Por Jorge Consiglio

Hace muchos años, mi hija trabajó ocho meses en un hotel de San Telmo. Se desempeñaba como camarera y ayudante de cocina. Sus empleadores, como es de esperar, encarnaban el Mal. Uno de ellos, joven y arrogante, se autoproclamaba emprendedor. El otro era viejo y débil. Usaba perfumes con notas de lavanda y gardenia. Hablaba y movía las manos como un ilusionista. Entre los dos habían pergeñado un sistema de delación entre sus empleados. Se jactaban de que era igual de efectivo que una guillotina. Hay cosas que empiezan por capricho o por temor y parecen no terminar jamás. Sistemas infinitos.
Tramas en las que cada eslabón aporta bajeza y desdicha. Eso sucedía en ese maldito hotel. Mi hija entraba a las 7.30. Tomaba el 130 en plena madrugada. Nuestro perro y yo la acompañábamos hasta la parada. Caminábamos por Rodríguez Peña como si estuviéramos en una película de Rohmer.

En la parada, siempre había tres personas. Una de ellas era una mujer de rasgos orientales. Iba abrigada: gorro de lana merino, mitones. En la cara redonda brillaban sus ojos de caimán. No era alta, pero su actitud, erguida, como empinada, le agregaba, por lo menos, tres centímetros. La primera vez que la vi, leía un plano de subtes de Buenos Aires. Estaba tan concentrada, que el acto —tan natural o, mejor, tan naturalizado— se impregnaba de intimidad. Estudiaba el mapa de las redes con la misma intensidad con la que un fanático religioso lee la Biblia. Observarla daba cierto pudor. La imaginé recién llegada de Yokohama. Supuse que los nombres que veía en el papel no le decían nada en absoluto. Estar en una ciudad en la que no se conoce la lengua ni su grafía: eso es estar perdido. Sin embargo, ella tenía la certeza del hábito. Todas las mañanas, firme, en la parada del 130.

El proceso fue misterioso, no puedo decir mucho sobre la evolución de mis emociones. Lo cierto es que una vez, de regreso a casa, con mi perro olfateando las baldosas, entendí que la realidad se había vuelto blanca y justificada. Fue un segundo de parálisis, como dice Battilana, cuando la parálisis tiene el hábito de la vitalidad. A partir de ese momento, me propuse acercarme a esa mujer. Hacerme visible para ella. Cada mañana, cuando acompañaba a mi hija, trataba de que nuestras miradas se cruzaran. La japonesa se balanceaba en el aire transparente, pero no me registraba. Entendí que para ella mi presencia era parte del paisaje: una cara vacía, un detalle insignificante, ni siquiera olvidable, porque eso hubiera significado algún tipo de actividad de su memoria.

Me desesperé, debo reconocerlo. Mientras esperábamos el colectivo, yo la miraba de soslayo. Una bufanda gris le apretaba el cuello, y lo volvía secreto y espigado. La luz del alumbrado público, que caía a plomo sobre sus facciones, despertaba un extraordinario juego de sombras. Su cara o, mejor, el rictus de su cara obedecía a una tradición de otro siglo. Era una actriz de teatro Kabuki. La imaginé con ingenio para la felicidad; diestra para desertar del placer tipificado. Una vez —un martes, un martes de garúa finísima—mi hija le cedió el paso —dobló la mano en un ademán adorable— y ella agradeció con una única palabra. Fue un vocablo breve, una sílaba. Su voz resonó un instante en el auditorio abierto de la avenida. Acto seguido, mi perro y yo —estatuas de sal— vimos al 130 detenido sobre el asfalto húmedo. La imagen tuvo un vigor directo, casi violento. Sus secuelas duran hasta hoy.

Volví a casa agitado, sin saber qué hacer. Sequé al perro con una toalla robada de un hotel cordobés. Después, me descalcé. Prendí la computadora. Los sentimientos se relacionan directamente con la imaginación. Por eso, creo, seguí con un relato en el que venía trabajando. Era una versión de un cuento de Salinger. Un soldado árabe, en la víspera de una batalla, se separaba de su compañía para cumplir una misión. Debía caminar varias cuadras por una ciudad a la que había llegado hacía una hora. En un cruce de calles, le entregaría un sobre a un desconocido. Solo tenía una vaga referencia física de él. El soldado había sido seleccionado entre veinte para esta tarea. Lo distinguía su enorme compromiso. Ahora, en medio de la extraña urbe, en cada persona que se cruzaba veía un sospechoso. Las calles estaban polvorientas; en el aire pesaba el olor de las carabinas. De pronto, se topaba con un gran edificio clásico, una especie de ministerio con una docena de ventanas simétricas. De una de ellas, salía una música extraña. El soldado sabía que cualquier distracción podría acarrear complicaciones; sin embargo, la belleza de la melodía lo condicionaba. Se detenía. Dudaba unos instantes. Después, con mucha cautela abría uno de los postigos de madera. Al principio, cegado por la luz del día, no alcanzaba a distinguir la escena, pero enseguida la vista se le iba acostumbrando. Era un coro. Ensayaban. La música le provocaba una nostalgia rara por algo que nunca había vivido. Se conmovía. En ese momento, la directora del coro —tenía en su mano una batuta como la que usaba Arturo Toscanini— giraba la cabeza para mirarlo. Lo enfocaba y, cuando lo tenía en la mira, sonreía. Era un ademán insípido, sin embargo lo reconciliaba con una confianza que él creía perdida hacía años. Era, yo lo sé bien, la japonesa de Yokohama. Por eso no me costó describirla. Me detuve en el canto de su nariz, una comba delicada que parecía contener toda la fuerza del mundo. Mi perro, que parece entenderlo todo, se quedó al lado mío cuando empecé a escribir. Después, cuando notó que avanzaba con confianza, se paró
y fue hasta la cocina. Al rato, escuché el ruido que hace cuando mastica con las muelas su alimento balanceado.

6 Comentarios

  1. Debo aclarar que es el primer texto de Consiglio que leo. Muy buena prosa. Me quedé impactada por el cuento, como el protagonista por la mujer de la parada del 130. La buena literatura es así. De golpe abre un abismo en la trama de lo cotidiano. Frases brillantes condensadas y llena de historias apenas aludidas. Voy por más.

  2. Me pareció una descripción donde se amalgamó la curiosidad sobre una persona que se ve diariamente con la ansiedad de que nos registre y a su vez,las elucubraciones que podemos hacer sobre ella que ejerce sobre nosotros un magnetismo que combina misterio y deseo.
    Excrlente!!

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