En tiempos difíciles, de peste, de despedidas, dos libros de poesía se encuentran de forma casual para resignificar la ausencia y la partida. Tom Maver lo hizo para reconstruir la figura insoslayable de su abuela, y el imprescindible Eduardo Rubinschik en función de una reciente orfandad. La poesía una vez más dando respuesta a aquello que no se puede pronunciar.

INVOCACIÓN

Por Juan Maisonnave

En la búsqueda por el origen, el de su abuela materna y la tierra de sus ancestros, Tom Maver (Buenos Aires, 1985) es generoso con el lector. Revela los materiales sensibles que lo guiaron y también las impresiones íntimas que le despiertan. Cada uno de los veintisiete poemas de Sara Luna viene con una nota al pie. Las notas describen las condiciones de escritura a la vez que agregan capas de sentido al poema. En ellas se produce el encuentro nutritivo entre lo escrito y sus fuentes: narraciones de tías lejanas, leyendas, recuerdos y testimonios de primera mano, una carta de puño y letra. En las notas, que el autor llama “corrientes de aire”, entra la cocina del poema, la medida de una emoción, las fuerzas ocultas que actúan sobre la poesía que estamos leyendo.

Sara Luna parece escrito por un médium. Alguien que invoca a los muertos para sonsacarles los secretos que se llevaron a la tumba y prestarles su voz. Como dice Leopoldo Brizuela en el posfacio que cierra el conjunto, “el verso es desbordado por el caudal del habla”. Por eso en los poemas irrumpen frases en lengua quichua, ritmos de bagualas, la manera de decir de una vecina: “Tenemos ojos y estamos a oscuras”.

El libro de Maver, ganador del Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes, construye una biografía a partir de las voces y las cosas oriundas de un lugar remoto, un pueblito en la ruta a unos kilómetros de Santiago del Estero capital. Los poemas marcan puntos en el mapa y trazan una línea que va desde Tiu Chacra a Balvanera, donde la abuela vivió cuando vino a Buenos Aires. Y de ahí al Hospital Israelita, donde convaleció. La escritura recupera un pasado y un deslumbramiento: “Ella estaba unida a las cosas de este mundo / a través del misterio de cada una de ellas”. Y evoca momentos que dejaron huellas indelebles, como en “La canción que nos recibe es de tierra”, cuando el nieto de catorce años, en el funeral de la abuela, por primera vez escribe algo para ser leído en público. “Su respuesta fue apenas un giro en la tumba, / como si se hubiera puesto del lado de la infancia / para escuchar mejor la tierra que ya le echábamos”.

La última parte del poemario contiene los días de agonía y la complicidad de las camas. Abuela y nieto comparten cuarto. La escena de aquella intimidad final conmueve por la ternura con la que los versos rescatan una mirada, la del niño ante una mujer y su misterio: “La moribunda oraría por mí. / Incluso desde ese borde /me traía bendiciones”.

Sara Luna
Tom Maver
Editorial Llantén, 2019
63 págs





EN EL NOMBRE DEL HIJO

Por Mario Nosotti

Ser hijo en el declive y agonía final de los padres es algo irreductible, que cada uno transita como puede. Hay una escenificación y un discurso que atraviesa esos días, a veces tan banales -en el sentido que le da a esa palabra Hannah Arendt- como lacerantes, ideal que muchas veces contradice la experiencia.

El padre, ese vínculo fuerte y aparentemente indisoluble (¿o inevitable?), ese constituyente cargado de mandatos, se convierte de a poco en un desconocido. El hijo lo visita en una institución y no oculta el hartazgo (mezcla de responsabilidad y culpa), sostener una idea de piedad o una normalidad que no existe. Tarea pegajosa, inane, por momentos apenas burocrática. “No hay nobleza en el acompañamiento sino un deber marchito militar”, “No hay hermandad no hay hijedad no hay patriedad no hay líneas es todo circular”.

Antisentimental, ajeno al “dolor de oropel” y al heroísmo, pormomentos brutal (pero brutal es el hecho), este largo poema hecho de fragmentos, de notas como entradas de un diario del que asiste a la estación final de los progenitores, es un nuevo recodo en la obra -tan sólida como fantasmal- de Eduardo Rubinschick. Se podría pensar que es la primera vez que el autor se interna decidido en la poesía, o que una situación vital le impuso ese registro, pero a decir verdad todos sus libros contienen ese halo de conciencia mediúmica, esa mezcla de materialidad y huella donde el extrañamiento se logra dejándose decir por el lenguaje.

La partes que conforman la Trilogía del par, se titulan “Fiesta del postrado”, “Madrear” y “Fin del postrado”. En la primera y más extensa de ellas, un padre que no ve, un padre ciego, entra en la oscuridad del desconocimiento (¿pero esto para quién, desde qué perspectiva? ¿Para los que lo vemos de afuera? ¿Cómo lo sentirá él y cuál será su tiempo?), y se va diluyendo hasta el punto de perder el nombre (lo primero que perdían los deportados al entrar a los campos de exterminio), lo que lo hacía ser una persona. Ahora, y a los ojos del hijo, es apenas “Ovillo”, y a veces solo “ov”, o “pobre“ov”. Los nombres de ese ínfimo teatro de puertas para adentro son apenas funciones, o marcas: ovillo, hematoma, testigo, señora del delantal. Pero lo pavoroso es que no se trata simplemente de una tierra arrasada, hay mínimos destellos que vuelven cada tanto afibrilar el vínculo, para entrar en la bruma un momento después.

Cómo dar cuenta entonces de ese lento declive cuya inercia obtura por momentos el dolor, ya que no hay corte ni laceración sino apenas náusea, vaga incomodidad cargada de tristeza. Rubinschik nos demuestra que a través del trabajo con la lengua, de hacer jugar sonidos que revelan nuevos ecosentidos (todo el tiempo las palabras se cortan y quedan rebotando antes de terminar) es posible accedera lo indecible, ese lugar incómodo que la corrección vela. Se trata dedejar que el lenguaje nos piense – y no al revés-, para romper con la agobiante carga de lo que se espera (de uno), con el deber filial y la falsa empatía, en una relación donde el amor, los reclamos, las miserias y lo que nunca hubo, se cruzan como flechas en la elipsis del desvalimiento. Cómo sentirse cerca si se está lejos, si estamos separados, si se es – se quiera o no- espectador de algo cada vez más ajeno. La decrepitud y la muerte ponen en primer plano lo siniestro de lo familiar. Adviene el balbuceo, una sintaxis rota para una comunicación minada, lo que no se puede hilar. Pero atención, Rubinschik no se asienta en la tragedia, ni en la “boba empatía”, al contrario, un humor oscurísimo que es también una forma de catarsis, un ajuste de cuentas, se despliega en la plena fruición del lenguaje, una especie de escándalo verbal que el lector agradece.

En el aniversario de casados parte de la familia se junta en el geriátrico y acaece la puesta en escena, esa comedia honesta, inevitable, que desnuda por ejemplo la tensión entre hermanos, aunque todos ya saben que “no hay otra promesa que un oropel declive”, “Antefúnebre fabrica su propia noche diurna”

La madre que se enferma, la madre que aparece en sustracción, que deriva en sustancia mutante: Madrear, madrerefugio, madretexto, será la que primero se termine yendo.Los médicos, las enfermeras, la máquina hospitalaria, surgen como engranajes de un sujeto sin rostro: “arrastran su calzado silencioso /y miran (hacia un lugar) preciso / indescifrable donde no hay ningún (otro corazón / que pueda relamerse en) vida y no podrán / decirnada de vos” Y finalmente “es la ma, antes de la madera final” la que “en plena mortaja han bajado hasta la salita”. Año después y ya en plena pandemia, y luego de los últimos monólogos del hijo por videocámara, será el padre quien la siga.

La tribu familiar está quebrada, el pecho solo, “pero por primera vez, inaugurando / fugas que no sirven para volver / a casa alguna”. No hay búsqueda de redención, hay poner en palabras el pasado para rasgar el velo de la simulación, aquel que nos obtura lo que da horror mirar, para lograr así algún tipo de verdad, de intimidad. Como escribe Fernando Molle en la contratapa, correr los límites del lenguaje, también es saltar el cerco familiar. Poner la muerte en letra, como presente (regalo) “…para que (la palabra) /muerte se componga y dé su luz a la propia luz del / que sigue caminando y amaina su pesar / en la visión de los hijos”.





Trilogía del Par
Eduardo Rubinschik
Ed. del Autor, 2021.
107 Pgs

2 Comentarios

  1. Ajustadisima lectura de un poemario que hace.de lo existencial una doliente y afilada rumia cargada de gran poesía.

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