Sobre Hachís, de Walter Benjamin

Por Juan F. Comperatore

La particularidad que asume el consumo de sustancias en la época contemporánea consiste en la ausencia (o inscripción vacilante) de un lazo social que lo encuadre y le otorgue sentido. Allí donde en épocas anteriores su uso era correlativo al encuentro con un otro (ya sea como desinhibidor sexual o catalizador de visiones en un ritual religioso; como facilitador de la
exploración subjetiva con fines artísticos o de autoconocimiento; o como manifestación de desencanto y rebeldía contra las normas sociales), hoy, por el contrario, asistimos a la progresiva anulación del otro. Ya no sólo se trata, como decía Freud, de obtener una cuota de alivio frente al “dolor de existir”. Imposibilitados de interrogar su lugar ya no en el mundo, en la sociedad o en la familia sino en un cuerpo que se vive como ajeno, los consumidores contemporáneos procuran mitigar o cancelar un estado de orfandad radical, un vacío que, como dice Giulia Sissa, “se ahonda a medida que lo llenamos”. Esta situación no deja de ser colindante con un discurso social marcado por el debilitamiento del poder de la palabra, el socavamiento de la autoridad, el predominio de la imagen como consecuencia del impacto de las nuevas tecnologías, junto con un desmesurado empuje al goce y la anulación de todo aquello que implique la dimensión del sufrimiento. Es en este sentido que el consumo de sustancias adquiere el estatuto de síntoma del malestar contemporáneo. Pero hubo una época en que esto no fue así.

Me refiero a una época en que, lejos de considerar a la droga como un elixir sin secuelas, el contexto de la ingesta, no obstante, era diferente. Testimonios hay de sobra. Allí están Confesiones de un opiómano inglés, de Thomas De Quincy; Los paraísos artificiales, de Charles Baudelaire; Opio, de Jean Cocteau; Viaje al país de los tarahumaras, de Antonin Artaud; Conocimiento por los abismos, de Henri Michaux; Las puertas de la percepción, de Aldous Huxley, entre otros. Se trata de libros que no sólo dan cuenta del trance vivido durante el consumo en cuestión, sino que además acometen la empresa de meditar sobre el asunto. A esa cohorte de libros en torno al fenómeno de la droga pertenece Hachís, de Walter Benjamin, que reúne textos póstumos tales como los protocolos de los efectos producidos durante el consumo de la “confitura verde” (como decía Baudelaire), un relato urdido a partir de tal experiencia y un trunco intento de teorización. Bien dice Martín Kohan en el prólogo al libro que el carácter fragmentario no es ajeno al autor del Libro de los pasajes; después de todo, Benjamin, atento lector de Kafka, no confundía lo incompleto con lo inconcluso.

A los veintisiete años, Benjamin se encandiló con las “magnificencias de luz” y las “cascadas de oro líquido” de Los paraísos artificiales de Baudelaire, pero recién ocho años más tarde, y luego de algunas vacilaciones, se atrevió a probar el hachís. Por entonces había escrito sobre el movimiento surrealista y entre sus intereses se contaba la alteración de los estados de consciencia. En verdad, le interesaba todo aquello que implicara un cuestionamiento de la racionalidad del mundo.

Se sabe que lo real del químico produce efectos, todos ellos relativamente estandarizados, lo cual no implica soslayar aquellas discrepancias debidas a las particularidades subjetivas y al contexto de la ingesta. En otras palabras, si bien los efectos de las drogas pueden presentar características comunes, su disposición última remite, invariablemente, a una historia personal previa. Allí tenemos, por tanto, a Benjamin experimentando las distintas fases de la embriaguez del hachís: la hilaridad, el desapego, la impersonalidad y la aceptación ecuánime de lo dado. Persigue, a la vez, la gestación de cadenas asociativas de palabras que repican como armónicos a lo largo del trance, sintiendo además temor ante una fruslería, desanudando de modo pasajero la neurosis o habitando las torsiones y enroques temporo-espaciales. Todo eso que es un lugar común obligado en este tipo de textos y que Michaux denominó la “vasta redistribución de la sensibilidad”.

Pero asimismo, y aquí está lo particular del asunto, florecen de forma lacónica pensamientos que parten del centelleo de la vigilia para inmiscuirse durante el trance y que proceden menos como una epifanía radiante que como una percepción pasajera: “las cosas hablan sin pedir permiso”; “el tema de nuestra atención se desvanece de repente ante el contacto con el lenguaje”. Se trata de formulaciones acicateadas por los efectos del hachís, pero que, fundamentalmente, presentan correspondencias con un cierto hálito mesiánico que, a pesar de su fervor materialista, Benjamin nunca dejó de alimentar. Una suerte de redención de lo innombrable.

Pero hay un límite que, por su naturaleza intrínseca, el texto no puede franquear. Se trata de un punto, si no insondable, al menos que se resiste a ser nombrado y es que la experiencia del trance se vive como una pura entrega simultánea, mientras que el lenguaje es secuencial. El desafío consiste, entonces, en lograr estirar la imagen de lo vivido en la línea del pensamiento.
O, para utilizar una metáfora del propio Benjamin, el desafío y el placer consisten en desovillar una madeja.

Es probable que en sus trances de hachís Benjamin acaso anduviera tanteando, como dice en El surrealismo. La última instantánea de la inteligencia europea, ese “espacio de imágenes al que sólo la iluminación profana nos introduce”. Cierto que al final de la experiencia, a la que por otro lado nunca se entregó sin una cierta reserva, lo que prevalece es el pensamiento, ese otro narcótico, y la escritura. Los que, en verdad, no dejan de ser lazos con el otro.

Hachís
Walter Benjamin
160 Páginas.
Traducción: Nicole Narbebury
Godot, Buenos Aires, 2021

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