por Luis Sagasti

Los colores fríos, azules, violetas, verdes donde el amarillo languidece, crean la sensación óptica de alejamiento. Leonardo Da Vinci fue el primero en advertir las virtudes espaciales de los colores. Un color frío puesto en lo alto de la tela genera una sensación de distancia mayor que si estuviera en la parte inferior.
Frío y lejanía, entonces, no solo comparten un estado de ánimo.
Estás fría y estás distantes son sinónimos en el lenguaje de los afectos.
Y también: indiferente, impasible, insensible, impávido, imperturbable, apático,inmutable, ingrato, displicente, desdeñoso, distante, alejado, reservado.
Cuando una relación se enfría debemos, acaso, aguardar su muerte.
En el crepúsculo, anotó Goethe, todo lo cercano se aleja.


El frío es azul, gris, pero lo antecede el amarillo de las hojas de los árboles.


El azul, que es el color del frío, también es de lo lejano, lo inalcanzable. Rojo es fuego y alimento. No existe nada azul que el hombre coma.


Acaso El Greco resulte inevitable si se quiere asociar frío y pintura. En especial por el color leche cruda de los cuerpos alargados que extiende sobre cielos azules y renegridos. Aun los colores cálidos, el rojo con que suele pintar la túnica de Jesús, la de la virgen, son gélidos. A veces, entonces, lo cercano suele ser frío.


Como si fuera una instalación o una obra de land art, así se pueden ver los campos de flores de hielo en la Antártida y el Ártico.

A partir de los 22 grados bajo cero y el aire bien cargado de humedad, el vapor se congela sin volverse líquido. Entonces y en un silencio de vientre, estas flores crecen como de la nada cuando el aire toma contacto con la escarcha que acaba de formarse recién. Brotan como hongos y son más bonitas que ellos, que ya lo son, por cierto.


El agua de mar escarchada se desprende de su sal, que es recogida por los cristales de hielo. Estas flores de inviernos blancos son tres veces más saladas que el agua del mar.


De haber contado con cierto capital, Joseph Cornell hubiera podido enjaular un terremoto en una de sus maravillosas cajas; con el invierno, por suerte, no tuvo el menor inconveniente. Sus trabajos acortaron la distancia entre arte y vida, por decirlo de algún modo, al recolectar objetos que el azar le ofrecía mayormente en calles de Manhattan y acomodarlos en cajas como un verdadero ikebana.
Butterfly habitat es una caja que parece una ventana dividida en seis cuadrados iguales. Detrás del vidrio vemos aparecer una mariposa disecada en cada cuadro. El vidrio se encuentra salpicado por copos de nieve y las mariposas pueden verse gracias a un círculo perfecto sin manchar. Como si una mano geómetra hubiera desempañado la copiosa ventana. La caja nos coloca dentro de nuestro hogar; es, al mostrar el frío afuera, la imagen de la calidez. O estamos fuera y las mariposas practicaron los círculos con sus alas para que podamos dar cuenta de sus colores.
La otra caja puro invierno se la conoce como Doncella de nieve y fue realizada en 1933. Christie´s la vende por un precio estimativo de un millón doscientos mil dólares. Se la llama doncella, pero bien mirado se trata de un ángel o una niña alada que se da vuelta para mirarnos en medio de la nieve, lleva una canasta con flores y sonríe como si supiera del aire cálido que anidan los copos.


Como las de arena, las esculturas de hielo son casi siempre figurativas. Podrían acaso inscribirse en rubros como arte efímero si la intención de los escultores fuera más allá de la lucha contra los elementos. Ante todo se valora la capacidad performativa del artista que no es otra que una metáfora de la lucha y dominio contra la naturaleza. Un bloque de hielo deviene cisne, motoneta, palacio: la abstracción está casi prohibida porque no deja en claro ninguna clase de imperio. Hay algo kitsch en todo un asunto que resulta ser casi el proceso inverso del trabajo con el vidrio caliente. Los movimientos ígneos del vidrio en estado de alquimia son de una estética maravillosa: un chicle rojo, naranja y amarillo busca su forma definitiva antes de detenerse en frio. El artesano como director de una cosmogonía. Sin embargo el resultado suelen ser esos espantosos centros de mesa que descansan sobre una carpetita y la metáfora gnóstica de que a dios las cosas no le salieron bien del todo cae como lamentablemente nunca lo hacen esa clase de adorno. En las esculturas de hielo el trabajo previo es tosco y no anticipa la delicadeza obvia de algunas formas finales. ¿Habrá alguna obra donde el proceso de derretimiento de las figuras fuera parte de la propuesta? Digo, como si fuera un vidrio helado en cámara lenta.

Nota: Los textos precedentes forman parte del libro inédito “Áfrika – Breves biografías del frío”, de Luis Sagasti & Christian Kupchik.

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