ENTREGA III


Diez respuestas a una pregunta que trasciende tiempos y fronteras

Esta presentación de «El Libro de las Preguntas» había quedado injustamente rezagada y no sólo se fueron acumulando nuevos argumentos e intuiciones a la demanda de «¿Por qué escribo?» (a todes, las disculpas obligadas por la demora), sino que también dejó en evidencia -aun en pandemia o quizá a causa de- los testimonios de un crecimiento exponencial en la oferta de originales de todo género. En la ocasión, priorizando los tiempos de lectura, serán diez los autores encargados de dejar sus razones y explicaciones. Cinco de Argentina y otros cinco del exterior.

Esta tercera entrega de «El Libro de las Preguntas» está dedicada a honrar la memoria de Juan Forn, el hombre de las respuestas.


Horacio CASTELLANOS MOYA (El Salvador)


Sarcasmo, sátira, cinismo, violencia, humor, son algunas de las claves que congregan la literatura de Castellanos Moya (Tegucigalpa, Honduras, 1951). No sólo nació en el país con el que el suyo estaba en guerra, sino que su obra disruptiva, “El asco”, determinó su salida de El Salvador. Actualmente vive en Iowa, Estados Unidos.

Escribo gracias a los límites. No me exige mayor esfuerzo entender lo que son las situaciones límite, porque forman parte de la cotidianeidad de la cultura de mi país. ¿Cuál es la situación límite por excelencia? La muerte. Cuando uno viene de un país donde la vida no vale nada, donde por veinte dólares puedes mandar a matar a quien sea, donde hay tantos crímenes en condiciones de paz como de guerra, entonces la experiencia indica que el límite es como el aire que respiramos. El escritor es una especie de radar, un sabueso que se la pasa olfateando lo que ocurre alrededor, y por lo tanto es natural que sienta los ímites en las entrañas, en cada sector del cuerpo. Así es como lo traslada a la literatura.

Jorge CONSIGLIO


Dotado de una capacidad de observación asombrosa que da cuenta hasta de detalles invisibles, Jorge Consiglio (1962) es un especialista en construir mundos de contenida tensión en el que los personajes se reflejan en cajas de espejos deformantes. Un autor imprescindible.

Cuando era chico, en las sobremesas nocturnas, mi viejo contaba lo que había vivido durante el día. En esa época, trabajaba en una oficina en la esquina de Carlos Pellegrini y Viamonte. Por lo general, sus relatos no tenían remate y los personajes eran siempre los mismos: el ingeniero Listenberger, Silvia, el doctor Blanco, Comesagna, Carola, etcétera. Yo, con el tiempo, fui urdiendo sus atuendos, peinados y facciones; así encarnados, hacía actuar a estos héroes en mi imaginación. Una vez, nombró a Kantemiroff, un administrativo que pertenecía a otra área y con el que se cruzaba de vez en cuando. Kantemiroff no protagonizaba ningún episodio concreto, como sí lo hacían los otros. Mi viejo se limitó a marcar su excepcionalidad. Se distinguía, sobre todo, por tres motivos: era fanático de Racing, tenía una joroba pronunciada y escribía versos. Esa semblanza despertó mi curiosidad y volví sobre el tema, pero mi viejo no abundó en detalles. Su compañero, dijo, después de cumplir con su trabajo, se metía en los bares del centro a “hacer” poesía. Así dijo: “Hacer poesía”. Ese acto, para mí, condensó, como ningún otro, la noción de aventura. Noté que, a pesar de su laconismo, el comentario de mi viejo cifraba una profunda admiración hacia ese tipo. El romántico Kantemiroff, como un Thoreau urbano, esquivaba la lógica ordinaria: a pesar de ser un empleado administrativo, escapaba de la repetición monótona de los días. A mi entender, en el cuento de mi viejo había dos mandatos, uno explícito y otro subyacente. El primero tenía que ver con la supervivencia —ganarás el pan con el sudor de tu frente—; el segundo, con el atisbo de un jardín secreto. Definitivamente, supe oírlo. Para mí, escribir tiene que ver con destruir —hacer mil pedazos— la idea del mundo como inventario. Es la forma que encontré para darle una vuelta de tuerca al sinsentido: una manera deliciosa y siempre festiva de justificar lo injustificable.

Mariana DOCAMPO

Como en las historias de Gurdjeff o René Daumal, en los mundos de Mariana Docampo (1973) se ocultan otras realidades, manifiestas e intangibles. En obras como “Tratado del movimiento” o “V.”, el lenguaje se abre a otros planos de significación que derivan hacia territorios inéditos.

Respuesta 1
Al principio, la escritura fue un lugar para expresarme libremente, un cuaderno en el que tomaba notas. Era algo catártico. Después me puse a escribir cuentos, que mostraba a mis personas queridas para ver si se entendían. Primera ambición por la forma. Cuando respondieron que sí, llegó la decisión de escribir. Y enseguida quise ganar el concurso de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat, que a principios de los noventa prometía fama y riquezas. Me puse a escribir para ganarlo, y así llegó la ansiedad “mundana”. Entonces: (1) catarsis, (2) ambición por la forma seguida de la decisión de escribir, (3) ansiedad “mundana”.
Pero cuando la 1 se transformó en la 2 y me vi venir que no habría rápidas riquezas ni glorias, seguí insistiendo. Pero esto no contesta a la pregunta de por qué escribo, sino más bien de cómo fue que empecé a escribir. Así que a la pregunta anterior respondo: creo que porque ya empecé. Pero hay también cierta curiosidad, una búsqueda, es como si en el fondo quisiera saber. Y la escritura es la herramienta. Se me ocurre esta imagen para explicarlo: estoy en una montaña muy alta, en medio de otras, soplan vientos que son como rayones a mis costados, y yo voy con los palos de nieve. Tengo un deseo fuerte de seguir avanzando, aunque no hay caminos trazados, ni tampoco sé si hay algo más allá de lo que veo (la niebla lo tapa todo). Siento que está cerca la persona a la que quiero. Pero no es que pretenda avanzar con ella -sé que hace otras cosas, está ocupada en sus propios asuntos, pero su cercanía hace que no tenga miedo de perderme o desaparecer. Así que dejo mi mano en la suya y me desdoblo, camino por el pasillo. Eso que hay adelante puede ser un lugar, o formas que, si aprendés a relacionarte con ellas, muestran una nueva cara de las cosas. Eso es lo que vine a buscar: una nueva comprensión. Estoy con mi herramienta.

Respuesta 2
Escribo porque lo necesito, porque lo elegí hace mucho como modo de expresión, como pude haber elegido la pintura o cantar, como un poco elegí la danza, pero me dan siempre más ganas de escribir que de bailar. Hice todo lo posible para despejar mi ida de todo lo que no fuera escribir. Esto significa, que trabajo lo indispensable para mantenerme y no me lleno de compromisos sociales que implicarían toda una energía mental y emocional que se dispersa; como si quisiera estar sin obstáculos frente al objeto. Un tiempo plano, horizonte abierto alrededor del objeto. Voy a explicar lo del objeto: escribir no es para mí solo el acto concreto de sentarme en la computadora y tipiar, o imaginar historias. Sino las caminatas, el contacto con los árboles, con las personas, leer, y un modo muy particular de estar en el mundo entregada a la experiencia de la vida con sus cosas buenas y sus cosas espantosas. Esto implica cierta actitud de “receptividad activa” ante lo que me rodea pero también ante mi propio líquido mental, que se abre frecuentemente muy lejos de la materia. La escritura es el ancla con lo físico, la palabra es el objeto. Entonces, si escribo parto del objeto y vuelvo al objeto. En el caso de la danza, el ancla es el cuerpo, pero en la escritura el ancla está a la vez adentro y afuera de mí. Y en ese sentido, no es una sino dos, que trazan un puente.

Cecilia FERREIROA


Si bien nació en La Plata, Ferreiroa (1972) pasó su infancia entre Venezuela y México. Sus libros de relatos, “Señora planta” y “La parte enferma”, mucho tienen que ver con el registro de esta experiencia. Existe una sorda melancolía en el tono que revela al mismo tiempo una gran potencia.

Escribo por todo lo que el acto de escribir tiene de vital, de impulso. También escribo por el silencio, por mi propio silencio, todo lo que no digo, no puedo decir, no sé cómo decir, que es algo que la escritura me permite intentar hacer presente de una manera compleja. Y no ese silencio que se da bajo la forma directa de lo no dicho, de la elipsis a completar: el íntimo silencio con el que estoy conformada, y que intento conformar en mi escritura. Finalmente, creo que escribo porque no confío plenamente en la capacidad de comunicación del lenguaje. Siempre hay lugar para el malentendido, la confusión, la incomprensión y el desvío. Y estos son aspectos interesantes para trabajar en la escritura.

Etgar KERET (Israel)


A través de un humor agudo y penetrante, Etgar Keret (1967) se convirtió en el autor más popular de su país. Traducido a una veintena de idiomas, sus relatos sirvieron de base a más de cuarenta cortos. Una prosa efectiva y sin adornos que atañe a las paradojas de vivir en Israel.

Mi padre cambiaba de profesión cada siete años. Él decía: “No quiero vivir una vida, quiero vivir muchas”. A veces no fue sencillo y pasamos necesidades, pero cada siete años él cambiaba de trabajo. Creo que eso me marcó. La vida es una suerte de parque de diversiones y hay que probar todas las posibilidades. En una montaña rusa puedes sentirte mal pero habrá otras cosas que te harán bien. O no. Yo empecé a escribir porque era muy infeliz. Aprendí a leer muy joven. Mi hermano mayor había leído un artículo que decía que los analfabetos en Israel estaban condenados a una vida desgraciada. Yo sabía que no podía ser verdad, pero me propuse aprender a leer de muy chico, incluso antes de ir a la escuela. Él me ayudó mucho, me hacía repetir frases. Si leía bien me daba un chocolate, y si lo hacía mal me aplastaba un chicle en el pelo. Uno de mis mejores recuerdos en este sentido fue la lectura de Huckleberry Finn: gané muchos chocolates. Crecí en un hogar que era como una comunidad, todos opinábamos, todos sugeríamos… Cuando has crecido en ese contexto es muy difícil encajar en el Ejército, una institución para la que resulta peligroso que pienses y hagas cosas por ti mismo. El día en que mi mejor amigo, también soldado, se suicidó y murió en mis brazos, me hundí. Me salvó Kafka, a quien conocí por entonces y me dio la posibilidad de escribir. Un gran tipo, Kafka…

Javier MARÍAS (España)


Uno de los autores españoles más reconocidos fuera de su país, Marías (Madrid, 1951) construyó una obra en la que refleja de manera irónica y distanciada la perplejidad que genera el contraste entre realidad, apariencia y memoria.

Escribo para no tener jefe ni verme obligado a madrugar. También porque no hay muchas más cosas que sepa hacer, y lo prefiero y me divierte más que traducir o dar clases, que al parecer sí sé hacer. O sabía, son actividades del pasado. También escribo para no deberle casi nada a casi nadie ni tener que saludar a quienes no deseo saludar. Porque creo que pienso mejor mientras estoy ante la página en blanco que en cualquier otro lugar y circunstancia. Escribo novelas porque la ficción tiene la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se da, como dice un personaje de la novela que acabo de terminar. Y porque lo imaginario ayuda mucho a comprender lo que sí nos ocurre, eso que suele llamarse “lo real”. Lo que no hago es escribir por necesidad. Podría pasarme años tan tranquilo, sin escribir una línea. Pero en algo hay que ocupar el tiempo, y algún dinero hay que ganar. También escribo para eso.

Marcelo RUBIO


Entre el costumbrismo y la alegoría, casi en puntas de pie, Marcelo Rubio (1966) va construyendo un edificio literario donde predomina el asombro y la maravilla. “Lo que trae la niebla”, “El Cristo roto” o “El largo viaje” dejan claro testimonio de ello.

Los actos privados, por más miserables que resulten, no merecen un análisis ni juzgamiento mientras no desborden nuestro ámbito. La escritura, como actividad personal tiene, o goza, esa suerte de impunidad. Está en el mismo nivel de cocinar. A ninguno que cocine con el simple objetivo de saciar su propia hambre, se le ocurre poner un restaurant, porque ahí, su acto tan privado se vuelve juzgable y, sabe cuál es el resultado de la exposición.
La escritura abre caminos, opciones. Eso, en estos tiempos de tanto ruido, es vital. A la pregunta de “¿Por qué se escribe?”, recuerdo una respuesta de “El Negro” Salinas, cuando consultado sobre el motivo por el cual tocaba tan rápido se limitó a decir: “Porque puedo”. Tal vez suene soberbio decir escribo porque puedo, pero siendo un acto privado, debería ser la
primera respuesta. Claro que existen otros tal veces, al final de todos los cabos apilar letras nos permite resumir la vida, ya de por sí es difícil así, “extendible”. Con la torpeza que luzco, me animo a recorrer las palabras de Rimbaud y su “Yo soy otro”, digo pues, escribo para ser otro.
Para vivir otras vidas, no siempre la soñada, para asumir otros roles, dejar de lado las ropas impuestas por la sociedad. Para ser millonario, un mendigo, amar la mujer o al hombre más hermoso, ser ese hombre o mujer más hermosa, asesinar a sangre fría, ser el monstruo tan temido y el payaso ridiculizado, y con todo eso volver a sentarnos a la mesa sin que nadie nos pueda echar en cara nada.
En lo personal, intuyo que escribo para pasar los días, y porque no es caro, solo necesito una piedra o un palo y una superficie. Las modernidades trajeron lapiceras, papel, máquinas de escribir, computadoras, todo es bienvenido, porque el acto en sí, no se arruga.
Escribir es más barato que ir al psicólogo, porque, vamos, salgamos del hoyo, nos gusta escuchar nuestra propia voz, y acá, creo, empieza el problema. Me gusta pensar, o mejor intuir, que la escritura debe ser efímera, como un soplo. Quisiera sospechar que escribimos para rozar cierta belleza, para darle a la palabra, a la historia, un brillo que como humanidad le hemos quitado. Es posible que ahí radique la diferencia entre ser escritor y ser el que escribe. Y todavía, en este punto, seguimos en una actividad privada, que no debe ser jamás puesta en censura. Arriesgo que la comunicación fue la primera necesidad que el hombre debió organizar. Buscó uniformar un discurso oral y luego plasmado. Aquella caverna, aquellos dibujos que buscaban transmitir, el tiempo los volvió palabras, nuestra incompetencia las vuelve, hoy, emojis. ¿Intuyó aquel hombre que la palabra le daría soluciones a él y a los otros?
Sin dudas un gesto de amor primitivo y delicioso.
Puede que la escritura sea una cuestión de fe y por eso el acto no debe ser observado, no lo merece. Si escribir tiene algo de fe, debe consistir en la inocencia de presuponer la generación de un hecho importante y en la necesidad de la supresión sistemática de cualquier lógica. Por eso gastamos horas sin ganar dinero, ni fama.
Descreo de casi todo, en especial de sindicar al escribir como una aventura (qué le quedaría a gestas como cruzar los Andes) o el miedo ante la hoja en blanco. El miedo es otra cosa, miedo es otra cosa. Me confirmo en que los actos siempre son más trascendentes que la palabra. Puestos en el sendero de la escritura, sobreviene el descubrimiento doloroso de tener que vivir con el error, hacerlo parte y carne nuestra. Trabajar un material maleable, inexacto, difícil de acomodar. Que, mal acomodado, confunde, irrita. Llevamos cerca de 3000 años de escritura. Supongamos un hombre voluntarioso que desde el momento que comienza a descifrar las letras (aquí está el cómplice necesario para la escritura) decide sentarse a leer todos los libros del mundo. No lo anoticiemos, pero sepamos que es una tarea imposible, nosotros colaboramos con esa imposibilidad. El pobre hombre devora libro tras libro, casi no duerme, no vive, desconoce el placer de un beso, el aroma de una piel. Y todos los días la pila de libros por leer aumenta, a pesar de su esfuerzo por hacerla decrecer. Algún domingo, día que él ignora, esa pila merma un ejemplar, tal vez dos, pero el lunes creció cinco, diez. Al cocinero hogareño no se le ocurre poner un restaurant. Nosotros que a duras penas creemos escribir, nos imponemos publicar. Y parece que solo estamos dispuestos al elogio. Otro libro más para ese pobre muchacho, con un agravante, no sentimos culpa, total. Acá tengo el indicio de que la pregunta debería ser: “¿Por qué publicamos?” Parar la pelota y reflexionar si ese texto nuestro le suma algo al universo, si en verdad hay una belleza despojada de ego, belleza como argumento, como un acto de amor puro hacia quien nos lee. Como un acto de justicia hacia nosotros. Me afirmo, acá, en el pensamiento kantiano.
Dable es comprender la poca coherencia entre quien escribe este texto y la publicación, digo, esta crítica que me hago tiene una inminente contradicción. La idea de lograr cierta inmortalidad por escribir un buen texto, o enarbolar una buena idea, es, me permito esgrimir, algo que perseguimos con el acto de escribir/publicar. Pero nadie puede garantizarnos ser inmortales, no hay un contrato para firmar. Los pactos con el diablo son interesantes siempre y cuando sepamos que nacieron para ser burlados, tanto por él, como por nosotros. Lo único seguro en esta vida es el fracaso, habrá quien diga “vamos por el triunfo”. Existe un lugar más tierno, más de batalla, lo único seguro en este lío es que alguien va a contarlo, tarde o temprano, ojalá que lo haga con estilo, para desaciertos estamos nosotros.

Guillermo SACCOMANO


Uno de los autores más prolíficos y versátiles de la actual literatura argentina, como lo demuestran los tres títulos publicados a la vez en 2020. Sin embargo, a la hora de definir su trabajo, Saccomano (Buenos Aires, 1948) opta por la síntesis.

«Me gusta como soy cuando toco», decía Charlie Haden. Y esta es la razón que me justifica.

Leila SLIMANI (Marruecos)


Estudió ciencias políticas, quiso ser actriz, pero terminó destacándose como periodista. Finalmente, triunfó con la literatura. Slimani (Rabat, 1981) es una de las voces más irreverentes de la actual literatura francesa, y lo demostró con su segunda novela, “Canción dulce”, una historia de infanticidio que le valió el premio Gouncourt.

Escribo para vengarme de toda la gente que no me gusta… Es mi manera de luchar. En Canción dulce me vengo de todas las personas a las que no les gustan las canciones de cuna o que creen que el trabajo de madre es fácil. Para vengarme de toda la gente que piensa que está mal que las madres trabajen.

Juan Carlos VILLAVICENCIO (Chile)


La poesía de Juan Carlos Villavicencio (Puerto Montt, 1973) condensa el fuego del que se nutren muchos de los discursos sagrados. Al menos esto es lo que permite admirar “Oscuros ríos” (2018). Además de su producción poética, destaca su labor como traductor y editor del sello Descontexto (DscnTxt).

Llueve.

Escribo por un sonido i bosques

         que entreveo.

Por colores, por tanta oscuridad.

Por el fuego, por algo vivo, todavía.

Por el goce / por el ritmo de otro mar.

Por amor.

Por un dolor infinito.

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