Por Leonardo Sciascia

A mediados de los años ’80, el periódico francés Le Monde dio cuenta de una noticia insólita proveniente de Argentina: Jorge Luis Borges no era quien se suponía sino un actor que usurpaba su papel. Leonardo Sciascia creyó reconocer en esa burda ficción una verdad. Si bien la especie era en sí misma absurda y la propia nota da cuenta de su falsedad -para contribuir aún más con el delirio, alcanza con verificar cuál fue la fuente argentina que arrojó semejante teoría-, el gran autor siciliano tensiona el relato confrontándolo con la producción del autor de “El Aleph” y no le quedan dudas: a Borges sólo se lo puede asumir en su irrealidad.

En cierto sentido –un sentido propiamente borgeano– Jorge Luis Borges se lo ha buscado. Sus instancias al olvido, a la inexistencia, a la voluntad de ser olvidado, a no querer seguir siendo Borges, no podían, hasta cierto punto y con los aires que corren por el periodismo, sino generar la noticia de que Borges no existe. Así, al menos, la recoge Le Monde:

Según la revista de derecha Cabildo, José Luis Borges ha sido la creación íntegra de un grupo de escritores (Leopoldo Marechal, Adolfo Bioy Casares y Manuel Mujica Lainez) que, para dar vida a su personaje contrataron a un actor de segunda línea, Aquiles Scatamacchia. Y ese actor, según el redactor de la revista, es quien encarna al ilusorio Borges para los mass-media. La impostura, que habría sido descubierta por la Real Academia de Literatura de Suecia, encargada de conceder el Nobel, ha impedido que el falso Borges que lleva adelante un juego a lo Ajar sin siquiera saberlo, fuera premiado. La pregunta que subyace es: ¿con qué sentido?

La expresión “hacer un juego a lo Ajar” refiere a un caso escandaloso en Francia que tuvo como protagonista a Romain Gary. Su suicidio acabó por revelar una broma –que jamás fue tal para Gary– dirigida a la intelligentsia francesa de su tiempo sirviéndose de un joven pariente, Paul Pawlovich, a quien le asignó el seudónimo de Émile Ajar. Gary había publicado bajo ese nombre cuatro libros que nadie logró reconocer como suyos y que obtuvieron, como si de un nuevo escritor se tratara, un éxito contundente.

A continuación, se ha de advertir cómo en el suelto de Le Monde, este ilustre diario colabora con la ficción de Borges al renombrarlo “José” en vez de respetar su nombre original, Jorge, con el se ha hecho conocido y así ha sido bautizado, presumiblemente en la iglesia de San Benito de Palermo –de allí proviene la denominación del barrio de Buenos Aires, siempre
amado y recordado por Borges. Y prestando atención a este pequeño lapsus, la pregunta que se hace Le Monde (¿con qué finalidad se inventó la farsa?) encuentra una respuesta que los propios creadores del enigma no sabrían dar. Y es la siguiente: la noticia de que Borges nunca existió resulta una invención que está en el orden de las invenciones borgeanas, fruto y perfeccionamiento de su universo, el punto de clausura de la circularidad que supo concebir, del sistema.

Y cualquiera puede ser asaltado por la sospecha de que el responsable de semejante invento no haya sido otro que el propio Borges: una suerte de atajo inventado por él para conseguir de manera anticipada su inexistencia. Si, por un momento, fingimos creer en la revelación de que Borges no existe y que solo existe un actor llamado Aquiles Scatamacchia (Achille Scatamacchia: ¡qué nombre digno de la Commedia dell’Arte!), contratado por un grupo de escritores para representar el papel de un fantástico personaje llamado Borges, muchas de las cosas dichas y escritas por el Borges que conocemos adquieren sentido y valor de prueba.

Y no solo eso: de las cosas dichas se podría incluso extraer alguna frase y considerarla como una “voz de pecho” extraída a un Aquiles Scatamacchia en ocasiones cansado del papel al que parece estar condenado. Es siempre sencillo, sobre un cierto número de indicios, instruir procesos y sentencias: alcanza con imaginar todo lo que Borges ha venido ofreciendo como prueba a favor de la propia ficción.

Hace algunos años definí al escritor argentino como un teólogo ateo. Hay que añadir que se trata de un teólogo que logró hacer confluir la teología con la estética y que a través del problema estético absorbió hasta agotar el problema teológico para convertir “el discurso sobre Dios” en un “discurso sobre la literatura”. No es Dios quien ha creado el mundo, sino los libros. Y la creación es un acto: en magma, en caos. Mientras los libros son como encrespados “accidentes” respecto a la “sustancia” en la que van a confluir (“substantia vive deus”, para decirlo en términos spinozianos), hasta el momento en que no se produzca dicha confluencia, la fusión, cada libro será susceptible de variaciones, de cambios –es decir, de aparecer distinto a cada época, a cada generación de lectores y a cada relectura por parte de un mismo lector. Un libro no es más que la suma de los puntos de vista sobre el libro, de las interpretaciones que lo abarcan. La sumatoria de los libros que comprenden esos puntos de vista y esas interpretaciones, será el libro. Y entonces, ¿qué importa que un hombre llamado Jorge Luis Borges haya escrito diez libros, veinte o ninguno, si por otra parte no se sabe a ciencia cierta qué ha escrito?

Esperemos que lo mismo no nos ocurra a nosotros.

(Traducción de C. K.)

El presente artículo pertenece a la obra Cronachette (Sellerio editore, Palermo, 1985).

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