Esbozos y Borrones Autobiográficos

Tom Waits

Los tíos y el mundo artístico

Nadie de mi familia participó en el ambiente artístico, pero hay dos parientes que de muy joven tuvieron cierta influencia sobre mí y de alguna manera me marcaron. Eran el tío Vernon y el tío Robert. 

Siempre odié el sonido de mi voz cuando era niño. Yo quería sonar más como el tío Vernon, que tenía una voz grave y rasposa. Todo lo que el tío Vernon decía sonaba importante, y siempre lo entendías la primera vez, entre otra cosa porque a nadie se le ocurría pedirle que lo repitiera. Había que atreverse a ello… 

Por una casualidad me enteré que al tío Vernon lo operaron de chico, y que los doctores habían dejado un pequeño par de tijeras y una gasa cuando lo cerraron. Años más tarde, en una cena de navidad, el tío Vernon comenzó a ahogarse mientras trataba de tragar un errante hilo de frijol, y entonces arrojó la gasa y las tijeras. Así fue como el tío Vernon consiguió su voz, y así es como yo conseguí la mía: tratando de sonar como él. 

En cuanto al tío Robert, que tocaba el órgano en una iglesia metodista en La Verne, California, lo visitábamos cada domingo. El tío Robert tenía un órgano de viento en su casa, tan grande que se enterraba en el techo. Cuando lo pulsaba, hacía resonar todas las notas juntas como si fueran crayolas rojas derretidas, y la casa entera se estremecía. 

Recuerdo que su casa era un caos total; sus ropas estaban tiradas por todos lados, su cama siempre desarreglada. “Este es el auténtico mundo del artista”, pensaba yo. Le pregunté a mamá por qué yo no podía tener mi cuarto en las mismas condiciones que el tío Robert. Ella suspiró, me miró con cierta indulgencia y respondió, “Tom, tu tío Robert es ciego”.

El maestro en clave menor

He aprendido un montón de cosas de otros músicos, y de escuchar al mundo que me rodea. Pero siendo un pibe que crecía en Whittier, conocí a un pelirrojo llamado Billy Sweed que vivía con su madre en un tráiler cerca de las vías del tren. Billy fue quien me enseñó a tocar en clave menor. 

Billy no iba a la escuela. A los 12 años ya fumaba y tomaba, y vivía con su madre en el límite de una selva de vagabundos, sobre un gran lago de lodo formado por la lluvia y en el que flotaban llantas de distintos tamaños. Allí había carpas muertas y peces del tamaño de pantallas de luz. 

Te podías extraviar tratando de encontrar su casa, entre la hiedra sobrecrecida, arbustos y espinos de fuego. Para llegar, había que cruzar un canal de desagüe bajo una carretera y luego pasar a través de cañones de desperdicio, llenos de colchones y latas de pintura vacías. 

Mientras Billy me enseñaba a tocar, yo notaba que con un rotulador se rayaba los jeans. Cada pulgada de sus pantalones estaba cubierta con tatuajes y jeroglíficos extraños y prohibidos que yo intentaba descifrar. Estoy seguro que se trataba de su propia simbología musical, y que tenía cientos de canciones escritas allí. 

La madre de Billy era enorme. Yo la veía desde lejos; miraba enseguida la puerta del tráiler, y luego a ella de nuevo, y así me enfrenté con mi primer y verdadero problema matemático: ¿cómo era posible que la señora Sweed pudiese entrar por esa puerta? Yo tenía ocho años y recuerdo que pensaba en ella como en un barco encerrado en una botella, de la que jamás lograría salir. 

De alguna manera, el tráiler, el pantano y la señora Sweed brotaban de la guitarra de Billy en clave menor. 

Un año nuevo, luego de una semana de pesadas lluvias, volví al tráiler para verlos de nuevo, pero Billy y su madre se habían marchado. Sin embargo, la secreta sabiduría de las cuerdas que él me había enseñado sobrepasó todo lo que aprendí en la escuela. Allí se esconden las verdaderas bases de la música, las más significativas.

Blues 

En la parte sur de Chicago, en el salón Checkboard, “Hound Dog” Taylor, el último gran bluesero, tocaba ante un público rudo, difícil. En la primera fila había un borracho que no dejaba de interrumpirlo. En un momento, sin detener su canción, “Hound Dog” sacó un revólver calibre .38, le disparó al borracho en el pie, se guardó el arma en la parte trasera del pantalón, y terminó la canción. 

Muchas veces pensé en hacer lo mismo, pero nunca he tenido el valor suficiente.

Monti

Vi a Monti Rock III () en 1969 en el Sunset Strip, en un sitio llamado Filthy McNasty. Sólo seis personas componíamos el público. Monti se arrastraba por una versión amarga y distraída de “Tennessee Waltz”, cuando de repente la banda se detuvo (todos sus miembros vestían trajes de color rosa). El lugar se llenó de distorsión en el preciso momento en que Monti lanzó su bebida contra la pared y acuchilló a uno de los amplificadores con el micrófono, mientras nos dirigía a los seis pobres diablos que formábamos su público para decirnos que éramos unos chupasangres. Sonreía nerviosamente y chorreaba sudor bajo las luces de los reflectores. Sin medir una pausa, nos entregó una confesión psicótica, algo parecido a una mezcla del último desahogo de un condenado a la silla eléctrica con un acto de striptease. 

Tenía un estilo que pendulaba entre el proxeneta y el predicador. Contó historias acerca de su trabajo como peinador en Puerto Rico, mientras soñaba con hacerlo en Hollywood algún día. Después cantó “I Who Have Nothing” (“Yo que no tengo nada”) a capella. 

Yo estuve allí. Supe entonces que ése era mi mundo y quería entrar cuanto antes.

Heavy Metal 

Era la navidad en 1975 en Hollywood, California. Visitaba a unos amigos. Estábamos bebiendo los brebajes de temporada, cuando todos coincidimos en que el estéreo de un vecino estaba demasiado alto –sonaban los Mahogany Rush () al mango. 

Alimentado por el valor del alcohol, me ofrecí de voluntario para la confrontación, así que trepé por dos pisos de escaleras exteriores y golpeé la puerta con una madera. 

Apareció un gigante. Medía como tres metros y su cabeza era tan grande como la de un caballo. Dijo algo en alemán y enseguida me levantó del cuello como si yo fuera un osito de peluche y trató de lanzarme por el balcón. Yo estaba agarrándome de él cuando la barandilla cedió y ambos caímos dos pisos hasta un callejón, para aterrizar sobre una bandada de bicicletas. 

Ya me tenía sujeto del cinturón, como si fuera la manija de un bolso, y se preparaba a golpear mi cabeza contra un grifo, cuando comencé a reírme. Antes de que pudiera darme cuenta, él también se estaba riendo conmigo. Y allí estábamos los dos, el gigante y yo, revolcándonos en el piso, muertos de la risa, con Mahogany Rush sonando a todo volumen y un Papá Noel de algodón acompañado por un reno que pestañeaba electricidad, riendo con nosotros. 

Ese fue mi primer momento heavy metal.

Barco hundido 

Siendo niño acostumbraba bucear en busca de perlas por las tibias aguas de la costa de Guaymas y San Felipe. En cierta ocasión, descubrí un barco hundido cerca de San Blas. 

Buceando a través de sus turbios corredores, me fui tomando de los barandales hasta llegar al comedor. Luego de levantar una ventanilla que estaba atorada, me asomé, y vi unos cien esqueletos: estaban sentados ante sus mesas y usaban smoking. De pronto todos, los cien, se pusieron de pie, levantaron los brazos sobre sus cabezas y comenzaron a saludarme. 

Los cuerpos estaban descompuestos, pero sus trajes lucían intactos, formidables. 

Hermosillo

En un bar de Hermosillo, una prostituta enana se trepó a mi banqueta, se sentó en mi muslo y ordenó un “suicidio doble”. Luego me contó cómo había matado a su hombre a sangre fría. Fue en el Bali-Hai, de Tijuana, me dijo. Eso ocurrió como diez años atrás, y desde entonces ella se había reconvertido al cristianismo. Quería que la ayudara a recaudar suficiente dinero para irse a Fátima.

Carnaval mexicano

Recuerdo que cuando tenía unos diez años fui a un carnaval en San Vicente. Vi a una mujer con una cola de catorce pulgadas, cubierta de pelo. Era real. Ella me dejó apretarla, y me regaló una sonrisa podrida. Un acordeón tocaba a todo volumen polkas con sus dientes amarillos; yo no comí otra cosa que churros durante toda la noche, hasta que la feria quedó reducida a un halo de luz reflejado en el pavimento sucio. 

Con azúcar alrededor de la boca, la cabeza dándome vueltas y los oídos zumbando, regresé al rancho en una pick-up cargada con otros treinta niños, todos gritando en español. 

Estaba tan enfermo al día siguiente, que me pusieron en uno de los cuartos más lejanos de la casa principal. Estaba seguro que me habían puesto allí para que muriera, así que lo acepté con pacífica amabilidad. Día tras día, una niña mexicana venía a visitarme y yo lamía Kool-Aid de su mano. Y el doctor, que se veía como Charles Boyer, parado sobre mí con una jeringa gigantesca, decía algo en portugués y arrojaba perfectas nubes de humo por el aire.

La ciudad desnuda 

En una tienda de Minneapolis que vendía donas y permanecía abierta toda la noche, en la Nueve y Hennepin, Chuck Weiss y yo estábamos bebiendo un café en la barra. Era tarde. De pronto nos vimos en medio de una guerra entre dos proxenetas. Tendrían unos trece años. Uno estaba afuera, en la calle, disparando balas de verdad; el otro, desarmado, se escurría dentro del café para ocultarse tras la barra, mientras gritaba: 

“León, eres hombre muerto”. 

Un recipiente con palillos rodó hacia la calle, el aspa de una licuadora, una espátula, un billete de dólar enmarcado, un perro de porcelana. Chuck y yo nos tiramos al piso mientras la rockola derramaba “Our day will come” de Dinah Washington. Cada bala cambiaba la canción de la Wurlitzer a otra diferente, cada una más patética que la anterior.

El reino animal 

Peces. ¿Algo de ciencia ficción? No es necesario ir muy lejos. Hay un pez en el Pacífico. Sus únicos dientes están en la lengua. Devoran otros peces de adentro hacia afuera. Se internan en ellos y dejan una sola masa de piel y huesos. Viven en la costa de México. No tienen estómago, sólo un tubo intestinal, pero cuentan con cuatro corazones, uno cerca de la cola. Comen con entusiasmo, pero tienen un metabolismo lento, así que pueden permanecer por meses en cautiverio y sin alimento. 

Son muy populares para la barbacoa en ciertas partes de Asia, y su piel se utiliza para billeteras, sombreros y zapatos. Tal vez este pez sea el que inspiró al inventor de instrumentos, Qubias Reed Ghazala, para su “fotoclarinete” -un sintetizador fotosensitivo que modula la frecuencia del tono y el volumen con dos cuerpos sensibles a la luz, ofreciendo una amplia variedad de sonidos-. Esto permite al intérprete hacer música de un haz de luz, que suena como una langosta ardiendo en una fogata.

Abejas. Los científicos han perfeccionado un método para trasplantar los recuerdos de abejas adultas en sus embriones. Un poco después de nacer, las abejas que recibieron el trasplante fueron capaces de encontrar el camino de regreso a las colmenas de sus donadores. 

Por medio de una microcirugía, los científicos toman proteínas y moléculas del centro de la memoria del cerebro y las inyectan en los embriones. Steven Ray, que se ha dedicado durante cinco años a esta investigación, reveló a la CIA que ahora está haciendo los mismos experimentos con seres humanos y usando sus descubrimientos en el mundo del espionaje. 

Parece que la única cosa que no permanece intacta durante los trasplantes de memoria son las canciones de la gente. Este será el tema de una nueva colaboración para una película entre Jim Jarmusch y yo que se llamaría Todos mueren cantando.

Torcido y derecho 

Mis hijos han comenzado a darse cuenta de que soy un poco diferente a los otros padres. “¿Por qué no tienes un trabajo normal como los demás?”, me preguntaron el otro día. Yo les conté esta historia: 

“En el bosque había un árbol chueco, torcido, y otro derecho. Todos los días, el árbol derecho le decía al chueco: ‘Mírame, soy alto, recto y hermoso. Y ahora mírate, estás torcido y chueco. Nadie te quiere ver’. Y juntos crecían en el bosque. 

“Entonces un día llegaron los leñadores, y vieron al árbol chueco y al derecho, y dijeron: ‘Sólo corten los árboles rectos y dejen los demás’. Y los leñadores convirtieron todos los árboles rectos en leña, palillos y papel. 

“El árbol torcido continúa allí, creciendo fuerte y extraño días tras día”.

(Selección y traducción de Christian Kupchik)

TOM EN SU CASA DE PAPEL

Quien se detenga simplemente a escuchar las letras de Tom Waits descubrirá de inmediato a un narrador nato, que sabe cómo aplicar cadencias y ritmos a sus historias –muchas de ellas, contadas más allá de la música–. Amante de los relatos orales, confiesa su pasión por Jack Nicholson, a quien conoció en la filmación de Ironweed (Héctor Babenco, 1987, basado en la novela de William Kennedy), debido a su capacidad para el relato: “Nicholson es un narrador consumado. Es como un gran bardo. Lo sabe todo sobre salones de belleza, andenes de trenes y muchas otras cosas. Puedes aprender mucho con solo verlo abrir una ventana o atarse los zapatos.”

Pero Waits no sólo se alimentó de historias orales, sino de mucha literatura. Bobi Thomas, quien fuese su compañera durante algunos años, describe en su biografía Lowside of the Road (2009) las interminables noches en que Tom permanecía despierto hasta las cinco o las seis de la mañana rodeado por una montaña de libros. “Me decía cuán inspirado estaba por una historia corta u otra, y creo que esa ha sido siempre su musa, la fuente de su inspiración. Creo que Tom ha obtenido casi todo de los libros”.Obviamente, la beat generation fue la que muy probablemente tuviera una influencia mayor. Y hay que destacar a tres autores en particular: William Burroughs (“Amo a Burroughs. Es como un alambique. Todo lo que sale de él ya es whisky”, lo definió), Jack Kerouac y, como no podía ser de otro modo, Charles Bukowski.

Consultado por la revista Mojo, este es el Top Ten literario de Tom Waits, que sin duda da lugar a algunas sorpresas.

1. The Stories of Breece D’J Pancake, de Breece D’J Pancake
2. The Light The Dead See: Selected Poems, de Frank Stanford
3. The Americans, de Robert Frank
4. The Old West: The Gunfighters, de Paul Trachtman
5. Pic, de Jack Kerouac
6. The Last Night of the Earth Poems, de Charles Bukowski
7. Hard Candy, de Tennessee Williams
8. Nine Stories, de J.D. Salinger
9. The Collected Works of Billy the Kid, de Michael Ondaatje
10. It Catches My Heart In Its Hands, de Charles Bukowski

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