Mientras se sigue insistiendo en perseverar sobre la función del género como categoría estanca de la realidad, no faltan autores que se animan a intentar hibridajes o bien reforzar la tensión de sus límites. Mariana Enríquez, ya desde la ficción (sobre todo con su muy particular interpretación del terror) o desde el periodismo (como en el caso que se analiza) y Pablo Katchadjian, a partir de la intervención experimental de clásicos, que pueden ir de la gauchesca a Borges, asoman como dos de los principales renovadores de un concepto que viene desnudando fisuras.

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LA MIRADA OBLICUA

Sobre “El otro lado”, de Mariana Enríquez

Por Tomás Villegas

Gran Rex. Bob Dylan, tal vez el cantautor más relevante de la historia norteamericana, se presenta por primera vez como artista principal en Argentina. Mariana Enríquez, sin embargo, propone desviar la mirada del centro del escenario para enfocarse en el callado guitarrista de pómulos de calavera que lo acompaña, Charlie Sexton, a quien le dedica un artículo de tres páginas.

Este desplazamiento, del centro a un lateral, resulta crucial en El otro lado, el último libro de la autora que reúne gran parte de su obra de no ficción; resulta crucial, decía, en la medida en que simboliza aquello que inviste al volumen de una consistencia particular: la mirada de Enríquez, que, con la intensidad del entusiasta, del fan, se posa sobre los fenómenos y artistas para iluminar su costado oscuro, desangelado, imperfecto, menos celebrado.

Por caso: la faceta de dibujante de Kurt Cobain, y su obsesión con el cuerpo; su fanatismo por una banda relativamente poco conocida en Argentina como Manic Street Preachers, y su automutilado cantante; su lupa puesta, antes que en actrices prestigiosas como Meryl Streep o Vanessa Redgrave, en celebridades de bajo vuelo como Drew Barrymore; su intención de repensar la mítica construcción de Silvia Plath como víctima de su esposo, Ted Hughes. Y los ejemplos proliferan. Y no se acotan, claro, a sus retratos o perfiles.

Cuando sus artículos giran en torno a alguna reseña, la mirada es semejante. Ante la publicación del libro que revelaría con algunos argumentos científicos la identidad de Jack el Destripador, Enríquez se demora en los márgenes del texto, en el aparente relleno. “Lo mejor de Retrato de un asesino no es su solidez. Lo mejor son los impresionantes detalles acerca de la vida cotidiana en el East End (…). La reconstrucción de la vida de las prostitutas asesinadas, el homenaje a las víctimas, que siempre quedaron en segundo plano, como piezas de ajedrez en el juego un tanto macabro de los expertos”.

Las 700 páginas del libro exhiben la destreza de Enríquez para recortar y condensar maravillosamente vidas y obras enteras en acotados caracteres. A su modo, y como columna que vertebra El otro lado, se presenta también la experiencia personal de la autora, en los (siete) segmentos titulados “Mi mundo privado” (título que toma del film de Gus Van Sant). Experiencia que puede abrazar tanto anécdotas en torno a la escritura de su primera novela, Bajar es lo peor (que publicó a los 21 años), como a su supuesta condición de hipocondríaca, el recuerdo de un bello chongo adicto, lo insulso de la charla con sus amigos devenidos padres y madres (la “tiranía de los niños”, que usurpa sus mentes y sus lenguas), la devoción por su gata enfermiza…

Esta inclusión de textos personales, antes que postular una nivelación con el resto de los artistas retratados, supone tal vez un gesto que denuncia cierta (elaborada) humildad: la periodista cultural que habla no lo hace desde ningún lugar sacrosanto, ni desde ninguna torre de marfil o colina olímpica. Se trata de una mujer de clase media que debe lidiar con sus propias flaquezas y obsesiones, por momentos acorralada por la encrucijada neurótica de tener un trabajo ideal: “Con frecuencia deseo un trabajo de ese tipo [se refiere a uno de escritorio]. Un trabajo que no me interese, que no me guste, que no signifique nada ni requiera mi firma, donde yo no importe”. Paradoja resonante, en tanto que el valor del periodismo cultural que convoca a Enríquez yace en el posicionamiento personal, en la lectura pergeñada con el entusiasmo del fan, afecta a todo talento que emane de una herida.

El otro lado. Retratos, fetichismos, confesiones
Mariana Enríquez
Edición de Leila Guerriero
Ediciones Universidad Diego Portales
2020
704 págs

EL LABORATORIO MÁGICO DEL DR. K.

Sobre “El caballo y el gaucho”, de Pablo Katchadjian

Por Zoe Fogo

El laboratorio literario de Pablo Katchadjian no teme poner en tensión los límites de la ficción. Ya en obras anteriores, como El Martín Fierro ordenado alfabéticamente y El Aleph engordado, interviene clásicos argentinos con la pulsión del alquimista que experimenta a partir de materias solubles en procura de una esencia desconocida. El caballo y el gaucho no será la excepción. Las distintas variaciones de la prosa generan una obra novedosa que se destaca de lo tradicional. Se percibe en las palabras de Katchadjian la búsqueda de nuevas combinaciones que se alejen de la norma hasta conseguir un perfume original.

La experimentación que se distingue en sus relatos remiten a esa suerte de extrañamiento que planteaban los formalistas rusos: deconstruir lo cotidiano para otorgarle un lugar tan inédito como desconcertante, un mayor valor. Reflexionar sobre él hasta el punto de volverlo extraño es algo propio de las distintas preguntas que se hace el narrador a lo largo del libro, como si quisiera cambiar su significado.

El efecto final de esta obra nos lleva a interrogarnos hasta dónde es necesaria una literatura lineal y acorde a las pautas clásicas para lograr una obra valiosa. Las variaciones que plantea El caballo y el gaucho están a simple vista: tramas concisas y dinámicas que no buscan el remate fácil ni la moraleja trillada, y que muchas veces huyen a la lógica de ciertos sentidos. Lo absurdo no es un lugar comúnmente explorado e incluso puede resultar un paraje incómodo. No obstante, Katchadjian nos propone en su última obra una sucesión de posibilidades inesperadas, como encontrarnos con la historia del encadenamiento de papas católicos como con palomas que dibujan y prenden fuego monasterios con su arte.

Nada es inverosímil. Como si fuese parte de un sueño psicodélico, el lector habita aquel mundo que el alquimista teje en su narrar con aparente indiferencia, con absoluta naturalidad.

Lo que se busca no es quebrar esos límites impuestos en la escritura sino anularlos. Su obra es un espacio libre donde congenian variedad de géneros, narrativas y estilos.

Todo es posible en el laboratorio literario de Katchadjian.

El caballo y el gaucho
Pablo Katchadjian
Blatt & Rios, 2020
272 Páginas

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