Entrevista imaginaria

Instigado por la lingüista y académica Lisa Block de Behar, Mario Levrero, quien se encontraba en Buenos Aires trabajando para “Ediciones de Mente” (creada en 1980 por su amigo Jaime Poniachik, quien la lideraba junto a Daniel Samoilovich) aceptó uno de los mayores desafíos de su carrera literaria: hacerse una entrevista a sí mismo Poco entusiasta del género, Levrero respondió al convite con la seriedad con que asumía casi todo. El resultado, una muestra manifiesta de su genialidad, fue publicada originalmente en una separata de la Revista Iberoamericana (Nro. 160-161), correspondiente al período Julio-Diciembre de 1992.

—¿Pero en este tiempo de vida bonaerense no has sentido necesidad de escribir? 
—No en los comienzos, pero sí últimamente. Y cada vez con mayor fuerza. Por otra parte, tengo ganas de contar muchas cosas vividas; sin embargo, no sólo no puedo contarlas, sino que ni siquiera puedo pensarlas; vivo las cosas muy superficialmente, sin tiempo para asimilarlas, asentarlas. Por eso casi he perdido la medida del tiempo. El primer año pasado en Buenos Aires (y por ende, en mi trabajo de oficina) me pareció no contener más que una o dos semanas. Era como un tiempo sin sustancia, de mala calidad. Ahora hay algo de eso, pero de algún modo misterioso me las he arreglado para sentir que el tiempo tiene más consistencia. Este último año ha sido bastante parecido a un año. De cualquier manera, al estar en cierto modo divorciado de mi «inconsciente», toda experiencia, aun la de apariencia más compleja y atractiva, la siento incompleta, como que me estoy perdiendo algo esencial. Hubo una serie de experiencias notables, a las que por suerte pude rescatar, «darles consistencia», escribiendo o bien breves pasajes, tipo diario íntimo, o bien cartas a algunas amistades. Pero es todo muy fragmentario y muy «actual»; me está faltando la literatura. 
—¿Podríamos decir que es algo así como que «lo que no escribís, no lo vivís»?  – — —Algo así; tal vez no tan extremo, pero algo así. Por lo menos, «lo que no pienso no lo vivo». Pero me consuelo pensando que podré pensarlo después, rescatarlo. 
—¿Cómo situarías tu literatura en el panorama de la literatura uruguaya contempo…? 

—Oh, oh. Tú también, Bruto.  —Perdón. Sólo quería sacarte un momento de tu monólogo narcisista. 
—¿Por qué?
—Bueno, yo… es decir… 
—Vos querés sacarme de mi punto de vista personal y situarme en un punto de vista, digamos, académico. Me extraña que caigas en el mismo error de otros reporteros; pensé que me conocías mejor.
—En realidad te estaba provocando, para que confesaras nuevamente la endeblez de tu formación cultural. 
—Eso no me molesta. Lo confieso. Podría confesar además la endeblez de mi formación en una cantidad enorme de materias. Pero es cierto: mi desconocimiento de la literatura es, o debería ser, vergonzoso. Creo que se debe a la falta de disciplina; soy, tal vez, demasiado hedonista, y tiendo a leer a los que escriben y no a los que escriben sobre los que escriben. Aborrezco los catálogos, las enumeraciones, los análisis, las interpretaciones; por otra parte, siento que el punto de vista crítico me aleja de la obra de arte, en lugar de acercarme; que me obliga a leer un libro con un ojo solo, por así decirlo. 
—¿Y con el otro?
 —Con el otro voy leyendo entre líneas: aquí, donde dice lo que dice, el autor en realidad quiere decir… Eso me impide caer en trance. Me impide recibir el alma del autor, para usar el lenguaje de Baudouin. Es más: creo que ésa es la verdadera función de la crítica: impedir que la locura contenida en una obra se contagie como una peste a toda la sociedad. Es una función represora, de tipo policial, y no quiero decir que eso esté mal; creo que es necesaria. Pero personalmente me fastidia, porque da la casualidad de que me están reprimiendo a mí, o por lo menos a lo que yo escribo. Están acotando, poniendo barreras entre el lector y el autor. Esto, desde luego, termina por favorecer incluso a la literatura, le permite crecer, buscar nuevas formas de decir lo suyo —del mismo modo que la función policial permite que evolucionen las formas del crimen.
—Hay otras formas de terminar con la literatura…  —Sí. El negocio editorial. Pero no me preocupa. No me preocupa el libro en sí, ni la literatura en sí. Me preocupa la comunicación, pero como es una necesidad vital estoy seguro de que siempre encontrará la forma de manifestarse. 
—Es que, en esencia, no sos un literato. 
—No. No cultivo las letras, sino las imágenes; y las imágenes están muy próximas a la materia prima, que son las vivencias. Pero hemos vuelto al «monólogo narcisista», aunque para mi gusto no es tal, sino más bien un «monólogo introvertido», que no es lo mismo. Cuando me meto dentro de mí mismo, lo que encuentro allí es también el mundo exterior, sólo que trasmutado en un «lenguaje» que me permite percibirlo mejor. 
—Te propongo volver al tema de la literatura uruguaya, desde este nuevo ángulo: ¿has leído algo, últimamente, de autores uruguayos? 
—Estuve leyendo a Onetti y a Leo Maslíah. Los extremos, podríamos decir. Bueno, Onetti siempre me exige un gran esfuerzo. Es uno de los autores que justamente no tienen «encanto», no te hipnotizan o no te permiten caer en trance; Onetti lleva a su propio crítico incorporado, sabe crear una distancia casi insalvable para el lector; te obliga a leerlo con un solo ojo.
 —Me extraña entonces que lo leas.
 —Hay una razón: por algún motivo, cuando de tanto en tanto caigo en una «crisis literaria», tengo algún sueño en el cual aparece «El Escritor», una figura imponente, una especie de maestro, grande y oscuro, al cual me acerco; no nos hablamos, él simplemente está allí, en una actitud de contemplación o ensimismamiento, y yo me mantengo a una respetuosa distancia, lo observo. No sucede más nada, pero esos sueños tienen una carga tremenda y sé que en ellos resuelvo algo que me permite seguir andando. Bien, en el sueño no se dice de modo explícito, pero al despertar sé que ese hombre es Onetti. Y hay otra razón: por más que habitualmente sea haragán para leer, no lo soy siempre. A veces tengo ganas de leer con esfuerzo, o atención. Y con Onetti vale la pena. 
—¿Y Maslíah? 
—Me represento a Leo como un violinista tocando en un violín con una sola cuerda. Me maravilla todo lo que puede hacer con una sola cuerda. Por otra parte, también me obliga a un esfuerzo, y voy leyendo y pensando que me gustaría que acá hiciera esto y más allá esto otro, pero supongo que eso es una especie de deformación profesional mía. Al mismo tiempo me divierte muchísimo, me entretiene tanto como una novela policial, o más. Algo parecido me pasa con Beckett. No sé; creo que Leo está tratando de reventar la literatura, y que eso es sano, que forma parte de un proceso renovador; pero después pienso que esa aceptación mía no es tan natural y espontánea, que me duele que reviente la literatura y que estoy demasiado viejo para sentirlo de otra manera. 
—¿Y qué otra cosa has leído en los últimos tiempos? 
—Novelas policiales. Toneladas de novelas policiales. Y bastante Henry Miller, aunque salteando muchas páginas; a veces sólo puedo rescatar un capítulo genial de todo un libro; a veces son fragmentos de capítulos sueltos. De todo lo que he leído de Miller, creo que sólo Trópico de Cáncer tiene el equilibrio perfecto. Claro que ya es mucho. 
—¿Por qué las novelas policiales? 
—Es lo que me resulta más eficaz como escape de la realidad. Y antes de que me preguntes por qué deseo escapar de la realidad, te recuerdo que estoy viviendo un tiempo de autosecuestro: me estoy obligando a trabajar para ganarme la vida, porque hace ya bastante tiempo que las condiciones de nuestro país no permiten la subsistencia marginal que, en su momento, me permitió escribir. 
—¿Tus autores policiales favoritos? 
—Chandler, a quien releo bastante seguido, lo mismo que a Simenon; Himes, Rex Stout, Anthony Gilbert, Dickson Carr… y una larga lista, tanto en el género clásico inglés como en la novela negra. 
—¿No te decepcionan las novelas policiales? 
—Una a una, sí; prácticamente todas. Pero, curiosamente, como género no. La decepción suele darse al final (si se da al principio, no sigo leyendo), cuando uno descubre que toda su atención fue captada y sostenida, a menudo en forma magistral, durante algunas horas, para quedarse con las manos vacías. Exactamente igual que con los crucigramas o los problemitas lógicos. Sin embargo, esa decepción debe encubrir sentimientos de culpa o algo así, porque en el transcurso de las novelas uno recibe muchas cosas disfrutables. El problema insoluble de la novela policial es que debe ser necesariamente una novela «cerrada»; los enigmas planteados deben quedar perfectamente resueltos, porque si no la novela fracasa y produce ira, o un sentimiento de estafa, o ambas cosas. Y una novela «cerrada» deja una sensación de vacío, porque no tiene la menor capacidad de movilizar al lector. Te angustia, y te saca la angustia que te creó; no te deja una angustia libre que puedas aprovechar para modificar tu vida como sucede con la verdadera literatura. 
—¿La novela policial ha influido en tu literatura?
— Para algunos críticos, sí. Yo también supongo que sí. Suelen citarse fuentes más o menos innobles de mi literatura, la novela policial entre ellas. También se ha citado la pornografía, aunque es un error: detesto la pornografía. Otro error es buscar fuentes exclusivamente literarias para la literatura, como si un fabricante de quesos tuviera que alimentarse exclusivamente de quesos. Antes de escribir traté de hacer cine, hasta que me di cuenta de que en el Uruguay era imposible. Terminé escribiendo porque era mucho más barato, y porque me faltó disciplina para aprender música o pintura, o para ser médico o psicólogo. Y después que uno encuentra un modo de expresión, se le hace fácil y cuesta salirse de él, pero no quisiera descartar del todo la posibilidad de empezar de vuelta, con otro medio de expresión. Tampoco quisiera descartar del todo la posibilidad de no hacer nada. Pero me llama la atención esa miopía generalizada, ese afán de construir un mundo coherente pero falso, donde todos los escritores están como pinchados con alfileres en un mapa, en una red de parentescos e influencias. Creo que el cine, la música, los amigos, las mujeres, las hormigas, el mar, y etcétera, me han influido tanto o más que los libros. 
—A propósito de pornografía y de mujeres: independientemente de opiniones ajenas, coincidirás conmigo que en tu literatura hay una fuerte carga sexual, a menudo expresada de un modo bastante directo, por no decir bruto. ¿No hay una contradicción entre este hecho y tu declaración, al principio de la entrevista, acerca de la «experiencia espiritual» que debería transmitir la literatura? 
—En absoluto. La contradicción está en ciertos dogmas religiosos, que quieren separar, aislar, el espíritu. Yo creo que la experiencia erótica es esencialmente espiritual, y que por ese mismo motivo es algo prohibido. Es más: la actual «liberación sexual» no hace más que acentuar la contradicción del dogma y acentuar la prohibición de lo espiritual. 
—¿No es exactamente al revés? 
—No. Estamos en un momento de un extremo imperio del materialismo. Se permite el sexo en tanto se mantenga estrictamente en los límites del materialismo. El erotismo, o sea la comunicación, sigue prohibido. Por eso florece la pornografía, y el arte erótico sigue marginado. También el ocio se hace cada día menos posible y más sospechoso. Todo esto augura un próximo florecimiento espiritual; no hay, como decía Lao-Tse, más que llegar a lo más alto para empezar a caer. Y ya que citamos, dejáme recordar aquellos versos de Ezra Pound que fueron el lema de la efímera revista Opium: «Cantemos al amor y al ocio / que nada más merece ser habido». Volviendo a tu pregunta, no creo, por otra parte, que las referencias sexuales en mi literatura sean más directas o más brutas que el resto de las referencias; probablemente se noten más; pero te habrás dado cuenta de que no soy un estilista ni, en general, ando dando rodeos para decir las cosas. 
—¿Qué opinás de la literatura comprometida? 
—Como subgénero, no me atrae. Prefiero la novela policial. 
—¿Porque la literatura comprometida te enfrenta justamente con esa realidad de la cual querés escapar? 
—No. Yo sólo quiero escapar de la realidad de mí mismo —en ciertas circunstancias, cuando no tengo oportunidad de trabajar con ella. No, lo que no me atrae de la literatura «comprometida» es que, por lo general, hay más «compromiso» que literatura. Participa de un mecanismo similar al de los best-sellers: se escriben libros para que los compre determinado público, y no con intención de establecer esa comunicación que define al Arte.
—¿Esta opinión no te sitúa políticamente a la derecha?
 —Hay gente de izquierda que me ha dicho que conmigo no se puede hablar porque soy «demasiado rebelde». En realidad, mi posición política es variable; suele situarse habitualmente en el polo opuesto de la de mi interlocutor cualquiera sea su posición.
Lo cierto es que no entiendo nada de política, y que cada vez entiendo menos. Y no sólo de política; cada vez entiendo menos, en general. No conozco ninguna verdad; creo que el mundo debería estarme agradecido por haber abandonado hace muchísimos años toda pretensión de mejorarlo. No conozco las ideas fijas. Uno de mis grandes placeres es reconocer mis errores. No confío en las ideas; son como una jaula. Pero volviendo a la literatura «comprometida»: hay excepciones, desde luego. Hay obras maestras «comprometidas», por lo general escritas por hombres realmente comprometidos y no por comerciantes o trepadores.
—En más de una entrevista que te han hecho, has defendido la posición de que tu literatura es «realista». ¿Es parte del juego ese, de situarte en el polo opuesto al de tu interlocutor?
—Claro. Me sitúo en el «realismo» cuando intentan ubicarme en la ciencia-ficción o en la fantasía.
—¿Dónde te ubicarías vos, entonces? 
—¿Por qué me querés encasillar? 
—¿Cómo explicarías, sin recurrir a encasillamientos, cómo es tu obra, al lector de esta entrevista que no conozca tu obra? 
—Creo que esta entrevista forma parte de eso que llamás mi «obra». Si se lee bien, aquí estoy yo, entero. 
—¿Te gustan tus libros? ¿Cuál es tu autovaloración como escritor?
—Me gustan algunos de mis libros, a veces parte de mis libros, y a veces me gustan más y a veces menos. No me leo muy a menudo, y mientras no me estoy leyendo tiendo a valorarme muy bajo. Cuando leo a otros autores, quiero decir buenos autores, tiendo a valorarme todavía más bajo. Sin embargo, a veces agarro algo mío y me atrapa, me emociona, me asombra. Me parece mentira que eso haya pasado por mí, a través mío. Es que, fuera de los períodos de inspiración, soy totalmente incapaz de escribir, y en los períodos de inspiración no soy exactamente yo mismo. Cuando leo algo mío, salvo algunas cosas que me resultan sistemáticamente aborrecibles, me parece estar leyendo algo ajeno, y al tomar consciencia de que es «mío» (quiero decir: que pasó por mí), suelo quedar maravillado. Pero, incluso maravillado, no me engaño. Sé que mi literatura es un arte menor. Pero también sé que es un arte. La valoro como algo auténtico. Hablando de estas cosas, un sacerdote amigo me dijo una vez: «Lo importante no es que tu copa sea más grande que las copas de otros, sino que tu copa esté llena». Hay constructores de catedrales, que admiro y reverencio, pero por mi parte cultivo un pequeño jardín o, si preferís, algunas plantas en macetas. Bueno, también en las plantas que crecen en macetas hay motivos para maravillarse. 
—¿Volverás a escribir? 
—Si depende de mí, seguramente. Por ahora no depende de mí. 
—¿Qué consejo darías a los escritores jóvenes? 
—Mirá… (En este punto, Levrero interrumpe violentamente la entrevista, tratando de arrojarme a la cabeza su pesada IBM 82 que, por fortuna, no da en el blanco).

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