Entrega I

En 1919 una revista francesa de tapas amarillas, Littérature, publicó una particular encuesta a unos sesenta escritores bajo una única pregunta: “¿Por qué escribe?”. Era una época equívoca. Había finalizado la Gran Guerra dejando una herida profunda en las conciencias, las tiradas de libros eran inciertas y hasta al nombre de la publicación no le faltaba algo de ambigüedad. Paul Valéry se lo había susurrado a sus jóvenes directores, Aragon, Breton y Soupault. Los “tres mosqueteros” buscaban averiguar por qué y cómo esta práctica se insertaba en el “espíritu nuevo” que surgía de las cenizas de Europa. La encuesta se publicó por primera vez en noviembre del ’19 y se extendió a lo largo de tres números.
En 1985, el diario Libération repitió la pregunta entre 300 escritores de todo el mundo. Los motivos esbozados por los que hombres y mujeres se entregan a la escritura suelen ser múltiples, insólitos y a veces contradictorios, extravagantes o banales, irreverentes o sensibles. Hay quienes dicen desconocer sus razones; Scott Fitzgerald señaló que escribir para él era una necesidad emocional; para Cioran una forma de venganza; y para David Foster Wallace un divertimento.
A un siglo de aquella pregunta original, el estado de la literatura parece atravesar una situación, cuando menos, paradojal: se publica como nunca, ya sea a través de multinacionales o sellos pequeños y alternativos, se multiplican los talleres literarios de distinto tipo y crecen las poblaciones en las carreras ya de Letras o de Escritura Creativa. Sin embargo, a la vez, el sector editorial atraviesa una seria crisis, las tiradas son exiguas y las ventas aún más. Todo indica que el número de autores supera al de lectores.
¿Cuál es la recompensa oculta que promete la escritura? ¿Qué Santo Grial la justifica? La respuesta la tienen hombres y mujeres de diversas épocas, lenguas y geografías. Se encontrarán en Latitud Leteo a través de diversas entregas. Como siempre, ellas y ellos tienen la palabra…

Héctor ABAD FACIOLINCE (Colombia)
Nacido en Medellín en 1958, ha sido reconocido por sus novelas “Angosta” (2004), premiada en China como la Mejor Novela Extranjera y “El olvido que seremos” (2006). También recibió Premio Wola-Duke en Derechos Humanos.

Porque mi cerebro se comunica mejor con mis manos que con la lengua. Porque me odio menos escribiendo que hablando. Por un ameno vicio solitario.

ADONIS (Líbano)
Ali Ahmad Said Esber (Al Qassabin, Siria, 1930), conocido como Adonis, es una de las principales voces de la poesía árabe. Eterno candidato al Nobel, también es ensayista y traductor.


Escribo para convertirme en el eco de lo que Dios ha dicho y no ha escrito.

Andrés AJENS (Chile)
Dueño de una erudición particular que le permite jugar con varias lenguas a la vez, Ajens (Concepción, 1961) se abrió camino con una obra ambiciosa y experimental, entre la que sobresale “El Entrevero” y el ensayo-relato “La última carta de Rimbaud”. Ha sido traducido al inglés, francés, portugués y aymara.

CLARILLO, PORQUE
a Leteos
die Rose (même en Prose)
ist onhe Warum, por decir-
lo ya en jaqi aru o archihui-
dobriano aimara: “Arum”,

‘la dicha dicha’ — verbo a-
ruña; ‘decir’, ‘hablar’, etc.
cf. V. H., “Sin por qué”, in
Ver y palpar, Ercilla, 1941:

“Arum arum / Por qué he
dicho arum / Por qué he
venido a mí sin timonel /
[…] Arum el entrevero la

vida la muerte los aleteos
Tal cuarto repentino […]
Arum arum — ¿a rumbo
anverso? Clarillo, Pirque.
[Octubre, 2020].

Margaret ATWOOD (Canadá)
Gracias a su padre, entomólogo, descubrió la fascinación por lo salvaje; por Northrop Frye, el desvelo por la mitología. Todo lo demás Margaret Atwood (Ottawa, 1939) lo descubrió por sí misma. “El cuento de la criada” sólo es la punta del iceberg por donde asoma una catedral literaria.


Es un asunto que siempre me pareció muy complejo. Podría responder con otra pregunta: ¿Por qué no escribe todo el mundo? Porque es verdad que la escritura, es decir, la combinación ordenada del lenguaje y la narración, es como las otras actividades artísticas, una de las cosas que distinguen a los seres humanos. Escribir es algo propio de la condición humana.
Podría también citar a Pascal y decir: “Escribo, por lo tanto, soy”. O incluso proclamar mi parentesco con Sartre al afirmar que la escritura es el acto por el cual me defino. Se podría decir que la escritura es la estructura que ubico entre mi yo y el no-ser, el caos, la desintegración.
Podría también pretender que soy una exploradora que organiza campos de experiencia y de lenguaje nunca antes organizados de esa manera; o bien, practicar una adición elaborando fórmulas verbales para alejar del lector espíritus y demonios, o al menos, hacerle creer ilusiones; incluso, ser una moralista que compara la palabra “es” y todas sus implicancias con la palabra “debería”, pues tales comparaciones están implícitas en la novela como género… O podría definirme como una hedonista y decir que amo esto, dado que escribir es también una forma de juego. Si fuera invitada a uno de esos talk shows norteamericanos, diría que lo hago porque eso me reporta dinero, lo que sería la única razón decente.
Cada una de estas explicaciones encierra algo de verdad, si bien ninguna es la adecuada. El hecho es que ignoro por qué escribo. Todos los interrogantes desconocen un fin. Cada uno esconde un “por qué”, hasta llegar a una pregunta primigenia. “¿Por qué el universo?”
Quizás los escritores escriben para saber la respuesta. Y porque nunca la encuentran.


John BANVILLE (Irlanda)
En Banville (Wexford, 1945) habitan dos personajes: el homónimo, una suerte de camaleón caníbal que se devora a James o Copérnico, y Benjamin Black, un alivio en ocasiones, un juego en otras, un escritor sin el que Banville no sería Banville. Ganó el Booker Price (2005) y el Príncipe de Asturias (2014), entre muchos otros.


Escribo porque no sé escribir. Comencé por instinto. Creo que es necesario un cierto tiempo hasta que aprendemos a dejarnos llevar, a permitir que las cosas sucedan. Reitero una convicción profunda: la ficción obedece a las leyes de un proceso onírico. Allí radica lo maravilloso de la ficción: articula un mundo de imaginación pura. Y la imaginación hace a la vida. La conciencia de ser mortales es lo que nos permite vivir.
Un periodista le preguntó una vez a Gore Vidal por qué escribió Myra Breckinridge, a lo que contestó: “Porque no estaba ahí”. Fue una buena respuesta. Poner algo nuevo en el mundo es un privilegio que no se le concede a mucha gente. Y además, la realidad no es real para mí hasta que no se haya pasado por el tamiz de las palabras. Por eso, supongo que escribo con el fin de imaginarme la realidad totalmente real. “El arte crea la vida”, sostenía Henry James. Y así es.

Andrea CAMILLERI (Italia)
Andrea Camilleri (Porto Empedocle, 1925) no es simplemente el padre del comisario Montalbano: es un símbolo viviente de Sicilia y su cultura. A la fecha, es el escritor más leído de Italia.


Escribo porque siempre es mejor que descargar cajas en el mercado central. Escribo porque no sé hacer otra cosa. Escribo porque después puedo dedicar los libros a mis nietos. Escribo porque así me acuerdo de todas las personas a las que tanto he querido. Escribo porque me gusta contarme historias. Escribo porque me gusta contar historias. Escribo porque al final puedo tomarme mi cerveza. Escribo para devolver algo de todo lo que he leído.

Mircea CARTARESCU (Rumania)
La dimensión onírico poética de la prosa de Cartarescu (Bucarest, 1956), puesta de manifiesto en “Solenoide” o en la monumental trilogía “Cegador”, lo consagran como una de las voces más originales de la actual literatura europea.


Me parece que el mundo entero es un poema, o al menos, sin importar cómo, una obra de ficción. En consecuencia y de acuerdo a estas condiciones, escribo para crear una realidad verdadera, es decir, un sueño, y si embargo real, porque se trata de mi sueño y no de la pesadilla de un desconocido. A través de la poesía produzco una existencia en la que puedo creer. Escribo también por el placer de ser un individuo en un mundo moderno (¿o es el mundo de siempre?) tan despersonalizado. Espero el tranvía y pienso en un pequeño verso, en una imagen, al mismo tiempo en que los otros cerca de mí piensan en el tranvía. Miro la nieve, los comercios, las confiterías, las calles, y sonrío: aquellos que me rodean no ven las mismas cosas. Gracias a la poesía, es posible ver realmente el mundo.
Escribo, sin embargo, porque me gusta leer. Y me imagino una mujer, no particularmente bella, un poquito interesante, leyendo el libro que yo he escrito. Quisiera estar cerca suyo para poder leer juntos en una habitación cálida, mientras afuera nieva como en Siberia.

Gustavo FERREYRA (Argentina)
Cierta nota periodística comenzaba caracterizando a Gustavo Ferreyra (1962) como “el más ignorado de los mejores escritores argentinos”. De la primera parte de la definición no se puede dar certeza. De la segunda sí, y la prueba son sus diez novelas y un libro de cuentos: obras maestras de un realismo alucinado.  


Hoy podría hablar de inevitabilidad. El escribir como necesidad imposible de soslayar. A pesar de las frustraciones que las circunstancias exteriores puedan infligirme. Pero lo inevitable se constituyó de alguna manera, tiene su origen, un motor inmóvil que sigue laborando en la oscuridad. Buscándolo en mi adolescencia, cuando tomé la decisión de ser escritor, se me aparecen dos ideas: la de la misión y la de la vanidad.
La misión de hacer para los demás, para el mundo, una obra que suscitara aquello maravilloso que generó en mí La educación sentimental, por ejemplo. Entregar al mundo una obra, como suerte de misión. La vanidad se entremezclaba con esto porque no sería desde ya una obra anónima, puro desinterés de artista que desea hacer más bella la realidad, sino que me situaría a mí en el mundo como el hacedor de esa obra. Así, fui proyectado por estas fuerzas y hoy ese impulso continúa, alimentado por la escritura misma, la bienaventuranza de las hojas escritas día a día. Alimentado además por los lectores que gustan de esos productos de la escritura cotidiana. Placer y consuelo. En la perspectiva también de que el impulso vaya poco a poco a la moribundez y a su fin, atrapado, encajado en el hielo de la indiferencia más general con respecto a la literatura y a mi obra en particular.
A veces, me imagino como un ser en un glaciar a treinta metros de profundidad y poco lectores me insuflan calor con su aliento arrojándolo por un tubo. Si no fuera por ello ya no habría escritor vivo.

Fernando GARRIGA (Argentina)
Autor de cuatro libros y floricultor profesional, la obra de Fernando Garriga (1964) destaca por poner el acento en el ejercicio político de cada decisión, aun en el polivalente mundo actual. “Las invasiones ranqueles según mamá” (2019) lleva las costuras de su prosa hasta límites imposibles.


El mundo apareció detrás de la primera palabra. Es decir: primero fue la palabra, el mundo vino atrás. Justo atrás de la palabra que dice: mundo. Funciona exactamente así por lo menos para mí cuando estoy en modo escritor, que es un modo igual a los mayores y menores en la música. Modos de ver, de resonar.
La cosa es que escribo: mundo y ahí se me aparece, orondo y con sus propias reglas, sus propios modos y su propio transcurrir. Escribo para espiar lo que pasa en ese mundo. Es como tomar ansiolíticos. Espiar la vida de los otros hace que descanse de uno mismo. Pongamos un ejemplo: mi vecino, el del jardín lindero; lo veo abrir el galpón y rascarse la nuca como quien piensa alguna cosa. Lo veo perderse y emerger con algo largo, con mango. El perro olisquea el instrumento. Es un rastrillo. Un gato en la medianera también mira la escena sin saber que, a su vez, es mirado. O tal vez sabiéndolo: con los gatos nunca se sabe.
Escribo ese gato. Escribo: se estira, elástico en su yoga gatuno. Después se echa a caminar, altivo como todo gato. Destreza relajada de equilibrista por el filo imposible de ese muro. El andar de ese gato es la plena demostración de que desprecia a todos. Al viejo del rastrillo, por ejemplo y su estúpido perro manchado. Me desprecia incluso a mí, que lo estoy viendo.
¿Ves? El gato sabía. Escribo, entonces, para descubrir lo que los gatos saben. Ahora sí: suenen trompetas, la respuesta final del participante de este Leteo concurso es:
“Escribe para descubrir lo que los gatos saben”.
No, no quiero cambiar la respuesta. ¿Hay algún tipo de premio?
Debería haber escrito sólo eso y no el camino que me llevó a la conclusión. Debería. Pero nunca hago lo que debo. Por eso escribo: para no deber. Todo se salda con la escritura.
Escribo porque no puedo parar de escribir. No sé cuándo empecé, tampoco pude dejarlo. Tal vez por la certeza de que si abandono, un gato pueda dejar de existir. Y es un gato precioso. Tal vez por eso: para cuidar un gato. No lo sé. No tengo idea. ¿Debería tenerla?

Peter HANDKE (Austria)
Su escritura lacónica y poética a la vez, le valió a Handke (Salzburgo, 1942) un rápido reconocimiento. Historias de errancia y desapegos, participó del guión de “Las alas del deseo” (Wim Wenders). Premio Nobel 2019.


¿Por qué escribo? Hoy no lo sé. Tal vez mañana…

Antonio LOBO ANTUNES (Portugal)
Irreverente y corrosivo, Lobo Antunes (1943), es uno de los mayores exponentes de la literatura portuguesa. Aquí presentamos dos respuestas: la primera es de 1985 y la segunda de 2006, durante una visita a Buenos Aires. Afortunadamente más larga y no psicoanalítica ni estructuralista.


Escribo porque no sé bailar como Fred Astaire. Off the record. Para la próxima vez le prometo una respuesta psicoanalítica estructuralista. Y mucho más larga…


Todos empezamos a escribir imitando, pero antes o después encuentras tu propia voz. Creo que escribo novelas porque no puedo escribir poesía, un género que me fascina. Es muy extraño el fenómeno. Mi vida, como la de muchos, sin la escritura no tendría sentido. Pero es cierto que llega un momento en que piensas que hubieras podido hacer muchas otras cosas. Uno vive como amputado, sobre todo desde el punto de vista afectivo. El asunto no es que te guste escribir, sino que vives peor cuando no lo haces. Es como vestirse sin haberse duchado. A mí me produce un malestar tremendo, me siento incómodo. Creo que escribir es como alcanzar el deseo: sientes satisfacción cuando crees consumarlo, pero luego vuelve a aparecer con más fuerza. El día que uno escriba exactamente lo que quiere escribir, estará muerto como escritor. Una vez le preguntaron a Oscar Wilde cuáles eran las cinco mejores novelas del siglo XIX, y él contesto que era una pregunta muy difícil, porque sólo había escrito tres. Pero es verdad que si uno no está seguro de que lo que hace es muy bueno, ¿para qué escribir?

Cees NOTEBOOM (Holanda)
A través de sus libros de viaje, sus ensayos sobre arte y su narrativa, Nooteboom (La Haya, 1933) está considerado como uno de los autores más relevantes de Europa, por lo que obtuvo el Premio Aristeon de Literatura y Grizane Cavour.


Escribir para mí es una meditación sobre el mundo, el único método de reflexión verdadero. Cuando no escribo mi pensamiento no tiene forma, y ya no comprendo más nada. Sin esta meditación que es la escritura, mi vida no sería mía.

Amélie NOTHOMB (Bélgica)
Esta rara avis que desciende de una antigua familia belga, nació en Kobe, Japón, en 1967. Autora prolífica –publica una novela al año– y controvertida, obtuvo el Gran Premio de la Academia Francesa por “Estupor y temblores”.


Cuando me preguntan por qué elegí escribir, siempre me veo obligada a aclarar: yo no lo elegí. Es igual que enamorarse. Se sabe que no es una buena idea y uno no sabe cómo ha llegado ahí, pero al menos hay que intentarlo. Se le dedica toda la energía, todos los pensamientos, todo el tiempo. Escribir es un acto y al igual que el amor, es algo que se hace. Se desconoce su modo de empleo, así que se inventa porque necesariamente hay que encontrar un medio para hacerlo, un medio para conseguirlo.

Joyce Carol OATES (Estados Unidos)
De Marilyn al box, del terror a lo autobiográfico, del suspenso al realismo, Joyce Carol Oates (1938) a través de una obra tan polifacética como torrencial, ocupa un lugar de privilegio como una de las mayores narradoras norteamericanas contemporáneas.

No sé si puedo responder a esto, debido tanto a la dificultad de la pregunta como a la inmensidad de la respuesta. Sin embargo, la razón podría ser, en parte, modificar aunque sea en una pequeña medida la conciencia de nuestra era a través de comunicar (como solo un escritor puede hacerlo) íntimamente con el individuo. Hacer honor a ese espléndido fenómeno que es el lenguaje, en el juego o en la guerra, porque es un medio íntimo de establecer un diálogo con nuestro ser más secreto y desconocido.

Cynthia RIMSKY (Chile)
Dueña de una prosa personal y poética, Cynthia Rimsky (Santiago, 1962) crea en sus derivas narrativas un círculo perfecto cuyo centro se va posicionando en distintas perspectivas a medida que la lectura avanza. Poste Restante, Los Perplejos o El futuro es un lugar extraño, dan testimonio de una de las voces más originales de América Latina.


Escribo para que me crean y para creer que lo que escribo existe; no me refiero a que sea real o verdadero, sino que existe.
De niña me gustaba contarle a mis padres, a un tío, a mis compañerxs y a algunxs profesores lo que veía. Invariablemente repetían que lo había inventado, que la realidad era menos triste, menos poética, menos dramática, menos truculenta. Tuve que comenzar a escribir para no enloquecer y ya no volví a contar; me encantó esa libertad, me apegué a ese lugar íntimo donde no entran los juicios de realidad. Después estudié periodismo y, primero, les profesores, después, les editores, continuaron aplicando el mismo discurso y agregaron más: escribía bien, era interesante, pero no dejaba claro de qué estaba hablando.
Hasta hoy no sé qué gusta más, si escribir o este lugar de intimidad donde lo que veo, pienso, imagino, existe sin fronteras; me es imposible disociarlos.

Valeria TENTONI (Argentina)
Una prosa mineral, filosa y penetrante, se une a una poética aérea en la obra de Valeria Tentoni (Bahía Blanca, 1985) para convertir su obra, ya narrativa o en verso, en una flor carnívora inédita en la jungla literaria de su país.


Un día comenzó, un día muy por detrás de mí y muy por delante de mí, y yo sentí cierto placer oscuro y brillante, por lo privado, que a su vez me acercaba a la luz enceguecedora del mundo. No hubo pausas, y quizás por eso no hubo lugar para preguntarme por los motivos. Pero aún sin motivos, ¿por qué voy a parar de escribir si todo sigue su curso? Así también me parece que nunca empecé y que nunca voy a terminar, que lo que escribo siempre se está corriendo de centro y me lleva. Que es como un río, y que aunque la mente se desespere por fijar el río en un lugar, su arpón es inútil. En algunos momentos —son de verdad muy pocos— me parece sentir que en ese río estoy flotando. Que participo de la belleza, aunque más no sea por desearla tanto.

1 Comentario

  1. Me gusta lo que dice Camillieri, que escribe para devolver un poco de lo que ha leído. O lo que dice Rimsky, que todos los que la leen le dicen que no saben muy bien de qué está hablando. O Tentoni, que flota en un río de belleza fugaz.

    Lo importante es que los lectores lean y los escritores escriban, y así mantener vivo el río de la literatura, que no será el mismo dos veces. ¿Qué sería de la realidad sin la ficción, si no?

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here