A lo largo de 25 años, Céline y Lucette Destouches construyeron una peculiar historia que conjugó amor y locura. Estas son las cartas que él le envía desde la prisión de Copenhague y que se presentan por primera vez en castellano.

El Minotauro miró a su alrededor y no descubrió en el laberinto otro signo más que lo evidente. Supo entonces que ya no tenía escapatoria. En 1931 Louis- Ferdinand Destouches, aka Céline, firma uno de los libros más geniales, turbulentos y perturbadores del siglo XX: Viaje al fin de la noche. Es aclamado unánimemente por la crítica, que no deja de observar en esa atmósfera de agobio y oscura desesperación que la obra alienta, escrita con un lenguaje antiacadémico y oral, desinhibido y desquiciado, una premonición de lo que Europa espera. “Novela del pesimismo, dictada por el espanto ante la vida y el hastío que ella ocasiona”, la definió León Trotsky.

Céline era un personaje enigmático, torturado y abatido, en parte debido a las consecuencias sufridas por la Gran Guerra, donde resultó gravemente herido en Ypres, que le dejó un brazo dañado, zumbidos en el oído y dolores de cabeza que lo perseguirían para siempre. También por ello, obtuvo la «Croix de Guerre», medalla militar que lo consagraba como héroe. Fue héroe y fue traidor de una guerra a la otra, de sí mismo y contra sí mismo.

En 1935 conoció a Lucette Almansor, una chica mustia que no creía más que en el poder de la danza, su única pasión. Por entonces ella contaba apenas 23 años y Céline, que ya había estado casado dos veces y tenía una hija fruto de su vínculo con su segunda esposa, Edith Follet, 41. Acababa de terminar otra relación de largo aliento, con la norteamericana Elizabeth Craig, a quien conoció en Ginebra en 1926. A ella le estará dedicado Viaje al fin de la noche (se la reconoce en los personajes de Lola y Molly).

La relación con Lucette tendría, previsiblemente, un comienzo tortuoso: la citaba en los jardines de Luxemburgo y podía pasar horas sin hablarle. Años más tarde, ella recordaría que “cuando nos sentábamos a una mesa para almorzar, él pedía dos filetes; devoraba el suyo en cinco minutos y me decía: ‘Vámonos’, antes de que yo hubiera podido tocar mi plato. Del mismo modo, cuando íbamos al cine, veía las primeras imágenes de la película y me arrastraba fuera. Si le regalaba un libro, le leía las primeras frases para cerrarlo de golpe y decir: ‘Ya lo has entendido’”. Pero, según Lucette, también contaba con «su lado Gatsby, indolente y desgarbado, cuidadoso en el vestir, relajado. Era increíblemente guapo, con esos ojos azules…” Los problemas no se hicieron esperar, no sólo por las recurrentes infidelidades en la que caía el “Gatsby” sombrío, sino también por las decisiones que tomó y proclamaciones públicas que pronunció en un momento político y social particularmente delicado.

En esos años Céline escribirá, además de la notable novela Muerte a crédito (1936), tres panfletos de índole claramente antisemita: Bagatelles pour un massacre (1937), L’École des cadavres (1938) y Les Beaux draps (1941). Durante la Ocupación todo empeora. Nadie desconocía el compromiso de Céline con la fuerza invasora. Incluso recibe visitas de intelectuales que le piden que interceda ante los alemanes para asegurar sus vidas. El propio Sartre intentará conseguir a través suyo permiso para representar «Las moscas«. Céline se niega, y afirma no contar con ninguna influencia entre ellos. Era cierto, pero Sartre no le creyó y más tarde lo acusó de haber escrito panfletos pagados por los nazis. André Malraux declaró: “…quizá fuera un pobre tipo, pero no cabe duda de que se trata de un enorme escritor”. Y advierte algo más: “Quien busque saber quien fue realmente Céline, tendrá que indagar en Madame Destouches”. En esta sugerencia parece estar implícita una pregunta: ¿qué es lo que se espera en verdad de la mujer de un escritor?

La respuesta la dará la propia Lucette, al publicar exactamente cuatro décadas después de la muerte de su marido, Céline secreto (2001), un libro que en consonancia con el propio Malraux podría entenderse como sus «antimemorias». “Me enamoré y me casé con él a pesar de los veinte años que nos separaban, sin pensar que iba a pasarme sola más de la mitad de mi vida. Él tenía necesidad de mi juventud y de mi alegría y yo, de su mente de hombre vivido. Pero Céline era un ser desesperado, de absoluto pesimismo”, acabaría por admitir Madame Destouches.

Temiendo por su vida, cuando se acerca el fin de la Segunda Guerra Mundial, Céline abandona Francia en 1944. Con la caída del gobierno colaboracionista de Vichy, el matrimonio tendrá que ocultarse en el castillo alemán de Sigmaringen. “Allí vivimos una existencia alucinante, una especie de pesadilla despierta, en un mundo errático y a punto de hundirse”, recuerda Lucette. Esa “experiencia alucinante” se verá reflejada en De un castillo a otro (1957) donde Céline relata la caída de la ciudad, pero fundamentalmente exalta las cualidades de Lili (así llamaba a Lucette) quien se desplaza por los dédalos de Sigmaringen como si estuviera en su casa. Céline clama su admiración por la belleza plástica de su mujer y no ahorra elogios por lo que entendía era heroísmo. Lili es un resumen de todas las virtudes: no miente, no tiene miedo a nada, y por sobre todo, no habla. Ríe bajo las bombas. Lili es un ángel: un ángel guardián, protector, que abre sus alas y las extiende como escudo. Un ángel que desvía la catástrofe, que se apodera del cataclismo y le retuerce el cuello. Así es Lili. Sí, Lucette es una de ellas, de las que surfean las olas del Apocalipsis. Al menos así la ve Céline.

Aunque no todas las olas serán sencillas de doblegar. En 1945 la pareja se traslada a Dinamarca junto al inseparable Bébert, el adorado hijo felino. Allí Céline es detenido y acusado por Francia de colaboracionismo. Será condenado a prisión, que cumplirá por más de un año. En las cartas dirigidas a su mujer y que se presentan a continuación, Céline parece aducir demencia: dice estar bien tratado y no sufrir dolores pero no deja de quejarse de todo tipo de malestares; no entiende de qué se lo acusa y asume que todo es parte de una manía persecutoria de Francia que se extiende a lo largo de los siglos contra todo tipo de escritores (“con cualquier excusa”, afirma); se victimiza (“Creo que éste es el peor de los suplicios que un hombre puede atravesar”); vocifera su amor, pero a la vez hace evidente el cálculo interesado (“es muy posible que algún día tendremos una gran necesidad de tu trabajo”). Rechaza los cargos que se le imputan, afirmando que “mis libros incriminados ya son viejos”. Algo más: “No he matado una mosca”, dice. Seguramente no, aunque tampoco el argumento funciona como aval para justificar sus posiciones.

En 1950, el ex héroe será condenado in absentia a un año de cárcel y declarado por el propio De Gaulle como una “desgracia nacional para Francia”, adonde no regresará hasta 1951, cuando logra ser amnistiado. Céline y Lucette se instalarán en Meudon, una pequeña localidad en la periferia de París. Una fotografía de 1957 nos permite ver un cartel en la puerta residencial de la pareja que anuncia: “LUCETTE ALMANZOR. Danzas clásicas y de carácter”. Ella, en bata junto a una verja, sonríe. Unos metros más atrás, Céline, casi escondido en el follaje del jardín, la observa con gesto temeroso, furtivo. En Meudon escribirá otras seis novelas, entre las cuales se cuentan Nord (1960) y Rigodon (aparecida póstumamente en 1969), que forman parte junto a De un castillo a otro de la trilogía en la que se narra el desarraigo y donde vuelve a aparecer la seductora Lili. Sin embargo, ya nada es lo mismo. La huida de Francia, el tiempo en prisión y el exilio en Dinamarca (“el país más triste del mundo, habitado por cerdos hipócritas”, según Lucette) convirtieron a Céline en un “muerto viviente”. Por eso, el Ángel protector asegura que «los diez años que precedieron a su muerte, ya no estaba en este mundo”. Paradojalmente, un Céline zombi, abatido y resignado a su purgatorio privado, fue honrado y recuperado por las vanguardias literarias, en particular por la beat generation, al punto que William Burroughs y Allen Ginsberg llegaron a Meudon para rendirle su homenaje. No fueron los únicos: hubo intentos (infructuosos) para que accediera a la Academia Francesa y su Viaje al fin de la noche se convirtió en uno de los mejores testamentos literarios del siglo pasado.

Céline murió de un aneurisma el primer día de julio de 1961. Lucette siguió viviendo en la pequeña casa de Meudon, donde se consagró por entera a defender la memoria y el legado de quien fuera su único compañero. Cuidó con obsesión y sabiduría la edición de sus obras y correspondencias, y por sobre todo, prohibió la reedición de los panfletos antisemitas alegando que “fueron escritos en un contexto histórico concreto, en una época especial, y tanto a Louis como a mí solamente nos causaron disgustos. En nuestros días, ya no tienen sentido”.

Ya nada parecía alcanzar sentido en esos días para Lucette, quien recordaba a Céline con un cariño que a un mismo tiempo era sufrido, estoico y feliz: “No aspiré a conseguir la felicidad a su
lado; solo deseaba hacerlo menos desdichado. Desde que Louis murió, la vida ya no tiene ningún interés para mí. Como si con él hubiese estado nadando en un río puro y transparente y, sin él, solamente encontrase agua sucia y fangosa
”.

Para su desgracia, Lucette debió nadar en esas aguas turbias durante demasiado tiempo, mucho más del que seguramente le hubiese gustado. Al fin, se despidió de este mundo ingrato y hostil que debió atravesar sin sus pasos de ballet en 2019, a los 107 años de edad. Céline había encontrado en ella ese eco femenino que le permitió una máscara con la que cubrir su enfermiza pesadilla autobiográfica. De Lili sabemos poco, o lo que nos informa el ventrílocuo oculto en sus libros. De Lucette, en cambio, adivinamos lo que en realidad debió haber sido: ese derviche giratorio que por amor a Céline danzó noches enteras en el centro de la literatura.

Christian Kupchik

Cartas de L-F. Céline desde la prisión (1)

I

(Copenhague, Enero de 1946)
Domingo por la mañana

Mi Lucette querida, espero que esta carta te encuentre mejor que las anteriores. ¡Estoy tan feliz, cariño, de saberte en libertad! Moriría de pena saber que estás encerrada. No veo muy bien sin mis anteojos. En verdad, tampoco tengo muchos deseos de leer. Me duele demasiado la cabeza luego de los exámenes a los que me sometieron en el hospital. Pudieron comprobar lo enfermo que estaba. Todo el mundo es muy amable conmigo, seguramente porque saben que todos esos abominables artículos han afectado mucho mi espíritu. Me es difícil explicarlo a mis compañeros. Y además, ¿en qué idioma? Estoy muy bien atendido. Sólo me siento algo débil, posiblemente por la conmoción y los mareos. Por lo demás, no sufro dolores, me tienen con todo tipo de calmantes. Todo el tiempo pienso en ti y en Bébert (2), te hablo todo el tiempo. Sabes que salgo de mi vida con mucha facilidad. También me había empezado a doler mucho el brazo. Me dieron masajes, pero dejaron de hacerlo. Cuídate mucho, mi querida palomita, te lo ruego. No puedo imaginar la tristeza en tu bello rostro. Por supuesto, nada me gustaría más que estuviésemos juntos, pero pueden dejarme solo en prisión. Pero pase lo que pase, es mejor a que me extraditen. Pediré asilo por dos o tres años. Conoces la situación tan bien como yo: soy un escritor, nada más que un escritor. Pero en Francia cualquier excusa es buena para perseguir a los escritores. La lista es enorme, pero sólo citaré a los autores fundamentales de cualquier época que se vieron obligados a huir: Villon, Agrippa d’Aubigné, Ronsard, du Bellay, Chateaubriand, Julles Vallès, Victor Hugo (a los veinte años), Rimbaud, Verlaine, Lamartine, Proudhom, Leon Daudet, y finalmente, en la actualidad, Bonnard, Laubraux en España, Morand en Suiza. Nadie los entregó a los verdugos –aunque solo es cuestión de esperar dos o tres años-. Mis libros incriminados ya son viejos, tienen casi 10 años. ¡Debería poder escribir cuando termine toda esta espantosa historia! A fin de cuentas, no gané nada, sólo perdí las pocas fuerzas que me quedaban. Estoy tan feliz de saberte fuera, aguanta allí. Creo que éste es el peor de los suplicios que uno puede atravesar, no tiene nombre. Te amo tanto, mi pequeña, que puedo aguantarlo todo, soportarlo todo, ten paciencia. Siempre estaré contigo. Eres todo lo que tengo. Pero cuídate. No estés triste, come bien, oblígate a trabajar con tu arte, tu danza. Eso me anima. Sabes bien cuánto valoro todo lo que haces. Abrazos para Bende y a la señora Johansen y al pequeño Bébert de su (ilegible)


Louis Destouches

II

(Copenhague, comienzos de 1946)
Miércoles 9

Mi Lucette querida. Siento un gran temor por tu salud. Sé muy bien que nuestra condición es atroz, pero será mucho peor si caes enferma. Haz algo de ejercicio para mantenerte en forma y además piensa que es muy posible que algún día tendremos una gran necesidad de tu trabajo. Estoy siempre contigo. Me tratan bien, me cuidan, pero claro, no pueden hacer mucho por esas viejas dolencias que se remontan a treinta años atrás. Por supuesto, nuestras últimas pruebas en Alemania no me sentaron del todo bien, y este último impacto resultó algo atroz. Me duele mucho el brazo, la cabeza y el oído –estoy atiborrado de medicamentos. No se puede hacer más, y bien sabes que soy muy paciente. Vivo en la esperanza de volver a verte, a encontrarte, y que seas tú quien me cuide. No me traigas nada, no tengo necesidad de nada, cuento con comida abundante. Pero sobre todo, no te deprimas. Es muy duro tener el odio del mundo entero –justamente contra mí, que no he matado una mosca y parece que estoy condenado a vivir esta pesadilla aterradora en la que no tienes nada que ver y sin embargo… Envíale un gran abrazo a nuestros amigos y a Bébert. No me traigas libros porque no leo nada. Sufro de jaquecas agudas por el momento, con un zumbido permanente. No me falta nada, solo tu presencia. Te amo mucho. Come bien y duerme un poco.

Destouches

NOTAS
1 Estas cartas forman parte de Correspondance de Céline à sa femme, publicadas en 1994 por
François Gibault en Ed. Gallimard
2 Bébert era un gato grande, de unos ocho kilos, al que la pareja adoptó y cuidó como si fuera su
propio hijo. Lucette lo acogió cuando el actor Le Vigan huyó a Alemania. Bébert, después de acompañar a los
Destouches en su derrotero por Alemania y Dinamarca, volvió a Francia con ellos, primero a casa de unos
amigos en Niza y finalmente a Meudon, donde murió unos meses después a la muy respetable edad de 17
años.

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