por Augusto Munaro

Barrio Norte: Ecuador y Av. Santa Fe, 28 de agosto de 2006. Acababa de atender un llamado telefónico de Alicia Jurado quien había recibido mi primer libro y tenía la amabilidad de invitarme a un té a las cinco de la tarde en su casa. Acudí a la mítica esquina sin dilaciones. Conversar en persona con la autora de Qué es el budismo, ensayo escrito en colaboración con el propio Borges, resultaba irresistible. Al subir al sexto piso, una muy pequeña y frágil mujer abrió la puerta. Era ella. El triplex había pertenecido a los Bioy, me dijo, enseñándome una pintura de Silvina Ocampo no muy lejos de un macizo busto de Buda. Era una de las pocas amigas íntimas que Borges había tenido, y me habló esa tarde de su larga amistad con él, su viaje a Texas en los años ’60, junto a Leonor Acevedo; la muerte en un accidente de aviación de su hijo Federico en Nicaragua; de Olga Orozco a quien tanto quería (era madrina de su hija), entre tantas cosas más que el tiempo borra. Pero no lo hacía desde los clichés de la devoción. Al contrario, sus comentarios sobre la intimidad eran realistas, sin ínfulas.
Alicia tenía un retrato de Borges riendo, el mismo que María Esther Vázquez, utilizó en la tapa de su biografía «Borges, esplendor y derrota«. Recuerdo en ese encuentro haber comentado el libro Borges, de Bioy, que precisamente acababa de salir, pero que ella, estaba muy segura no querer leer jamás. “A mí ese tipo de libros no me interesan”, dijo. No fue discreta al demostrar su antipatía hacia Bioy. Por momentos hablamos en inglés, lo recuerdo, porque ella se refirió a una larga y feliz residencia que hizo en Reino Unido donde escribió una vida de R. B. Cunninghame Graham. Yo le cité entonces, muy torpemente admito, unos versos de Emily Dickinson que al filósofo Cioran, a su vez, le habían impactado. Me habló de Silvina, otra vez, y de su inmejorable traducción de Dickinson, y de la ardua empresa de traducir. Fue entonces cuando se refirió a Estela Canto (1916-94). “¿Ud sabe que ella era una comunista? Sí, pero cosa rara, era una muy buena escritora, y aún mejor traductora del inglés y el francés”, me sorprendió, no su natural ironía, típica en ella, sino la franqueza en admitir la capacidad de Canto como notable autora. Alicia, había leído a Estela con admiración. Borges la había conocido en 1944 allí mismo, en la entonces casa de Bioy, literalmente en ese preciso lugar donde yo estaba conversando con Jurado.

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Al concluir esa tarde la visita y sin olvidar los comentarios de Alicia, comencé a leer a Estela Canto sin ya la sombra borgeana. Canto tiene méritos propios como narradora de profunda sensibilidad. En sus 78 años, dejó una docena de libros y una estimable cantidad de traducciones, destacándose la que realizó de «En busca del tiempo perdido«, de Marcel Proust. «La hora detenida» (1976), «El jazmín negro» (1978), «El muro de mármol» (1945), «La noche y el barro» (1962), «Los otros, las máscaras» (1973), «El retrato y la imagen» (1950), «El hombre del crepúsculo» (1953), «Ronda nocturna» (1980) e «Isabel entre las plantas» (1966), articulan una sensibilidad literaria muy particular. De sus novelas, todas dignas de una relectura rigurosa, hay una que sobresale tal vez más que el resto por su arriesgada premisa. Me refiero a «El estanque» (Goyanarte, 1956), su quinta novela. Allí, a diferencia de otras producciones femeninas de la época (1945-60), Canto, tiende a desprenderse del realismo apuntando más hacia cuestiones oníricas, es decir, a un clima de extrañamiento que bordea el límite con lo fantástico, sin jamás por ello desligarse de la búsqueda identitaria femenina. En ese sentido es una adelantada. La imaginación de sus protagonistas, resulta más relevante que sus actos. El estanque de la quinta de los Green, rodeado de malezas, pequeño y escondido, es el centro de acontecimientos curiosos. Hay una leyenda allí, su agua negra refleja los momentos dichosos de los habitantes de la casa. Pero únicamente una protagonista tiene la singularidad de despertar ese don antiguo: se trata de Jacinta, una niña de once años. Pero más que la felicidad de los días idos, Jacinta ve en la profundidad vedada, la verdad de las otras personas, lo que ellas quieren y no se atreven a formular. Y Jacinta lo ve todo con la inocencia de quien comprende a medias. Pronto el don le lleva a tener un delicado conflicto con su madre, la pintora Manuela Bulnes, debiendo Jacinta cargar con la vergüenza social de cierta equívoca bastardía. El estanque pronto simboliza la pasión y la libertad que se les veda a ellas por distintos motivos irreversibles. El desenlace implica un extraño sacrificio, una solución que quiebra el hechizo de lo que sus oscuras aguas reflejan, de una vez, y para siempre. «El estanque» es una novela fantástica y psicológica sobre un tema profundamente realista. Sin embargo las situaciones de Isidoro, de Manuela, de Gracia (el ama de llaves), tienen dentro de su realismo algo de lo terriblemente fatal que la niña presiente: son seres cuyas vidas no se definen; no se conocen a sí mismos y no se atreven a conocerse. Así, Jacinta vive a través de su imaginación exaltada las peripecias de la vida irregular de Manuela, su madre, y busca para esa vida la solución que, no es capaz de encontrar. La fatalidad como otra forma de ingenuidad.

De este modo el lector reencontrará en «El estanque«, las mejores virtudes de su autora: la sólida habilidad constructiva, la creación de una atmósfera enrarecida, que se va cargando gradualmente de tensiones, y la capacidad inaudita de Canto al ajustarse a los más severos principios de la novela en cuanto forma conjetural. El tiempo suele ser el mejor juez literario. De las escritoras argentinas de su generación, Martha Lynch, Silvina Bullrich y Beatriz Guido, Canto ha sido el único caso en que sus libros fueron gradualmente valorándose más, su prosa no ha envejecido. Perdura resplandeciente.

Hace años que Alicia Jurado murió, pero la esquina, ese punto mítico en donde Borges y Canto se encontraron por vez primera, aún insiste en su mismo lugar. Claro que los propietarios son otros. A veces el orden del tiempo sólo se entiende por la irreversibilidad de los movimientos en el espacio. Toda la vasta obra de Estela Canto aguarda a ser redescubierta como un tesoro olvidado. Una poética rara e invaluable. El estanque aún espera su momento. Cuando esto finalmente suceda, será un acto de justicia literaria.

EL ESTANQUE
Estela Canto

Editorial Goyanarte, 1956. (142 págs.)

Desde la ventana del primer piso Gracia Ramos miró el jardín, húmedo y quieto. Después de la lluvia el color verde de los canteros –vistos durante diecisiete años- parecía intenso y nuevo, con sus montones amarillo rojizo de hojas secas y rectángulos de césped muerto, donde el verde se desvanecía imperceptiblemente, hasta terminar en otra mancha amarilla en el centro del cantero.


Era una mujer de cuerpo tieso y fuerte, de edad indefinible, de cabellera partida al medio sospechosamente renegrida. Tenía pies amplios, tobillos finos y manos recias. Diecisiete años atrás, Luis Green, el viejo, le había encargado el cuidado de la casa.

Por mucho tiempo vivió temiendo que la sucesión vendiera la quinta, con un vago miedo de volver a la ciudad, cuyas calles comenzaba a olvidar. La quinta, con sus eucaliptus y sus tipas, se mantenía aislada, era un eco del otro siglo, cuando el asfalto y hasta el adoquinado estaban lejos.

Años atrás Gracias Ramos tuvo marido. Él había partido un día para el Perú (¿o fue tal vez para Colombia?), con la intención de hacer rápida fortuna trabajando en una compañía petrolera. Los primeros tiempos escribió breves cartas contando sus dificultadas. Las cartas se espaciaron. Un día no llegaron más.


Indirectamente Gracia supo que vivía con otra mujer y que tenía hijos. No lo amaba, pero aquello le dolió cruelmente. Su rencor tímido y concentrado encontró el refugio de la quinta. Ahora había olvidado a su marido y deseaba que estuviera muerto para no padecer el terror de encontrarlo algún día.


La quinta no se vendió ni en el primero, ni en el segundo, ni en el tercer año de la muerte del viejo Luis Green. En el quinto año Gracia Ramos comprendió que ya no se vendería. Entonces desapareció su angustia. Pensó que, hasta la hora de su muerte, vagaría por los amplios corredores de la casa, miraría el jardín desde las ventanas, recorrería los senderos cubiertos en verano de tupido follaje y se sentaría en invierno en un banco al sol, creyendo adivinar a lo lejos, entre los eucaliptus oscuros y las retorcidas ramas de las tipas, el rojizo color del río. Quería morir allí suavemente, sin ver el tumulto de las calles del centro.


Con exaltación melancólica recorrió la casa y el jardín, tomando posesión de cada glorieta, de cada banco, de la corteza de cada árbol. Pero jamás llegó a penetrar en el follaje que escondía el estanque.

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