Por Augusto Munaro (*)

Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1888-Buenos Aires, 1963), animador de la vida literaria de Madrid a partir de las tertulias vanguardistas en el café Pombo, fue el inventor de las greguerías, género definido por el propio autor como «metáfora más humor». Consistente en frases breves, de tipo aforístico, que no pretenden expresar ninguna máxima o verdad, sino que retratan desde un ángulo insólito realidades cotidianas con ironía y humor, a base de expresiones ingeniosas, alteraciones de frases hechas y juegos conceptuales o fonéticos. Presentamos aquí El Incongruente, una de sus obras más valiosas y secretas. 

Entre las novelas ramonianas, fragmentarias e ingeniosas, El incongruente (1922), es la primera que plantea con claridad y humor  el tema de la inconsistencia y sinsentido de la vida. Pues, junto con El novelista (1923), ¡Rebeca! (1936) y El hombre perdido (1947), forma parte de un grupo de obras que el autor denominó “novelas de nebulosa”. Obras narrativas de fuerte sesgo vanguardista. Cabe destacar que por su naturaleza hermética y experimental la novela rechaza de plano todo intento de análisis interpretativo de la realidad dado que rompe con la lógica interna espacio-temporal, con el principio de causalidad y con la caracterización del individuo que domina el relato realista. De este modo, El incongruente presenta una carencia absoluta de estructura narrativa. La historia deja traslucir a través de una serie indeterminada de anécdotas vinculados a la búsqueda amorosa de Gustavo, en un mundo urbano absurdo, caótico, sin lógica. Así, el protagonista –dolido de incongruencia mágica- confunde cuadros con espejos, descubre playas llenas de pisapapeles y mujeres enamoradas, pero también relojes que enseñan las tripas, mesas que arden solas o motos que deciden por su cuenta el destino a seguir: un pueblo de mujeres de cera. Y de peripecia en peripecia, entre un arsenal de deliciosos sinsentidos, Gustavo –a modo de pícaro moderno- entra en contacto con todo un catálogo femenino: la adúltera; la ingenua; la tonta; la mujer fatal; la muñeca de cera; la viuda; la hija de un general; la madura seductora, y finalmente la mujer ideal, con quien De la Serna opta por cerrar el libro. Cabe destacar que a lo largo de toda la novela no hay rastro de pathos, ni lazo factual alguno. Más allá del modernismo y el futurismo, estamos ante un artefacto narrativo único, casi surrealista, donde todo parece fruto de un sueño atomizado, con sus elipsis e incoherencia característica. 

Novela que comienza en cada página, saltando de un mundo a otro, de un tiempo a otro; en El incongruente, la norma es lo inverosímil, lo azaroso, lo accidental. Hay una pulverización del tema central en múltiples anécdotas y una marcada despreocupación por orden causal de los hechos. Se trata de una fórmula estética que subvierte los convencionalismos y códigos narrativos de la novela realista. Así, contra la lentitud, la memoria y el análisis, impone un culto a la velocidad, entendida como la reducción del arte a la emoción y a la sensación del azar. Una prosa abierta, flexible, absurda y lírica. Declarándose contra el desarrollo psicológico de sus personajes, el espíritu de fuga y evasión se estructura a través de la dinámica caprichosa de la fragmentación. Con ese pulso inventivo, al autor busca un nuevo orden, plagado de inconsciente, de absurdo, de poiesis. La experimentación como única lógica que se cristaliza en un extendido sentimiento de inseguridad e incertidumbre, de disolución de las doctrinas y concepciones del mundo que habían estado vigentes hasta los albores del siglo XX. A la experimentación formal con técnicas como el collage o el desmenuzamiento del discurso en breves unidades textuales, se añade la causticidad en la crítica de las convenciones, la exaltación del juego y el deseo y un empleo incisivo y grave del humorismo. 

Ramón Gómez de la Serna, precursor de Enrique Jardiel Poncela, acaso el mayor innovador de la lengua de su tiempo, suprime los códigos narrativos imperantes de la novela decimonónica: la noción de verosimilitud y de lo empíricamente demostrable.  Trastocada, El incongruente, entonces, es como un campo transgenérico, un escenario de discursos en el que el proceso artístico es la materia prima de lo novelable. Ramonismo en estado puro. Enhorabuena.

El Incongruente

Ramón Gómez De la Serna
Calpe Madrid, 1922. (202 págs.)
(*) Augusto Munaro (1940) es un verdadero arqueólogo cultural, descubridor de los tesoros literarios más ocultos. Asimismo, es autor de una obra profusa que abarca poesía, narrativa y otros textos inclasificables.

2 Comentarios

  1. Muchas gracias por esta reseña sobre una obra que creo entender desde mi ignorancia, no es muy conocida. Muy interesante poder leer sobre estos autores que re-abren una puerta a un mundo que no pudimos escuchar. Gracias.

    • Muchas gracias a vos por pasar, por tu lectura y tu comentario. La idea es iniciar un diálogo que pueda crear nuevos vasos comunicantes.
      Un cordial saludo…

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