirlo en su totalidad.
El joven-niño, desnudo y sin poder nombrarse habita en la bárbara inflexión que ocurre en su país, y en el resto de Latinoamérica. Es el tiempo que ve nacer a las Farc (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) como organización, y a los primeros grupos paraestatales encargados de la represión armada, un claro antecedente de lo que serían las Bacrim (bandas criminales fascistas). Cali recibe por entonces a las fuerzas de paz norteamericanas que traerán consigo la droga que sobró en el bolsillo de Vietnam. Y nada, nunca más, en ningún lugar de Colombia, volvería a ser igual.
Andrés no puede decirse, pero metralla sí. Esa es la palabra que usa Ospina para referirse al sonido veloz y furibundo que hace Andrés todas las mañanas (“muy temprano se levanta para trabajar, apenas nos deja dormir pasadas las 8”) al descargar su cuerpo sobre la máquina de escribir. Funda junto a Luis, y a Ramiro Arbeláez, Hernando Guerrero, Carlos Mayolo, el Grupo de Cali, que revolucionará el cine colombiano, tanto desde la forma como de la observación. Harán del cineclub un espacio de debate intelectual altísimo, en el que se discutirá el cine desde todas sus correspondencias. La cámara como narrador poético, el argumento como herramienta de debate. Andrés está muy preocupado por la forma, sabe que ahí, en la exposición de planos sea en la palabra o en la imagen, y la manipulación de eso que nos dicen se llama “la realidad”, ahí, puede ser que alguna verdad se encuentre.
Lo que encuentra -o de lo que no puede huir-, es su propia desesperación. Está corrido del tiempo, lo sabe. Intenta suicidarse a los 23, y deja una carta a su madre llamándose “anacrónico”. Fuera de su tiempo, descolocado, perdido. El presente, dijo León Trotsky, es nuestra patria en el tiempo. Caicedo no tiene presente ni patria; tiene a Cali como quien tiene un pájaro herido entre las manos torpes, un nombre que no puede decir sin tropezar, un espíritu incontenible. Cali arde, la muerte y la violencia tampoco pueden nombrarse con tanta facilidad cuando hay que taparse los oídos en las noches para poder dormir entre el ruido de las balas. Esmirriado, detrás de unos lentes demasiado grandes para su cara, Caicedo suspira antes de hablar, hace del aire la herramienta que empuja su palabra, escribe, escribe, escribe. Novelas, decenas de cuentos, decenas de guiones para cine y teatro. Es premiado, reconocido, adorado como se merecería cualquier Rimbaud que supiera bailar salsa. Su revista Ojo al Cine es respetada como una de las ediciones de crítica cinematográfica más lúcidas de su época.
Para 1977 tiene 24 años desde el día en que nació, unas cajas en el piso de su comedor con la edición recién impresa de su primera novela y 60 pastillas en la mano.
Qué viva la música, ese libro que esperaba dentro de la caja, es la historia de una muchacha rubia y burguesa, la Mona, fanática de los Rolling Stones, que se involucra en todos los excesos posibles; es una de las novelas más importantes para la literatura colombiana. Un monólogo de inmersión lingüística con una plasticidad de prosa total. Es el lenguaje el que se va de fiesta. Otorga, en la historia de nuestra literatura latinoamericana, uno de los ejercicios más altos de profundidad en la narrativa.
No podía decirse Andrés. Ya sea por la r suave, o por la conjunción de la n y la d, por la velocidad con la que el tiempo le jugó su paso, por la ferocidad con la que la barbarie golpeó nuestras posibilidades, por el amor arrancado de toda forma, vejado en su esencia. Lo que no armó con la voz, lo ejecutó en la palabra. Ni las sesenta pastillas lograron dormir su elegante sordidez, el relato de la criminalidad gozosa, feroz, de su literatura, hija latina de Anthony Burgess y Louis-Ferdinand Céline. El horror es veloz, la maquinaria narrativa que Caicedo despliega imprime ese ritmo. Sabe todo aquel que se encuentra con la dificultad de expresarse en el habla, que el canto, por su velocidad, resuelve el problema de trabarse. La literatura de Andrés Caicedo canta y grita, con la desesperación que acosaba a Charlie Parker. Esto que suena, esto que leerán, se está tocando mañana.
El anacrónico Caicedo aguarda su tiempo, con la paciencia de los fantasmas.
Nosotros, también.

Esta plantilla se hizo en 2003 y se stencileó por los lugares de la ciudad descritos en su obra.


QUÉ VIVA LA MÚSICA (fragmento)

Con una mano me sostengo y con la otra escribo
Malcolm Lowry cruzando el Canal de Panamá

(…) Que un muchacho aparecía tal día con la piel cuarteada, con menos pelo, con el equilibrio un tanto descuadrado, ¿un muchacho de 15 años? No importaba. Había una actividad en todos ellos (yo no sé si era la ropa a la moda) que hacía un espectáculo feliz de ese desperdicio. Reían con prevención. Cruzaban unas diez veces la Sexta, pendientes del menor gesto que les indicara una posibilidad de nuevo vínculo, de nuevo arranque. Había allí como una revista de flacuchentos movimientos atléticos, y a mí me gustaba. Cada dos horas descendía por allí la corriente que salía de cine, y cada quien ocupaba entonces su sitio estratégico, cada quién sabía cuál conocido estaría en el Social, cuál en Vespertina. Y había una actitud, un saludo distinto de cada uno. No es lo mismo ver pasar y desearle la suerte a una hermana (alcohólica), a un compañero de generación que no participa de esa cultura, a un profesor marxista al que un día se le dijo que cada acto de la vida iría encaminado a combatir el imperialismo, que al droguito fácil que viene con buenas nuevas, un pericazo para los tres más amigos. Se estaba allí, se semi-habitaba allí y se metía droga todo el día. La hermana, el diferente, el marxista, tenían que saber eso. ¿Qué hacían ellos, entonces, para no ser despreciados o para devolver el desprecio en movimiento de volibol?
Oponían a esos solitarios ejemplares de cabalidad y lucidez, su unión, su número, su música (que no era suya), los restos de su belleza. Todo el mundo iba allí, el mundo por allí pasaba. El de conciencia social tenía que atravesar el sector bajando la mirada, yendo a hundirse en sus libros y a la cama temprano. Ellos, en ese como dulce y permanente movimiento de moscas, envolvían y polarizaban cualquier ofensa. Algunos, los más inquietos, les reprochaban su falta de talento para apreciar la noche, para tomársela, como decíamos, lo que significaba entonces que eran viejos, y otros, aún inteligentes, no salían de la certeza de que cuando se llegara la hora de avaluar esa época, ellos, los drogos, iban a ser los testigos, los con derecho al habla, no los otros, los que pensaban parejo y de la vida no sabían nada, para no hablar del intelectual que se permitía noches de alcohol y cocaína hasta la papa en la boca, el vómito y el color verde, como si se tratara de una licencia poética, la sílaba no- gramatical, necesaria para pulir el verso. No, nosotros éramos imposibles de ignorar, la ola última, la más intensa, la que lleva del bulto bordeando la noche. (…)
Así que escogimos un descampado más en aquel otro, inmenso y total, que nos habitaba dentro. María lata Bayo me abrazó, suavita, sin quejarse, sin llorar, produciendo un sonido como de Bzzzzzzz, que me alarmó, pues lo creí, en un principio, dentro de mi cabeza. Pero era que yo respiraba su mismo aire y podía habitar esa piel, sonido de rastrille y furia de posible o próxima comunión. Nos observamos el milímetro: los punticos rojos en sus ojos verdes, las agüitas de mis labios, las fibras de madroño de mi pelo, y nuestros poros dilatados como piscinas secas y chupando uuuuuuuuuh, en la demencia urgente de convertir todo cuanto nos rodeaba en motivo de lascivia, y nosotros, ¡ah de los botes!, naufragando en cada poro, chupando perdidas en el Maelstrom de las venas, ebrias en el aroma de los vellos y ninguna palabra, toda la comprensión del mundo en ese acto, todo es mío, cada pliegue de sus carnes y cada crespito remolón, los pómulos sonrojados de la delicia presintiendo, tal vez, que ante una nueva descarga de fósforo a toda en el cerebro, tocaría apartar de ti la vista y pensar en otra cosa, huir de ti en la mente, porque no voy a resistir, y las uñas enganchadas a cada arruguita y la puntica de la lengua inspeccionando lugares que ni ella ni yo conocíamos ambas tan rosaditas y complicadas por dentro, pero yo soy mucho más fuerte que ella: la rendí contra ese suelo, la froté y la abrí y la penetré y la maldije: “ya nunca vivirás tranquila, pues no te abandonará el recuerdo de esta golondrina traviesa, este caracol de siete priapos, este amargo plumón de coclí que yo te tengo adentro”. ¡Oh Camilo José Cela, que te quitaste las herraduras a los 50 años! (…)

Qué viva la música, 1977
Octaedro ediciones, México

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