Pudo haber sido el mejor amigo de Robinson Crusoe. O bien, robarle Jueves a su admirado Chesterton. Pero no, resolvió ser Forn, Juan Forn. Que es otra forma de llamarse Viernes. Se presentan aquí fragmentos de varias entrevistas y charlas (en el verano pasado la última) en la que Forn, un verdadero animal literario, desgrana su poética, su “laboratorio” como escritor, la influencia de la enfermedad, la fama o Gesell como la tierra elegida. Las preguntas no importan. Viernes habla.

“Todos abrevamos del mismo lugar: de las Vidas Paralelas de Plutarco, que después fueron las Imaginarias de Marcel Schwob o las recreaciones de vidas famosas que representó Alberto Savinio en Contad, hombres, vuestra historia. Me empecé a interesar cada vez más en esos tipos que trabajan lo breve con intensidad, como esos cafés que venían envasados al vacío total y cuando los abrías adoptaban su tamaño real. Lo que más me interesa ahora es esa suerte de prosa compactada, condensada al máximo posible, y el efecto residual que deja. Esa es la sustancia que perdura en cada lector: la historia debe crecer a partir de ahí en su interior.”

 “Es así. Mi relación con la literatura está definida por la satisfacción que siento al leer. Quiero que la literatura sea todo lo placentera e intensa que es la lectura. Si no, no tiene demasiado sentido.”

“Relatos. Desde siempre a mí me gustó que me cuenten historias, y por eso me gusta contar historias. No importa demasiado si lo hago desde la novela, el periodismo o cualquier otro género: lo que me interesa es que siempre subyace un relato más allá de la forma. Hay un libro mío que precede y de algún modo explica a los Viernes, La Tierra Elegida. Surgió un poco así, de la necesidad de plantear un relato. Hacía tiempo que venía trabajando con la idea de una novela algo trabada, y un día, en la playa, hablando con Guillermo (Saccomano, obviamente), él me hizo ver que lo que yo quería expresar ya lo estaba haciendo en esos artículos/historias que venía publicando. Volví a releerlos y me di cuenta que, con una vuelta de tuerca, podía dejar planteada una poética sobre la que se estructurara mi obra futura. La editorial los llamó ensayos (estaban presentes Pessoa, Kawabata, León Ferrari, Hunter Thompson, Briante, entre otros), y yo les dije que era un error: se trataba de relatos. En el momento de pensar el título adecuado, Guillermo creo que mencionó un poema de Edmond Jabés llamado La Tierra Elegida. Busqué el poema por todas partes, pero nunca lo encontré. Lo que sí encontré fue la justificación del título: Gesell era mi tierra elegida. Los relatos que se prolongaron en los Viernes, de alguna manera también.”

“La enfermedad lo cambió todo, incluso en la forma de encontrar esa poética que significaba vivir en Gesell, incluso la forma de absorber el lenguaje desde otra perspectiva. No hablás, ni respirás, ni hacés absolutamente nada de la misma manera que antes. De pronto me dijeron que tenía que hacer una vida absolutamente sana: ni alcohol, ni cigarrillos, ni deportes, hábitos que tenía incorporados sin cuestionarme nada. El límite es muy fuerte. Uno parte de la omnipotencia y no es sencillo descender hasta que te toca darte cuenta de lo esencial. La primera pancreatitis que sufrí fue una experiencia escalofriante, no tanto por la posibilidad de la muerte como por el descubrimiento de la propia debilidad. Yo venía a dos mil por hora y de pronto volqué. No entendía nada. Cuando empezás a darte cuenta, tal vez ya es demasiado tarde. Uno de los médicos me dijo que tenía que parar antes de estar cansado. ¿Te das cuenta? ¡Una locura! ¿Cómo hace cualquiera para lograr eso? Ahí, en esas cosas, entrás a apreciar también la distancia entre la vida y la literatura… En ese sentido, Gesell fue vital: al principio creí que iba a enloquecer. Después, entre las lecturas y las historias de vida de la gente del lugar (por lo general, en su gran mayoría son transplantados o huidos de alguna mala experiencia, llegados en sucesivas capas inmigratorias), todo fue armonizando. Mi cabeza, durante los paseos matutinos junto al mar se fue oxigenando.”

“Bueno, digámoslo así: un día miré mi biblioteca y vi que convivían en paz Sciascia con Rulfo, Breton y Murakami. Y me gustó esa heterogeneidad, porque nosotros somos eso. Nos definimos por la diversidad. En particular, a mí me gusta mucho mamar de los italianos, los rusos, los orientales, los centroeuropeos… Y cuando te das cuenta todo lo que te falta leer, no tenés ganas de perder el tiempo probando cosas que ya intuís qué gusto tienen…” 

“Es cierto, durante un tiempo me nutrí mucho de la literatura anglosajona, pero en un punto sentí que siempre estaba recibiendo más de lo mismo. Por otra parte, creo que la cultura norteamericana está tan cerrada sobre sí misma, es tan insular, que tampoco te deja mucho de qué agarrarte. Y hay también una suerte de imperialismo cultural. Ellos no pueden distinguir más allá de lo que es norteamericano; ni siquiera reconocen lo europeo.”

“Para bien o para mal, nos guste o no, nosotros somos tercermundistas y vivimos aquí. Cuando me planteé irme de Buenos Aires, no se me pasó ni por un momento irme a Europa o Estados Unidos. Fue Gesell o podría haber sido otro punto de Argentina. Como mucho, si el MERCOSUR funcionara, alguna playita de Brasil. No más. Ocurre que yo estaba loco… Cuando empecé a escribir mi sueño era ver mi firma en el New Yorker… Hoy me parece absurdo. ¿Qué tendría que estar haciendo mi firma en el New Yorker? ¿Para decir qué? ¿Con qué fin? ¿La fama? He conocido gente famosa que la pasaba fatal… Yo era muy amigo de Andrés Calamaro, por ejemplo, y para vernos era un circo, siempre tenía gente en la puerta de la casa, no podíamos caminar tranquilos, un desastre…”

“Cuando empecé lo único que me propuse deliberadamente fue jugar con las paradojas de la situación. La contratapa es el lugar donde se supone que los periodistas tienen derecho a hacer uso de la primera persona, a diferencia del resto del diario. La manera en que uso la primera persona es casi enmascarada, prácticamente no estoy en los textos. Otra cuestión: la mayoría de los escritores que tienen una columna, tratan de escribirla lo más rápido posible para dedicarse a las cosas que les importan de verdad. Cuando me ofrecieron las contratapas, yo estaba en un momento de sequía creativa. Y me dije: ‘¿Qué pasa si convierto esto en un laboratorio y pongo ahí toda mi libido?’ Estaba en Gesell, con toda mi biblioteca, incluidos esos libros que uno se promete leer más adelante. Y así fui engordando una grilla, con lecturas acumuladas. A veces tenía que entregar y me sentía atrapado por el horror vacui hasta que, caminando por la playa, me llegaba una colita de la que agarrarme para ir siguiendo la deriva. Ya me acostumbré a pensar digresivamente, un poco por mi manera de leer y otro poco por estar solo y hablar conmigo mismo todo el día.”

“En un primer momento se me impuso lo autobiográfico. Recuerdo que estaba en medio de una tragedia familiar, había muerto la hermana de mi mamá, y no sabía qué escribir, o mejor dicho, no podía escribir nada. Y escribí sobre mi madre. Al principio con mucha timidez, me daba vergüenza. Después hice otra sobre el mar. Y para mi estupor, mucha gente me decía: ‘Tenés que escribir más de vos, las historias autobiográficas son las más lindas’. Yo entiendo, pero no me permito más de una cada treinta, si se impone. En alguna que otra ocasión, hablando de un tema en particular, meto algo personal si veo que engancha más o menos bien. Pero tampoco quiero abusar.”

“Trabajo personaje y el mundo detrás, ya sean rusos, japoneses, mexicanos… La época es muy importante. Trato de transmitir los máximos signos de época posibles, hasta donde puedo, en lo que digo. Y si no entre líneas. Busco trabajar al máximo la complicidad, el sobreentendido. Es una época en la que hay tal proliferación de información, tenemos tanta información en la cabeza sin siquiera tener conciencia que la poseemos, que con solo tocar algunos botones se despiertan ciertos ecos en el lector. Es muy fácil decir: ‘Perspectiva Nevsky-fogones-guardias rojas en las esquinas-cortes de luz’, y el lector ya está ahí adentro. Y después está el viejo truco de trabajar los detalles. Es fundamental tomar atajos. La idea de hipervínculos dentro del texto. Aunque claro, luego vendrán los enfermitos que nunca falta a googlear cada cosa que escribís para ver si es cierta.”

“Hay temas y personajes que te llaman, como te llaman ciertos libros en un estante. Hay ciertos nombres que uno oyó nombrar y reaparecen en un libro. Elegir la selección de textos que integran los tres tomos de los Viernes obedeció a un sistema de contactos subterráneos. Casi todos los personajes que toco pertenecen al siglo XX, y una de las cosas que más me gusta de ese siglo es que nunca está quieto, es un remolino. Si me voy un poco más atrás de 1870, ya empiezo a patinar, me siento en terra incógnita. Y de 1970 u ’80 para aquí, ya todo me produce dejá vu. Salvo algunas pocas novedades, todo me parece producto de algo anterior. Cada tanto cristaliza algún tipo notable, monstruos como Sebald, Bolaño… Cuando aparece algo así, genuinamente nuevo, yo disfruto y celebro descubrir contemporáneos que tienen una empatía o una frecuencia similar a la mía. Pero el mundo expresivo verdaderamente elocuente para mí es el siglo que va de 1880 a 1980.”

“El desafío pasa por no ocuparse sólo de autores o personajes con los que nos sentimos identificados. Hay otros, como Pound por ejemplo, que no me genera una particular simpatía y sin embargo lo abordé igual. Siento rechazo por Céline. Entiendo la fascinación que despierta, pero a mí no me funciona: lo único que veo al leerlo son los signos de admiración y eso solo ya me crispa: no entiendo por qué tiene que hablar gritando. Y desde ya que no comparto su fascismo. Hay otros casos más personales, como Saer. Está fuera de discusión que Saer es un gran escritor, pero a mí no me habla. Esa sí fue una decisión estratégica: no hacerme el malito. Es muy fácil ridiculizar a alguien en cien líneas, pero no era eso lo que me importaba. A mí lo que más me interesa es aquello que entiendo como la lógica interna de cada escritor: una suerte de código que va de lo estilístico a lo ético. Son decisiones…”

“Existe una dialéctica, una elocuencia directa con el libro del que te nutriste. Cuánto más te habló esa fuente, en mejor ventrílocuo te convertís. Y después hay otra cosa que ya entra en el terreno de lo esotérico. Cada vez que bajo a caminar por la playa, me surge muy nítida una pregunta: ¿Qué historia cuenta esta historia? ¿Qué me dice a mí, qué tiene que ver conmigo esto? ¿De dónde viene? Ese yo, en realidad, soy yo y mis lectores, me pienso en plural. Y tarde o temprano algo desciende de no sabés dónde y resuena con una cosa o la otra. Ahí me siento un poco como un conducto de algo más, un canal de frecuencia desconocida. Durante muchos años trabajé con textos ajenos, a veces en presencia del autor, en otros casos sobre traducciones o bien directamente como traductor. Fueron muchos años de lo que llamo el ‘síndrome camaleónico’. Para trabajar un texto de otro hay que entender su lógica, meterte tan adentro que terminás pensando con su cabeza y no con la tuya. Uno ve el revés de la trama y comienza a entender la mecánica interna de un libro y eso, practicado a lo largo del tiempo, se traduce en una gimnasia por la que es posible ver más allá de lo escrito. Los escritores nos hacemos los racionales, pero vivimos de pálpitos. Nos pasamos la vida guiados o desoyendo pálpitos.”

“La verdad es que los Viernes a veces me cansan un poco; de hecho, en un momento tomé la decisión de bajar la frecuencia semanal a quince días. Es algo que se sabe en el gremio: si uno hace una columna por mucho tiempo llega un momento en que caminás pisando tus propias huellas. Y no me gusta nada la idea de repetirme ni de que me salga demasiado fácil. Los únicos momentos donde extraño otro formato es cuando me digo: ‘Ya me siento como pez en el agua haciendo esto’. Entonces se me impone la necesidad de huir de esa agua, de buscar otra, otro espacio. La regla con la que siempre me guié como escritor es que una vez que algo te sale más o menos bien y rápido, hay que probar con otra cosa. No hay progreso posible si no se enfrentan dilemas insolubles.”

“Extraño las cosquillas de la arena entre los dedos de los pies”, 

dice Juan.

(Testimonios recogidos y editados por Christian Kupchik)  

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