Por Christian Kupchik

Algo por completo inesperado ocurrió el otoño de 1904 junto al Djebel Mekter, en el sur de Orán. El 21 de octubre de aquel año, la ciudad de Ain-Sefra (Fuente Amarilla), rodeada de altas montañas a casi 1200 metros de altitud, se vio superada por la crecida de los ríos Sefra y Mulen. En su furia, un limo ocre sepultó a la ciudad que vigilaba el desierto. Algunos días más tarde, el Akhbar (periódico bilingüe publicado en Argel, arabófilo y crítico de la intocable administración colonial) da cuenta de la anómala tragedia que se llevó árboles de cuajo, la mayor parte de las casas de la ribera baja (los gurbís), una buena cantidad de rebaños y veintiséis personas.


El dolor lógico que provoca toda pérdida humana se vio potenciado porque entre las víctimas figuraba Isabelle Eberhardt o, si se prefiere, Mahmoud Saadi, Nadia, Mariam, Nicolai Padolonski… El nombre, en definitiva, sólo enmascaraba la cualidad con que esa muchacha de apenas 27 años concibió la vida: la pasión. Morir sepultada por las aguas en las puertas del desierto no hizo más que responder a los hados ocultos de un destino literario, expresado tanto en las letras como en la encarnadura de sus días.


Isabelle Eberhardt nació en Les Grottes, Ginebra, el 17 de febrero de 1877. Su madre, Nathalie Eberhardt de von Moerder (hija natural de una alemana y un judío ruso), fue una aristócrata cuyo marido, el general y senador Pavel Karlovitch von Moerder, perteneció a los círculos privilegiados del zar Alejandro II. El ocaso de la pareja obligó a Nathalie a una rápida huida de Moscú a Suiza con sus tres hijos. La acompañaba alguien más: Alexander Trophimowsky, una suerte de sabio loco, erudito y políglota, nacido en Kherson, Ucrania, en 1826, quien se ocupaba de la educación de los niños en Rusia. Se lo suele pintar como un tipo
enérgico, alto, de voz grave y profundos ojos azules. El personaje de Trophimowsky podría emparentarse con alguno de Tolstoi (a quien también frecuentó como discípulo) o Dostoievski. Su pasado conoce un confuso itinerario en donde llegó a ser descripto como un sacerdote renegado de la iglesia ortodoxa, que profesaba un nihilismo extremo y cultivó la amistad del anarquista Mikhail Bakunin e incluso era buscado por el servicio de inteligencia por oscuros planes para atentar contra la vida del zar.

Isabelle, contaba con dos años cuando fue anotada como hija ilegítima, ya que Trophimowsky estaba previamente casado y no se animó a reconocerla. Pese a todo, no los abandonó. Se educó en la estricta disciplina libertaria de su preceptor (a quien llamará Vava, pero sin aceptar nunca su paternidad). Con él obtiene un saber enciclopedista: aprende griego, latín, turco, ruso, árabe, alemán e italiano, además de filosofía, literatura, geografía y nociones de química y medicina. Su casa de Meyrin es un hervidero de conspiradores rusos y turcos, además de exiliados de toda calaña. Con su hermano Augustin mantendrá una íntima
complicidad, idealizando un mundo solo entrevisto a través de la férrea disciplina moral e intelectual. En 1895, ella con 18 años y él 23, participan en alguna intriga nunca del todo definida y pergeñada por los exiliados rusos junto al samovar de su casa. Augustin debe enrolarse en la Legión Extranjera para salvar su vida. Isabelle siente el alejamiento de su hermano como una herida mortal.

El enclaustramiento, el desorden afectivo, sentimental y estético de Isabelle amenaza con explotar. El mundo exterior la atrae como un fruto salvaje. Como forma de exorcisar sus demonios, comienza a escribir. En una carta enviada desde Annada años después a un amigo, Isabelle descubre sus motivos: «Escribo porque me gusta el proceso de creación literaria. Escribo como
amo, porque probablemente ese sea mi destino. Y es mi verdadero consuel
o». Busca con desesperación pulir un estilo personal que le permita llegar a una mayor perfección en su literatura. Escribe frenéticamente, y comienza a metamorfosearse bajo seudónimos y lenguas: ruso o árabe, Nicolai Podolinsky, francés o latín. Ya había tenido suficiente.

La errancia se inicia junto a su madre, en mayo de 1897, cuando desembarcan en el extremo oriental de la ciudad de Constantina (Bône), al norte de Argelia. Pocas semanas después de su llegada, abandonan la casa que ocupaban en el barrio europeo para instalarse en los confines de un distrito árabe. Una residencia sencilla, de adobe blanqueado a la cal, con un patio interior de naranjos enanos y mosaicos multicolores. Madre e hija pasan días felices: Isabelle cambia sus vestidos europeos por una larga chilaba blanca, fuma kif y comienza a hablar árabe con una rapidez sorprendente. También profundiza sus estudios de árabe clásico y establece íntimos lazos con la historia de ese país que un día considerará suyo. Por si faltara algo, las dos mujeres se convierten al Islam. Tampoco olvida la escritura: comenzará una novela que se llamará sucesivamente A la dérive y Trimardeur (Vagabundo). En la misma época corrige la primera versión de Yasmina, una nouvelle que cuenta un amor imposible entre un oficial francés y una beduina.

Pero esa felicidad inicial sólo duró seis meses: el 28 de noviembre de 1897 Nathalie muere de un ataque al corazón. Isabelle está desesperada y en adelante, en sus horas de soledad, la imagen de su madre será una presencia reconfortante a la que llamará, en ruso, “el Espíritu Blanco”. De modo curioso, el certificado de defunción es extendido bajo el apellido falso de Nathalie Korff, y es enterrada en el cementerio musulmán. Sobre su tumba, Isabelle graba su nombre islámico: Fahtima Manoubia. De este modo, creaba también un final literario para su madre. Las tendencias depresivas de Isabelle la impulsan a una huida hacia adelante. Se traslada a Argel, donde se esfuerza por captar el alma de cosas y personas, empapándose de ellas, buscando confundirse camaleónicamente con la gente y el paisaje. Y lo hace de modo literal. Mientras bajo la luz del sol sumerge su condición femenina en el fervor religioso, por las noches se traviste y se funde en la barahúnda de los cafés de la casbah. Ebria de kif, licor o palabras, seduce a los hombres mediante su androginia. En sus diarios dejará testimonio de aquellos días: «¡Qué borracheras de amor bajo aquel sol ardiente! Mi naturaleza también era ardiente y la sangre me fluía con una rapidez febril por mis venas infladas de pasión«.

En 1900 pasa los días galopando por el desierto sobre el lomo de su fiel caballo Suf (río, en árabe). Con él recorrerá el país de arena suplantando para siempre a Isabelle Eberhardt. Podemos imaginar la sorpresa de aquellos que descubren que ese joven imberbe, alto, de aspecto hermafrodita, intensamente perfumado al gusto árabe, en realidad es una mujer europea. Y no menos, la sorpresa del espahí (1) Ehuni Slimène, con quien habrá de convivir por el resto de sus cortos días. «Slimène es el esposo ideal para mí, que estoy fatigado, cansado y harto de la soledad que me rodea«, le escribe en una carta a Augustin. Por supuesto, la unión con Slimène, sus hábitos masculinos y su congénito anticonvencionalismo provocarán escándalos tanto en la comunidad islámica como en la occidental. Sin embargo, Isabelle/Mahmud busca refugio en el Islam y en el convulsivo amor por Slimène viajando por las rutas de los oasis. En enero de 1901, durante una reunión de notables en Behima, es atacada logrando salvar de milagro su vida. Por si le faltara algo a su vida, se compromete con la lucha anticolonial, aunque a comienzos de 1904, instigada por el general reformista francés Lyautey, su eclecticismo ideológico la lleva a colaborar en la búsqueda de una “colonización pacífica” del sur oranés. Enferma de malaria, tifus y paludismo, de modo profético, escribe: “Dentro de un año, por estas fechas, ¿viviré todavía? (…) He llegado a la conclusión de que no hay que buscar la felicidad. Se la encuentra por el camino, aunque siempre en sentido contrario… La he reconocido muchas veces…” .

Su breve vida fue su mejor novela, aunque será ésta, de forma paradójica, la que alimentará su vida. “Escribir es algo precioso y espero que con el tiempo, cuando vaya adquiriendo la sincera convicción de que la vida real es hostil e inextricable, sabré resignarme a vivir esa otra vida, tan dulce y placentera”.

Lyautey dijo no saber si amar en Isabelle a la mujer de letras, al caballero intrépido o al nómade endurecido. Su Oriente no era imaginario, y sin serlo, creó con su existencia una fantástica ilusión, un paisaje virulento y sereno a la vez, un relato tan refrescante como el oasis de El Oued. No es mal sitio para detenerse a beber.

1 Aunque este vocablo proviene del persa (cipahi) para designar así a los soldados de caballería turco, se hizo
extensivo a los soldados de origen árabe del antiguo ejército francés en Argelia.

PALABRAS DE ARENA

(DIARIOS Y CARTAS)

Cagliari, 1 de enero de 1900

Estoy solo, sentado frente a la inmensidad gris del mar rumoroso… Estoy solo, solo como siempre lo he estado en todas partes, como lo estaré siempre en el gran universo, maravilloso y decepcionante… Solo, y tras de mí hay un mundo de esperanzas defraudadas, ilusiones muertas y recuerdos cada día más lejanos, ya casi irreales.
Estoy solo y sueño…
Y a pesar de la tristeza profunda que invade mi corazón, mi ensoñación no es en absoluto desolada ni desesperada. Después de los últimos seis meses tan atormentados, tan incoherentes, siento que mi corazón se ha templado y a partir de ahora será invencible, inconmovible incluso en las peores tempestades, en la destrucción y el duelo. Por la experiencia profunda y sutil de la vida y de los corazones humanos que he adquirido (¡al precio de qué sufrimiento, Dios mío!), preveo el extraño y triste encantamiento que supondrán para mí estos dos meses aquí, adónde he venido a parar por azar, en gran medida por mi prodigiosa despreocupación de todo, de todo, salvo este mundo de pensamientos, sensaciones y sueños que representa mi yo real y que está herméticamente cerrado a los ojos de todos, sin ninguna excepción.
De cara a la galería, adopto la máscara ficticia del cínico, del licencioso y del indiferente… Hasta hoy, nadie ha sabido penetrar esa máscara y percibir mi verdadera alma, este alma sensitiva y pura que planea tan alto, por encima de las bajezas y de los envilecimientos adonde me gusta arrastrar mi ser físico, por desprecio de las convenciones y también por un extraño deseo de sufrir…
(…) Seguiré siendo pues, obstinadamente, el borracho, el depravado y alborotador que este verano emborrachaba su cabeza loca y perdida en la inmensidad embriagadora del desierto, y este otoño a través de los olivares de El Sahel tunecino.
¿Quién me devolverá las noches silenciosas, las cabalgatas ociosas por las llanuras saladas de Oued Righ´ y las arenas blancas del Oued Suf? ¿Quién me devolverá la sensación triste y feliz que invadía mi corazón abandonado en mis caóticos campamentos, entre mis amigos fortuitos, espahís o nómadas, ninguno de los cuáles sospechaba de esta personalidad odiada y renegada con que la suerte para mi desgracia me ha disfrazado?

Mahmoud Essadi

Ginebra, 15 de junio 1900


Jamás me atraerá la serenidad de la meta alcanzada. En lo que a mí respecta, los seres verdaderamente superiores son aquellos que sufren del mal sublime que implica la perpetua creación de una versión mejorada de su propio yo.
Odio a aquel que está satisfecho de sí mismo y de su suerte, de su espíritu y de su corazón. Odio la estúpida jactancia del burgués sordo, mudo y ciego, que no volverá sobre sus pasos…
Hay que aprender a pensar. Es largo y doloroso, pero sin eso, nada se puede esperar de la felicidad individual, de esa felicidad que, para tales seres, solo puede provenir de la existencia de un mundo especial, de un mundo cerrado, que debería hacernos vivir y sernos suficiente (…)

El Oued, 14 de diciembre 1900, 2 de la tarde. Viernes

Hace cada vez más frío. Ayer, al anochecer, reinaba una espesa neblina que me recordó los brumosos días de la tierra de exilio. Aquí el invierno será duro, sin fuego y sin dinero… Y sin embargo, no tengo ningunas ganas de dejar este extraño país… El otro día, sentada con Abd-el-Qader en el patio de la zaouia de Elakbab, contemplaba con sorpresa el extraño decorado: cabezas singulares, semiveladas de gris, de chaambas morenos, rostros casi negros, enérgicos hasta lo salvaje, de Troud del Sur… Todo eso en el deteriorado patio, rodeando al enorme jeque pelirrojo de dulces ojos azules…
¡Qué destino singular el mío! Si añoro algo, son mis sueños de trabajo literario…
¿Se verán realizados alguna vez?

9 de febrero 1901

Siendo el mal un desorden en el funcionamiento de las leyes de Dios, fatalmente no puede seguir una vía regular hasta su consecución. He ahí por qué en todo cálculo malhechor hay una multitud de redes rasgadas y de trampas. Por su misma esencia, el mal sólo puede acabar mal para quien es su instrumento. Esta idea se me ha ocurrido esta tarde, después de la hora extraordinaria, hora indefinible del mogreb, cuando he sentido surgir en mí todo un mundo de sensaciones nuevas, un processus, un encaminarme hacia un objetivo que ignoro, que no me atrevo a adivinar.
(…) Me parece que estoy destinado a desaparecer sin haber tenido conciencia del misterio profundo que rodea mi vida, desde sus curiosos comienzos hasta este día. “Locura”, dirán los incrédulos, amantes de las soluciones trilladas, a los que el misterio impacienta.
(…) Si el carácter extraño de mi vida fuese el resultado del esnobismo o de una pose, se podría decir: “Ella se lo ha buscado…” ¡Pero no! Nunca nadie vivió más el día y el azar que yo, y han sido los propios acontecimientos con su inexorable infalibilidad los que me condujeron a donde estoy y no yo quien los ha creado. Quizás, todo lo extraño de mi naturaleza se resuma en este rasgo característico: buscar, cueste lo que cueste, acontecimientos nuevos, huir de la inacción y la inmovilidad.

Argel, 4 de mayo 1902, hacia las diez de la noche

Hoy he ido a ver un brujo que vivía en una minúscula tienda al final de una rúa empinada, subiendo por las oscuras escaleras de la calle del Diablo. He constatado la realidad de esa incomprensible y misteriosa ciencia, la Magia…
Decididamente, Argel es una de las ciudades que me inspiran, sobre todo algunos de sus barrios. (…) ¿Cómo pueden decir los imbéciles que hormiguean en “sociedad” y en los círculos literarios que no queda nada árabe en Argel? Yo, que he visto bastantes ciudades, tengo aquí impresiones del más puro Oriente… Una muy agradable es la del Magreb, sobre el puerto y las terrazas de la ciudad alta, con las argelinas risueñas, todo un mundo retozando en rosa o verde sobre el blanco levemente azulado de las terrazas irregulares y asimétricas…
Pese a la turba que se ha introducido aquí, con la “civilización” prostituida y prostituyente, Argel es un lugar precioso y acogedor. (…) Cuanto más estudio, de prisa y mal, la historia de África del Norte, más se confirma mi idea: la tierra africana devora y reabsorbe todo lo que es hostil. ¡Quizá sea la Tierra Predestinada que irradiará un día la luz regeneradora del mundo!

Bou-Saada, 31 de enero, sábado, 1 de la tarde

Los almendros que se elevan sobre los jardines aún no han florecido. La leyenda de los peregrinos de El Hamel me hace soñar. Es una de las más bíblicas de Argelia.
Desde hace un año estoy en esta bendita tierra africana que no quisiera dejar nunca más. Pese a mi pobreza, he podido viajar, ver regiones ignoradas de mi tierra adoptiva. Mi Ouidah vive y somos material y relativamente felices…
Este diario, comenzado hace ya un año y medio en la aborrecida Marsella, acaba hoy, un día gris, transparente, dulce y reflexivo, en Bou-Saada, otro rincón de este Sur que tanto añoré cuando estaba lejos… En estas páginas, escritas al azar, en las horas en que he sentido la necesidad de formular en palabras… sólo exhibe un débil reflejo de lo que me ha ocurrido en estos dieciocho meses… A un lector extraño es probable que estas páginas quizás le resulten incomprensibles. Para mí, son como un culto al pasado (…) En Bou- Saada reina un gran silencio, el silencio del Sur. En esta ciudad, todavía tan alejada del absurdo movimiento del Tell, se siente el peso característico del Sur.
Voy a comenzar un nuevo diario. ¿Qué tendré que escribir y dónde estaré el lejano día en que, como hoy, acabe ese volumen tan blanco, en esta hora del confuso libro de mi confusa existencia? (2)

Traducción: C. K.

2 En realidad no hubo otro diario, o si lo hubo, no llegó hasta nosotros. No obstante, existen pruebas
contundentes de que Isabelle nunca dejó de escribir. Poco después de su “retorno al Sur” se abre una nueva
etapa en su vida, la última, que volverá a enfrentarla a un clima agresivo y turbulento. Ello no impide que
produzca artículos para el periódico Ahkbar y una serie de notas que tendrán como título genérico
Impresiones del Sur Oranés, además de cuentos y fragmentos de novelas.

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here