Viajes Breves. Largas Travesías

Por Jorge Consiglio

1.

Las endoftalmitis son infecciones severas en el interior del ojo producidas, en la mayoría de los casos, por bacterias. Ni bien se diagnostican, hay que tratarlas. Cualquier demora puede resultar fatal. Tengo un amigo médico, Pele, que se especializa en esta patología. De hecho, hubo una época, en la que se pasaba noches enteras leyendo sobre el tema. Para permanecer despierto, tomaba mate, pero como no quería distraerse, compraba mate listos Taragüi y los cargaba en un dispenser de agua caliente. Giraba el brazo con la mirada clavada en la computadora, llenaba el mate y, completamente ensimismado, sorbía la bombilla. Cuando la yerba se lavaba, descartaba el vasito y habilitaba otro. 15 unidades era la medida de una noche.

Ahora mi amigo, los domingos, hace guardia en el hospital Santa Lucía. A veces, me tomo el 37 y lo visito. Cenamos en el restaurante Miramar. Nuestros encuentros son siempre maravillosos, pero el más reciente se destacó: comimos puchero y Pele contó una de sus mejores historias. Año 93. Una mañana lo llamaron del Hospital de Clínicas. Querían ajustar la logística para trasladar unas córneas al Santa Lucía. La ambulancia del INCUCAI fue efectiva: a las dos horas, Pele recibió el envío. Abrió la caja refrigerante y sacó el frasco con los globos oculares en solución fisiológica. Por curiosidad, leyó la referencia del donante. Decía Andrés Redondo. Como mi amigo es memorioso, vinculó el nombre con el de un actor uruguayo que, entre los 60 y los 70, trabajó en unos programas excelentes de humor. Para despejar la duda, llamó al hospital de Clínicas y confirmó que se trataba de esa persona. La medicina, igual que todas las ciencias, supone una distancia emocional con su objeto de estudio; sin embargo, aquella vez, Pele se sintió desconcertado. Los ojos de Redondo dejaron de ser un preparado. Su fragmentariedad ya no se asociaba al desarme de un sistema sino a su recomposición. En esos órganos se amasaba la positividad de la parte; en otras palabras, refundaban el mundo. Entonces Pele, igual que Hamlet frente a la calavera de Yorick, se preguntó sobre el sentido de la vida y, acto seguido, relacionó la realidad con la apariencia. Probablemente, para volver a lo cotidiano, haya sacudido con delicadeza el frasco y los ojos hayan chocado entre sí. Probablemente, ese evento en apariencia trivial no le haya ocupado demasiado la cabeza ese día; sin embargo, ahora, casi 30 años más tarde, lo recordaba en la mesa del Miramar. 

2.

Esa noche, de buenas a primeras, entró a la guardia un paciente con una herida penetrante y Pele se tuvo que ir a las apuradas. Terminé un resto de vino que quedaba en el vaso, pagué y antes de las 12 estaba en el 37. En la esquina de Entre Ríos y Belgrano nos detuvo un semáforo —que me pareció eterno— y pude contemplar un grafiti que siempre había visto de refilón. Se trataba de una intervención a La joven de la perla de Vermeer. En esta versión, los ojos de la chica estaban cubiertos por antiparras.  El recorte de la figura —primer plano de los ojos y un fragmento del turbante que le cubre la cabeza— y la inclusión de esas gafas de agua provocaban un quiebre brutal del imaginario. Pero, además, el contrapunto entre la mirada líquida de la chica y el diseño del anteojo generaba un efecto inmediato de belleza. No sé por qué, pero pasaba. Nada sobraba en esa imagen. Pensé en la importancia de los detalles, en lo que se incluye y en lo que queda fuera. Y cómo una cosa lleva a la otra, recordé una vieja foto de mis padres que todavía conservo. Se los ve muy jóvenes a los dos, vestidos con ropa de verano, amplia y holgada. Miran a la cámara y sonríen con una felicidad que yo, sinceramente, jamás les conocí. Están en un lugar que parece muy chico, una especie de oficina pública. Detrás de ellos, hay un escritorio plagado de folios. Y en una pared se alcanza a ver el fragmento de un afiche que promociona el Plan quinquenal. Aparece parte de la cabeza de Perón. Se ve una oreja, el pelo al rape y el corte marcial de la mandíbula; el resto quedó para siempre fuera de escena. Lo notable es que todo el cuadro se desvía hacia esa ausencia. Siempre que lo observo, tengo que disciplinar la mirada para evitar que se fugue hacia ese afiche incompleto. La falta pesa más que el enrevesado artificio de la secuencia: los gestos de mis padres, el pliegue de la ropa, la languidez de los brazos. Y en aquel momento, sentado en el asiento del 37, detenido por un semáforo en una ochava de la ciudad, fui consciente de la importancia de esa omisión. Me dije que yo miro esa falta tanto como la falta me mira a mí. Hay una reciprocidad que me constituye, que me agrega materialidad gruesa. Releo lo escrito y me detengo en la última oración. La idea que expreso se basa en una paradoja —lo que más pesa es lo ingrávido—; sin embargo, creo que es lo más auténtico que tengo para decir. Y los pensamientos, como las endoftalmitis, cuando irrumpen, lo hacen con virulencia. Abren brechas en el cerebro y terminan por preparar el terreno para que se asienten futuros hábitos.

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