Marcel Proust

En 1921, hace exactamente un siglo, Paul Morand, diplomático, dandy y escritor –no necesariamente en ese orden- publicaba su primera novela, Tendres stocks (de próxima aparición en Leteo Edito). Amigo y admirador del creador de “En busca del tiempo perdido” , cultivó ese aire epicúreo y mundano de su mentor, al que le consagró una “Oda a Marcel Proust” (1915). Luego de escribir esas tres breves historias ubicadas en el Londres de la Gran Guerra, Proust se sintió obligado a preguntar qué podía hacer por él y se ofreció a presentarle algunas prestigiosas figuras del mundo intelectual parisino. “Un prólogo sería más conveniente”, le respondió Morand.
Proust accedió a escribir ese prólogo, aunque se reservaría una sorpresa: en el mismo, parte de la hipótesis de que no se ha escrito nada interesante en francés desde finales del siglo XVIII, y se concentra en los pocos autores a los que dice respetar: Balzac, Stendahl, y de manera particular, Charles Baudelaire. Del autor del libro que prologa dice poco, aunque destaca su estilo (una obsesión para Proust). También el estilo es el motivo  que lo subyuga en Baudelaire, del que precisamente ese año se cumplía el primer centenario. No obstante, vuelve a girar sobre sí mismo para hablar del autor de “Las flores del mal” desde otra de sus obsesiones: el encono que le provocaba el crítico Charles Augustin Saint-Beuve, artífice de las tendencias literarias de la época, a quien incluso le dedicará un libro, “Contra Sainte-Beuve” (1908/9 y publicado póstumamente en 1954).
Este fragmento de aquel prólogo de Proust que se presenta por primera vez en castellano, deja testimonio sobre una cuestión que sigue manteniendo completa vigencia: los nudos y tensiones entre crítica y creación.

 Christian Kupchik

* * * * *

El estilo de Baudelaire tiene a menudo algo de exterior y contundente, pero con una fuerza tal como nunca se ha visto igualada. Sin duda nadie ha escrito menos caritativamente pero con tanta intensidad sobre la Caridad como en estos versos:

Un ángel furioso desciende del cielo como un águila,
Del descreído toma a mano llena los cabellos,
Y dice, sacudiéndolo: “Tú conocerás la regla…”

Sabe que es necesario amar sin poner mal gesto,
El pobre, el malvado, el tuerto, el estúpido,
Para que puedas hacer a Jesús cuando pase
Un tapiz triunfal con tu caridad.

Aún más sublime y no menos expresivo de la esencia de las almas afectuosas, es:

Han dicho al Sacrificio que les prestó sus alas:
Hipogrifo poderoso, ¡llévame hasta el cielo!

Por otra parte, Baudelaire es un gran poeta clásico y, cosa curiosa, este clasicismo formal crece en proporción a la licencia de las descripciones. Racine ha escrito quizá versos más profundos, pero que de ninguna manera llegaban a la pureza estilística de los gloriosos Poèmes condamnés. La pieza que causó mayor escándalo, dice:

Sus brazos vencidos, arrojados como vanas armas,
Todo servía, todo ornaba su frágil belleza.

Parece extraído del Britanicus. (1)
Pobre Baudelaire… Al mendigar un artículo a Sainte-Beuve (2) ¡con qué ternura, con qué deferencia!), terminó por obtener elogios de este tipo:

“Lo cierto es que al señor Baudelaire lo favorece el ser visto. Allí donde se espera ver entrar a un hombre extraño, excéntrico, uno se encuentra en presencia de un candidato pulido, respetuoso, un muchacho gentil y educado, de lenguaje fino y por completo clásico en sus formas.”

Para agradecerle su dedicatoria en las Fleurs du Mal, el único cumplido que encontró fue que estas piezas, reunidas, producen otro efecto muy distinto. Terminó por distinguir entre algunos poemas a los que calificó como “epítetos” de doble filo: «preciosos”, “sutiles”. Y le pregunta: “¿Por qué no escribe en latín, o mejor, en griego?” ¡Hermoso elogio para quien cultiva el verso francés!
Estas relaciones entre Baudelaire y Sainte-Beuve (un Sainte-Beuve cuya estupidez se revela de manera tan evidente que uno se pregunta si no es más que una ficción de la cobardía), constituyen una de las páginas más lastimosas y a la vez cómicas de la literatura francesa. Me pregunto por un momento si Daniel Halévy (3) no se burla de mí cuando busca conmoverme en un soberbio artículo de La Minerve Française con las hipócritas frases de Sainte-Beuve, al decir de Baudelaire con lágrimas de cocodrilo: “Cómo ha debido sufrir, mi pobre muchacho…”
Como agradecimiento, Sainte-Beuve decía acerca del poeta:

«En realidad tengo muchos deseos de regañarte… esmaltas, petrarquizas lo horrible. Y (cito de memoria) el día que pasearemos juntos a orillas del mar, me gustaría hacerte una buena zancadilla para obligarte a nadar en plena corriente”.

No hay por qué darle demasiada importancia a la imagen en sí (que seguramente debe ser mejor), dado que Saint-Beuve no tenía muchos conocimientos sobre la naturaleza de este tipo de cosas, aunque gustaba de utilizar todo tipo de metáforas marinas, o vinculadas a la caza, etc. Decía, por ejemplo: “Quisiera tomar la escopeta y dirigirme a toda prisa al campo para tirar al blanco”. De un determinado libro aseguraba que se trataba de “una bella aguafuerte”; aunque en verdad era incapaz de reconocer una. Pero como literariamente lo encontraba “bien hecho”, bello y elegante, decretaba que algo así debía parecerse a una aguafuerte.
¿En verdad el señor Halévy -a quien no veo desde hace veinticinco años pero cuya autoridad nunca ha dejado de crecer- puede pensar seriamente que es a este hábil y desmañado impostor de frases que “esmalta y petrarquiza” a quien se debe rendirle culto en lugar del gran genio poético? (que no tiene nada de «esmaltado«, y que me parece es capaz de «nadar en plena corriente«):

Para el niño, enamorado de mapas y estampas,
El universo es igual a su vasto apetito.
¡Ah, qué grande es el mundo a la claridad de las lámparas!
¡Para las miradas del recuerdo, el mundo qué pequeño!

Lo más increíble de todo es que cuando Baudelaire fue procesado por Las Flores del Mal, Saint-Beuve, que se negó a declarar en su favor, le envió una carta que se apresuró a rehacer tan pronto como supo que se tenía la intención de hacerla pública. Más tarde, al darse a conocer en las Causseries du Lundi, creyó que era su deber precederla con un pequeño preámbulo (destinado
a debilitarlo aún más), en el que afirmaba que esa carta fue escrita “con la intención de acudir en ayuda de la defensa”. Sin embargo, el encomio demostró no ser lo suficientemente comprometido. Decía:

“Al poeta Baudelaire le tomó años extraer de cualquier tema y ​​de cualquier flor un jugo venenoso; incluso, todo hay que decirlo, bastante venenoso. Por lo demás, era un hombre ingenioso, bastante amable, y en sus ratos libres, hasta muy capaz de generar afecto. Cuando publicó esta colección titulada Fleurs du Mal, no solo tuvo que hacer frente a las criticas, sino que además intervino la justicia, como si realmente hubiera peligro en esas malicias ocultas en rimas elegantes” (todo lo cual no concuerda mucho con “cómo ha debido sufrir mi querido muchacho…”).
Por otra parte, en este proyecto de defensa, Saint-Beuve no deja de elogiar a un poeta ilustre:

“Lejos de mí disminuir ni un poco la gloria de un ilustre poeta, de un poeta querido por todos, a quien el Emperador juzgó digno de merecer funerales públicos”.

Por desgracia, este poeta al fin glorificado, no fue Baudelaire, sino Béranger (4). Cuando Baudelaire, por consejo de Sainte-Beuve, retira su candidatura de la Academia, el gran crítico lo felicita, y creyó llenarlo de felicidad al expresarle: “Cuando leímos tu última frase de agradecimiento, concebida en términos tan modestos y educados, dijimos en voz alta: muy bien”.
Lo más aterrador de todo este asunto no es solo que Saint Beuve piense que fue muy amable con Baudelaire, sino que, ay, motivado por la espantosa sed de alcanzar algún aliento, de llegar a ser juzgado por la justicia más sobria, Baudelaire, el poeta maldito, no sólo no se revela sino que comparte la opinión del crítico. Es más: ni siquiera sabe cómo expresarle su
gratitud.
Por fascinante que resulte esta historia del genio que se malinterpretó a sí mismo, es preciso que nos apartemos de ella para volver a la cuestión del estilo.

(Traducción y notas: C. K.)

Notas:

1 Estrenada en diciembre de 1669, Britannicus es la segunda tragedia dramática de Racine y la primera que
toma por tema un episodio de la vida romana. Británico es hijo del emperador Claudio, quien se casa en
segundas nupcias con Agripina la Menor y adopta a Nerón, hijo de un matrimonio anterior de ésta. Será
Nerón quien suceda a Claudio. Racine relata el instante mismo en el que se ve la auténtica naturaleza de
Nerón: su repentina pasión por Junia, prometida de Británico, le mueve a liberarse del dominio de Agripina y
a asesinar a su hermanastro.
2 Charles Augustin Saint-Beuve (1804-1869) fue uno de los principales críticos de su época, cuyo método se
basó sobre la idea que la obra de un escritor era siempre el reflejo de su vida y por tanto podía ser explicada a través de ella. Se apoya en la búsqueda de la intención poética del autor (intencionismo) y de sus cualidades
personales (biografismo). Tras el fracaso de sus intentos de ser novelista, Sainte-Beuve colabora en la Revue
contemporaine. Publica varios estudios literarios, el más famoso de los cuales es Port-Royal, su obra maestra.
se acusa a menudo a Sainte-Beuve de no haber mantenido siempre y en toda circunstancia su lucidez de
crítico: alabó a escritores que hoy en día han quedado en el olvido más absoluto y criticó con violencia a
artistas de la talla de Stendhal o Balzac, además del propio Baudelaire.  Este método fue rechazado por otros
 Marcel Proust fue uno de sus mayores oponentes, al punto de dedicarle su ensayo Contra Sainte-Beuve, el
primero que se opuso a este método. Casi un siglo más tarde, el crítico norteamericano Harold Bloom, creador
de El canon occidental, salió a reivindicarlo.
3 Daniel Halévy (París, 1872-1962), fue un reconocido historiador (su obra Essai sur l'accélération de
l'histoire se convirtió en un clásico) y crítico francés, hijo además del guionista de ópera Ludovic Levieux
(adoptó este apellido para ocultar su ascendencia judía). Conoció a Proust en el Liceo Condorcet y a partir de
allí cultivaron una amistad que se mantuvo durante muchos años.
4 Pierre-Jean de Béranger (París, 1780-1857) fue un poeta y autor de canciones de contenido político,
 celebérrimo en su época y absolutamente olvidado en la actualidad.

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