A veces, una imagen casual, sumergida en el tiempo y replegada en el olvido, llega de improviso para imponer una verdad encriptada. Puede no existir una relación directa entre aquella imagen y esa verdad, pero lo cierto es que ambas se alimentan para sembrar una duda ante lo que nos rodea. Otro descubrimiento en la serie de los «Viajes Breves, Largas Travesías».

Por Jorge Consiglio

Hay verdades blindadas. Son pocas, pero existen. Johnny Weissmüller es el actor que mejor interpretó a Tarzán, por ejemplo. Esta cuestión, que no es estadística ni predicable desde el conocimiento, constituye una de las formas en que la tradición —o la doxa, quizás sea mejor decir la doxa— expresa lo auténtico. Es un concepto, valga la paradoja, complejo en su simplicidad. Lo incontestable, en este caso, no se funda en una demostración, sino que es previo a ella. Y, como es de esperar, en una noción con semejante fuerza, irradia su cultura, su manera de entender el mundo y por lo tanto de habitarlo. Inaugura, por llamarlo de alguna manera, un milagro amoroso que ocurre en el día a día y que termina por instalar lo que la escritora Giovanna Rivero llama “pequeñas perpetuidades”. Por lo general, las verdades blindadas son fieles —igual que los mitos— a la tradición oral. Consolidan su verosímil a través del código gestual que acompaña a la comunicación verbal a través de sonidos. De hecho, fue así que llegó hasta mí la oración que lleva a Johnny Weissmüller como sujeto.

A los doce años, los sábados a la mañana disfrutaba de una libertad distinta a la del resto de los días. Por lo general, me despertaba temprano y me demoraba en la cama. Ojeaba —actividad que disfrutaba más que la lectura— revistas de divulgación científica. En aquel momento, estaba entusiasmado con los anillos planetarios, la materia estelar y las causas de la explosión cámbrica. El cielo se me planteaba como un desafío incesante: levantaba la cabeza y estaba ahí, interrogante, con su claridad engañosa. Después salía a la calle a dar una vuelta. Disfrutaba del aire transparente del invierno. La alegría de aquella época —y, en general, de toda mi adolescencia— tenía consistencia material, era una oleada que se movía por un circuito paralelo al de la sangre. A veces, salía a caminar con mi viejo. Dábamos una vuelta larga hasta que terminábamos, como si no estuviera en nuestros planes, en la estación Villa del Parque del San Martín. Entonces, sin decir una palabra, él compraba dos boletos a Retiro ida y vuelta y nos sentábamos en un banco de madera a esperar.

Una vez —era julio, estoy seguro de que era julio— nos subimos al tren a eso de las 10.30 de la mañana. Mantuvimos un riguroso silencio durante un par de estaciones. Yo, que iba del lado de la ventanilla, miraba el paisaje; mi viejo se distraía con los pasajeros. Cuando llegamos a Palermo nos detuvimos en la estación Pacífico. Entre el gentío, distinguí a un tipo parado en e medio del andén. Le colgaba del hombro un bolsito de cuerina gastada y calzaba botas altas de goma. Dio tres pasos largos para subir al vagón. En el lugar que acababa de estar, dejó un charquito de agua límpida y temblorosa que, por un instante, reflejó la luz y también, estoy casi seguro, la única nube, un cúmulo compacto y blanquísimo, de aquel efusivo cielo de invierno.

Después, el tren empezó a moverse: un traqueteo remiso pero constante. Enseguida, cruzamos Santa Fe por el puente de acero. Abajo pasaban miles de autos y colectivos con una resolución fundada —el pormenor era claro— en una indiferencia radical hacia la magnífica construcción. Frente a semejante apatía, mi imaginación fue terminante: cuánto mejor sería ver desde aquel puente un río caudaloso en lugar de ese paisaje teñido de hollín. Tal como lo pensé, se lo dije a mi viejo. Como era de esperar, mi comentario dio pie a una charla que, como nos solía pasar, siguió un rumbo caprichoso. Hay que perderse para llegar a ciertos lugares, le gusta decir a Orloff. Y algo de eso ocurrió en aquella charla. De los ríos a las selvas, de las selvas a los beduinos —asombrosa, la información que tenía mi viejo sobre aquella cultura— y de los beduinos, en este caso dimos una vuelta completa, llegamos a Tarzán. Irremediablemente, las referencias fueron la historieta y el cine, fundamentalmente el cine. En aquel momento, mi viejo se aclaró la garganta con una tosecita breve —siempre lo hacía para agregar solemnidad a lo que decía— y, muy pausadamente, dijo que el mejor Tarzán de todos los tiempos era Johnny Weissmüller. Acto seguido, se puso a enumerar las proezas del actor como deportista: cinco medallas olímpicas de oro y una de bronce, cincuenta campeonatos nacionales estadounidenses ganados y no sé cuántos récords mundiales. La diferencia de Weissmüller con el resto de los actores, aclaró mi viejo, era que él mismo encarnaba a Tarzán. La condición de nadador olímpico de Weissmüller componía el núcleo de su alegato. Este atributo, más prodigioso que deportivo, distinguió al actor a punto tal que, en la tercera película en la que protagonizó al hombre mono, intentó meter en el set un cocodrilo vivo para enfrentarlo cuerpo a cuerpo. Richard Thorpe, director del film, se negó a su pedido y el asunto se zanjó en una feroz pelea que quedó registrada en una de las delirantes crónicas de Hedda Hopper.

Hablando de estas cosas insólitas, llegamos a Retiro. El hangar de chapa de la estación me sobrecogió y, como siempre me pasaba en ese entonces, lo relacioné con lo aéreo. Bajamos del tren, cruzamos a plaza Britania, miramos la torre de los Ingleses y caminamos un rato.

El tren de regreso entró enseguida al andén. Otra vez ocupé la ventanilla y mi viejo el pasillo. Aquella travesía se resumió en dos imágenes. Una fue la cara de un policía: frente cuadrada, bigote simétrico, ojos fríos de pescado. La otra, el fondo de una casa que estaba entre Chacarita y Paternal: un pedazo de tierra en el que se amontonaban vajilla vieja y desechos. Había una pila de ollas abolladas, cubos mohosos, cocinas con tableros rotos y tubos de estufas agujereados. Cerca de una pared, distinguí un lavatorio de losa desfondado del que salía una planta con flores amarillas. Cuando llegamos a Villa del Parque, mi viejo contaba algo de la carpintería de mi abuelo, pero yo lo escuchaba a medias. Mi cabeza seguía puesta en Johnny Weissmüller y en su forma extraordinaria de mezclar realidad con fantasía. No podía salir de mi asombro. Segundo a segundo, su figura crecía y se acentuaba. De hecho, estoy seguro de que algunas decisiones que tomé en mi vida se relacionaron, sin que yo haya sido del todo consciente, con aquella semblanza, o, mejor, con lo que yo interpreté de aquella semblanza. De a poco, la leyenda de Tarzán encarnado se acomodó a mi cerebro —incrustada como un cuerpo extraño—, y en virtud de la inherente distorsión a la que tiende mi juicio, terminó por componer algo así como una fenomenología. La terminé usando como una lupa. O, para ser más preciso, como un dispositivo que me permitiera dar cuenta de todo. Por supuesto que, al comienzo, no advertí este proceder automático al que solía echar mano, pero con el tiempo se me fue revelando, y, cuando lo tuve en claro, no me resultó para nada novedoso, más bien todo lo contrario: lo acepté con la misma naturalidad con la que asumí el hecho de llevar en medio de la cara una nariz irregular, un tanto ancha, doblada apenas hacia la izquierda.

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